20 de julio de 1969
Momento en el que Neil Armstrong pisa la Luna el 20 de julio de 1969 al viajar con el Apolo 11. ARCHIVO

El 20 de julio de 1969 (21 en España por la diferencia horaria) un hombre puso el pie en la Luna por primera vez. Cincuenta años después aquel hito espacial se recuerda como una hazaña de la humanidad y, es de esperar, que este primer gran paso de la conquista del espacio se recuerde así, fuera de su contexto histórico, en los próximos siglos. No importará la bandera que portaban en sus trajes aquellos astronautas ni la que pusieron sobre la superficie lunar, solo se recordará el avance para la especie que supuso. Como reza la placa que dejaron Armstrong y Aldrin: "Vinimos en son de paz, en nombre de la toda la humanidad" Sin embargo, ceñirse a ese mensaje y obviar el contexto histórico del Apolo 11 supondría no ver la verdadera dimensión de aquel logro.

Desde el comienzo de los tiempos ha resultado obvio la relación entre avances tecnológicos y conflictos armados. El inmenso operativo que pusieran en marcha los Estados Unidos para que sus astronautas llegaran a la Luna habría resultado imposible sin los avances tecnológicos alcanzados en la Segunda Guerra Mundial y sin la presión geopolítica y tecnológica de la Guerra Fría.

El 'cohetero' nazi

El impresionante dispostivo que logró sacar de la Tierra al Apolo fue el cohete Saturno V diseñado por ingeniero alemán llamado Wernher von Braun. Aristócrata alemán obsesionado con viajar al espacio desde niño, Von Braun acabó en el Tercer Reich enrolado en las SS y diseñado para Hitler misiles balísticos. A pesar de que parece que los demenciales objetivos del Fhürer no le importaban demasiado, a Von Braun no le costó tampoco aprovechar todo lo que el nazismo le ponía en bandeja para trabajar en sus diseños: creó las V-2, que bombardearon Londres y sus alrededores, convenció personalmente a Hitler de que apostara por ellas y utilizó mano de obra esclava en su factoría de Mittelwerk. Cuando los aliados liberaron aquella fábrica, el estado de los trabajadores era espeluznante.

El fin de la Segunda Guerra Mundial no supuso un varapalo para Von Braun, sino todo lo contrario. Llegó a un acuerdo con los estadounidenses y, junto con centenares de sus colaboradores, fue trasladado a EE UU con su biografía blanqueada o falseada, miediante la Operación Paperclip, para cumplir los requisitos para vivir y, a la postre, obtener la nacionalidad. Von Braun, en los años 50, llegó a salir en Disney Channel  en una campaña para lograr el máximo apoyo popular para el programa espacial, y merced a su colaboración con el Ejército, logró cumplir su sueño de ser la pieza clave del proyecto Apolo que llevaría al hombre a otro cuerpo celeste.

Von Braun se convirtió en uno de los rostros del programa espacial de los EE UU e incluso un cráter lunar lleva su nombre. En 1960, antes de su gran éxito, se estrenó una película para popularizar su imagen: en EE UU se tituló Apunto a las estrellas, aunque en Reino Unido se retituló por el mucho menos poético Wernher von Braun. Quizá, como apunta el periodista John Higgs en su libro Historia Alternativa del siglo XX, para "evitar la broma de que el título completo fuera Apunto a las estrellas (pero a veces le doy a Londres)". Durante la Segunda Guerra Mundial se calcula que Alemania lanzó unas 3.000 V2 de Von Braun que acabaron con la vida de más de 7.000 personas.

La loca carrera por llegar a la Luna

Sin embargo, el hecho histórico en el cual se embarca la llegada a la Luna y sin el cuál parece imposible que se hiciera semejante gesta a tal velocidad fue la Guerra Fría. Ese conflicto entre dos bloques antagonistas, el capitalista liderado por EE UU y el comunista capitaneado por la URSS, que convirtió gran parte del siglo XX en una concatenación de conflictos en los que, indirectamente, los dos bloques se enfrentaron. El adjetivo de Fría ha creado cierta imagen falsa de que este conflicto fue poco sangriento, lo cual es una indudable falsedad: resulta prácticamente imposible calcular las cifras de muertos y desplazados que los conflictos encuadradados en la Guerra Fría causaron, pero si sumanos los 800.000 soldados y probablemente el doble de civiles muertos en Corea, los 3,4 millones de vietnamitas y casi 60.000 estadounidenses fallecidos en Vietnam o el casi millón de personas que perdieron la vida en la guerra de Afganistán, según algunos cálculos, resulta una cifra salvaje. Y eso, sin contar que fue una guerra que estuvo a punto de llevar a la especie humana a un holocausto nuclear. Lo que sí es cierto, es que comunistas y capitalistas llevaron su enfrentamiento a casi todas las esferas, incluyendo la cultural, la del ocio y la de la carrera espacial.

EE UU y la URSS parecían más interesados en desarrollar misiles balísticos para portar sus adoradas cabezas nucleares que en llegar al espacio tras la Segunda Guerra Mundial. Pero en 1957, Año Geofísico Internacional, la cosa cambió. Aunque el presidente Eisenhower había anunciado dos años antes que para esa fecha EE UU lanzaría al espacio un satélite, fueron los soviéticos los que ese mismo año, en octubre, lograron poner en órbita el famoso Sputnik. Y solo era el principio, el programa espacial soviético, dirigido por Sergei Koroliov -un ingeniero que había pasado por el gulag que hasta su muerte fue anónimo, solo conocido como "el ingeniero jefe" por el miedo de que los EE UU trataran de asesinarlo- iba a todo trapo: fueron los primeros en llevar seres vivos al espacio (que la perrita Laika muriera abrasada en órbita no preocupó mucho), los primeros en llevar sus naves a la Luna y los primeros en llevar seres humanos al espacio -el recordado Yuri Gagarin-.

Mientras los soviéticos iban siempre por delante, EE UU, como su programa espacial, andaban necesitados de buenas noticias. En lo espacial siempre llegaban tarde, y en lo nacional se le acumulaban los problemas durante los 60: el fracaso en Bahía Cochinos en Cuba, Vietnam, las protestas raciales y estudiantiles... En la paranoia típica de la época, muchos veían a los soviéticos listos para colocar sus bombas nucleares en el espacio apuntando a Estados Unidos. Así que en enero de 1961, un presidente con más dotes de leyenda que de estadista, John F. Kennedy puso el objetivo: "Creo que este país debe comprometerse a poner un hombre en la Luna y traerlo de regreso sano y salvo antes del final del decenio".

Así comenzaba el proyecto Apolo y lo hacía en la mejor tradición de la mentalidad estadounidenses: no era una misión tecnológica o científica, era la expresión de la voluntad nacional frente a la adversidad. Si los comunistas ganaban la carrera espacial, muchos pensarían que eran el modelo social y eso no podía ser. Y así, frente al retraso obvio en materia espacial frente a la URSS, EE UU puso todos sus recursos en aquella misión, un poco a lo loco, sin pasar por etapas previas que retrasarían el objetivo. Washington gastó unos 100.000 millones de dólares actuales y logró agrupar a medio millón de personas y a unas 20.000 compañías -entre ellas Boeing, Douglas, IBM...-  en un proyecto que puso en marcha innovadoras técnicas de gestión que hoy en día se siguen empleando.

EE UU triunfó, llevó a sus astronautas a la Luna, y derrotó a la URSS, cuyo proyecto espacial, más aún tras la muerte de Koroliov en 1966, estaba derrumbado y centrado en misiones no tripuladas, lo que servía de poco en la batalla propagandística.

Sin embargo, en ese ambiente de competitividad y belicismo hubo momentos de colaboración que dejan un margen a la esperanza: mientras Aldrin y Armstrong estaban sobre la superficie lunar, la sonda soviética Luna 15 tuvo un percance y, para no poner en peligro la vida de los astronautas estadounidenses, los rusos compartieron su plan de vuelo con la NASA. Fue la primera vez que científicos de ambos bloques colaboraban en el espacio y no sería la última. Como explica la doctora en Astrofísica Eva Villaver en su reciente libro Las mil caras de la Luna al referir este hecho: "Los científicos pasaban de la Guerra Fría".

Misión cumplida

¿Habría llegado el hombre tan rápido a la Luna si no hubiera existido esa competencia de la Guerra Fría? ¿Habrían destinado tantos recursos, habrían asumido tantos riesgos, incluso para la seguridad de sus astronautas? En 1940, un físico de la Universidad de Princeton escribió que no creía que un viaje a la Luna fuera posible hasta 2050. Ir a la Luna en aquellos momentos parecía tan fantástico como la novela de Julio Verne. Treinta años después ya era una realidad.

Tras aquel julio de 1969, seis misiones más -de las cuales todas tuvieron éxito menos el Apolo 13- llegaron a la Luna y en 1972, solo tres años después, se dio por concluido el programa Apolo. A pesar del interés científico y tecnológico, EE UU dejó de invertir tantos esfuerzos en su relación con la Luna. La misión real del Apolo -el llegar antes que los soviéticos, la victoria política y propagandística-, ya había sido cumplida. Hasta hoy.

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