Huella de Aldrin tras probar la respuesta mecánica que ofrecía el suelo a la penetración de las botas
Huella de Aldrin tras probar la respuesta mecánica que ofrecía el suelo a la penetración de las botas. NASA

"Creo que esta nación debería comprometerse a alcanzar el objetivo, antes de que termine esta década, de llevar a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta a salvo a la Tierra". Estas fueron las palabras que el presidente de EE UU John Fitzgerald Kennedy, con el amargor de la derrota, dirigió al Congreso de su país apenas un mes después de que el astronauta ruso Yuri Gagarin se convirtiese en el primer ser humano en volar al espacio y la URSS ganase esa batalla a los norteamericanos. No pudo ver, ocho años más tarde, cómo los estadounidenses se resacían de este fracaso cuando Neil Armstrong pisó el satélite.

Inmersos en una Guerra Fría que dominaba la geopolítica mundial y en una exigente carrera espacial, Kennedy y su sucesor, Lyndon B. Johnson, centraron sus esfuerzos en que esta derrota infligida por los soviéticos no se reptiese y no escatimaron recursos para alcanzar la siguiente gran ambición de ingenieros, científicos y mandatarios: llevar al hombre a la Luna. Lo lograron el 20 de julio de 1969, cuando el comandante Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins fueron los primeros seres humanos en pisar el satélite.

Esta victoria de Estados Unidos en la carrera espacial fue posible gracias a las elevadas inversiones de la NASA en los programas destinados a colonizar la Luna. Entre 1960 y 1973, la agencia espacial norteamericana dispuso de un presupuesto total de más de 56.600 millones de dólares, equivalentes a unos 335.000 en la actualidad, según la inflación de la divisa norteamericana. Casi la mitad de estos ingentes fondos, algo más de 25.000 millones, se consagró a viajes tripulados al espacio, la mayoría (el 80%) dentro del programa Apollo, orientado a pisar el satélite.

En apenas seis años, las inversiones en este programa pasaron de 100.000 dólares en 1960 a casi 3.000 millones en 1966, cuando la cantidad estatal consignada a Apollo alcanzó su máximo histórico. De hecho, el dinero destinado a la NASA durante ese ejercicio representó el 4,41% del presupuesto total de Estados Unidos. 

"Es una cantidad bestial, impresionante, y a día de hoy es inconcebible. Nadie estaría a favor de algo así ahora, pero en aquel momento estaba justificado por la Guerra Fría y las circuntancias geopolíticas. Había una rivalidad armamentística con Rusia y una carrera espacial que legitimaba estos gastos", explica a 20minutos el físico e ingeniero aeroespacial de la NASA Eduardo García Llama, que acaba de publicar su libro "Apolo 11: la apasionante historia de cómo el hombre pisó la Luna por primera vez".

Actualmente, el porcentaje del presupuesto estadounidense destinado a la NASA es muy inferior al de aquella época, una tendencia que comenzó hace ya medio siglo, con los recortes impuestos por Richard Nixon a la agencia espacial, y que nunca se ha recuperado.

De hecho, algo más de un año antes de la misión de Armstrong, Aldrin y Collins, el presidente republicano redujo a la quinta parte el dinero destinado a la NASA, por lo que el programa Apollo tuvo que depender de la cantidad ya presupuestada para subsistir hasta 1973, año de su desaparición. En esa fecha, la cantidad de la que dispuso la agencia espacial fue de 76 millones de dólares, muy por debajo de los cerca de 3.000 de siete años antes.

"Las misiones Apollo las canceló Nixon porque había alcanzado su objetivo político y el coste era muy elevado. La política espacial de la NASA cambió hacia la construcción de una estación espacial, primero con el SkyLab y luego con la ISS", señala a 20minutos el director del Departamento de Cargas Útiles del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), Javier Gómez Elvira.

Presupuesto actual, entre 20.000 y 30.000 millones

Actualmente, el Gobierno estadounidense ha revelado su intención de volver a pisar la Luna en 2024, para lo que ha creado el programa Artemisa. A pesar de que los datos ofrecidos hasta el momento son escasos, el administrador de la NASA Jim Bridenstine afirmó hace unas semanas que el coste oscilaría entre los 20.000 y los 30.000 millones de dólares.

En 2019, el presupuesto de la NASA ronda los 20.000 millones de dólares, una cifra que deberá ascender a los 25.000 anuales hasta 2024 para lograr sufragar el viaje de Artemisa a la Luna. Parece que el Ejecutivo estadounidense ya ha comenzado a incrementar la dotación de la agencia espacial, a tenor de las declaraciones del presidente Donald Trump, que aseguró en Twitter haber solicitado al Gobierno una subida de 1.600 millones para el próximo año.

"La impresión es que el presupuesto de la NASA tiene que crecer mucho en los próximos años para poder abordar el reto y esto evidentemente es una decisión política", apunta Gómez Elvira.

¿Por qué no se ha vuelto a la Luna desde 1972?

La asignación presupuestaria de la NASA, ampliamente recortada desde la llegada a la Luna, ha sido el principal impedimento en este casi medio siglo para enviar nuevas misiones al satélite. La limitación de recursos y la existencia de otros programas espaciales que requerían elevadas inversiones han hecho muy difícil hasta ahora plantear la posibilidad de un nuevo viaje.

"No ha sido por falta de interés ni porque no se haya llegado realmente a la Luna, como algunos apuntan. Este parón en el envío de misiones lo pronosticó Wernher von Braun, el genio alemán de la cohetería. Avisó de que ocurriría lo mismo que con la Antártida: al principio se visitaría, pero su exploración exhaustiva precisaría de tiempo hasta desarrollar la tecnología y los recursos para afrontarla" explica García Llama.

No obstante, la intención del ser humano de regresar a la Luna y de alcanzar Marte ha permanecido inalterable a lo largo de todo este tiempo. Han sido el cese de algunos programas espaciales y la inclusión de empresas privadas en proyectos de la NASA las que han hecho posible encarar ahora un nuevo viaje.

El transborador espacial dejó de volar en 2011, por lo que hace ocho años que no consume recursos, que han podido destinarse a otros programas. Además, el desarrollo de la tecnología y el acceso a ella de las empresas privadas han permitido que estas compañías, supervisadas por la agencia espacial estadounidense, puedan prestar servicios que la NASA ya no debe asumir. Por ejemplo, Boeing construirá una cápsula que trasladará a los astronautas hasta la Estación Espacial Internacional.

Apollo 11, una tripulación cansada

Otro de los aspectos centrales de la misión Apollo 11, más allá del presupuesto, fueron los entrenamientos a los que se sometieron los tres astronautas para alcanzar el objetivo de llegar a la Luna, que consistieron en un conglomerado de actividades técnicas caracterizadas por un ritmo particularmente intenso de trabajo. Un conjunto extenuante de prácticas que incluían centenares de horas de simulador, pilotaje, navegación, resolucón de crisis y, en menor medida, tareas de mantenimiento. 

"Fueron procesos más involucrados de lo que la gente puede pensar. No era solo aprender y entrenar. Las cosas iban haciéndose y ellos (Armstrong, Aldrin y Collins) iban poniendo su granito de arena. Era un proceso de evolución", ahonda García Llama al referirse a la contribución de los tripulantes del Apollo 11 al desarrollo de la misión.

En contra de lo que cabría esperar, la preparación física de los tres astronautas que viajaron a la Luna fue inexistente, del mismo modo que no dispusieron de ningún tipo de asesoramiento psiocológico ni entrenamiento mental. Todos ellos se habían formado como pilotos de combate y habían participado con anterioridad en misiones donde pusieron en peligro sus vidas, por lo que se les presuponía la capacidad de enfrentarse a situaciones de riesgo sin sufrir un elevado grado de estrés.

La preparación física corría únicamente por cuenta de los astronautas y de su voluntad de ejercitarse, relata García Llama. Así, Aldrin era un auténtico entusiasta del deporte y no dudaba en entrenarse con frecuencia, mientras que Armstrong rehuía estas prácticas y Collins mostraba una actitud a medio camino entre ambos, más próxima a la apatía del comandante.

No obstante, la elevadísima exigencia de los entrenamientos técnicos llevó al médico de la misión a plantear la posibilidad de posponer el despegue a agosto, a causa de la fatiga exhibida por los tripulantes del Apollo 11 durante su preparación. Una opción que fue valorada y finalmente rechazada por los miembros de la cúpula del programa tras considerar todos los factores concurrentes, el posible efecto psicológico negativo en la tripulación y las consecuencias globales del retraso.

Tal era la preocupación por la salud de los tres astronautas que el facultativo les prohibió incluso cenar con el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, para prevenir el contagio de cualquier enfermedad. Esta medida no gozó de una gran acogida, puesto que los tripulantes del Apollo 11 no se encontraban en una cuarentena estricta y esta decisión podía suscitar el desaire del mandatario.

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