Fresnedillas de la Oliva fue clave para que el hombre llegara a la Luna. Desde este pequeño pueblo a una hora de Madrid se mantuvo la comunicación con la tripulación del Apolo 11 (Armstrong, Aldrin y Collins). De hecho, sus ingenieros fueron los que avisaron al comandante Armstrong de que al módulo lunar solo le quedaban 30 segundos de combustible para alunizar.

Esta localidad donde entonces vivían unas 700 personas —hoy cuenta con unos 1.550 y es el tercer pueblo con la tasa de inmigrantes (26%) más alta de la Comunidad, según el Informe de Población Extranjera Empadronada de 2018— reunía las condiciones: estaba cerca de la estación de la red del espacio profundo de Robledo, era próximo de Madrid —donde había dos aeropuertos—, estaba cerca de la embajada y tenía facilidades de alojamiento. Se dieron las circunstancias idóneas para que albergara una de las tres estaciones de seguimiento de vuelos tripulados de la Nasa entre 1967 y 1985.

Junto a la estación de Fresnedillas se crearon la de California (EE UU) y Canberra (Australia). Las tres contaban con una antena gigante de 26 metros de diámetro con las que controlaban las comunicaciones con el Apolo 11. Estaban ubicadas sobre la faz de la Tierra a distancias y longitudes equidistantes y realizaban turnos de 8 horas para controlar la nave Saturno V durante las 24 horas del día.

La noche del 20 de julio de 1969 la base de Canberra le dio el relevo a Fresnedillas, que fue la que controló las comunicaciones con el módulo lunar cuando este consiguió posarse sobre la polvorienta superficie de la Luna. Todas las señales de imagen, sonido e incluso las constantes vitales de los astronautas que enviaba el Apolo 11 se recibieron en Fresnedillas y desde allí se enviaron a Houston (EE UU).

Cuando llegas a Fresnedillas de la Oliva te reciben, a un lado de la carretera, el antiguo Museo Lunar, en cuyo patio se levanta una réplica del cohete Saturno V y una placa que reza en inglés "Aquí base de la tranquilidad. El águila ha aterrizado" —que fueron las primeras palabras que Armstrong pronunció una vez alunizó y que fueron recibidas en la Tierra en la estación que la Nasa construyó en esta localidad madrileña—. Al otro lado de la carretera, justo enfrente, unos caballos pastan en paz mientras se sacuden las moscas con la cola.

"Fue una lotería"

En un banco, a la sombra y apoyado sobre su bastón se encuentra descansando Alberto Rodríguez, que hoy ya cuenta 70 primaveras pero con 18 años ayudó a su padre a construir un edificio que albergaría los "armatostes" (en referencia a los equipos de telecomunicaciones) de la estación para vuelos tripulados de la Nasa. Que la empresa americana decidiera instalarse en este remoto punto de la geografía madrileña fue "una lotería" para el pueblo. Según cuenta, "fue un cambio radical porque el Gobierno pagó muy bien los terrenos donde se construyó la base —que servían para sembrar centeno o algarrobas pero no era bueno—  y además se crearon muchos puestos de trabajo".

La relación con los americanos, recuerda Rodríguez, era "muy buena" porque era "gente de carrera, con una educación muy buena para la época y sabían hablar español".

En el restaurante Casa Amador, que hace 50 años cambió el whisky por el coñac para satisfacer la demanda de los nuevos clientes estadounidenses, nos reciben Santiago Serrano y Manuel Basallote. El primero regentaba un bar en el pueblo frecuentado por los ingenieros americanos: "No hacía falta contar las cervezas que se tomaban, cuando se iban te pagaban lo que habían consumido. Tan solo un americano se fue un día sin pagar un whisky pero uno de sus compañeros lo cazó del cuello, lo metió de nuevo en el bar y pagó".

Antes de este particular 'plan Marshall', en Fresnedillas los terrenos eran "ruinosos", apenas servían para la agricultura y "el que podía tenía cuatro o cinco vacas y vivía de repartir la leche en cacharras". Para Fresnedillas supuso la creación de "puestos de trabajo estables" para un gran número de personas que participó en la construcción de la base, el montaje de las antenas, las carreteras... y esto permitió que otros vecinos "pudieran dedicarse exclusivamente a la ganadería. No había paro", añade la responsable de Turismo de Fresnedillas, Elena Hernández.

Cuenta Serrano que cuando terminaban las misiones, los trabajadores de la Nasa le encargaban "calamares, croquetas, morcilla, queso, chorizo... Y cerveza" para celebrar sus "juergas". En el bar "no tenía clientes, tenía amigos que incluso se servían y cobraban ellos solos por no molestar si me pillaban comiendo", rememora.

El carpintero de la estación

El carpintero de ribera Manuel Basallote llegó a Fresnedillas desde Barbate (Cádiz) de la mano de la empresa Dragados, de donde saltó a la Nasa. En la estación se dedicó principalmente a fabricar muebles de la estación y embalajes para las antenas durante 40 años. La casualidad quiere que justo en ese momento pase por la calle un remolque con el plato de una antigua antena que sirve para poner el fondo perfecto a las declaraciones de Basallote. Se trata de uno de los traslados del material del Museo Lunar, que se muda a un espacio más grande en otra parte del pueblo y será inaugurado para celebrar el 50 aniversario de la misión del Apolo XI.

El locuaz Basallote explica con orgullo que durante once meses tuvo que estar de baja tras romperse el cúbito y durante todo ese tiempo cobró "el sueldo íntegro". "Tuve que hacer un embalaje más grande que una casa. Las herramientas eran las mismas que las que yo estaba acostumbrado a utilizar pero se me fue la máquina". Fruto del Apolo XI surgió el amor y este gaditano se enamoró de una jaranda (gentilicio de Fresnedillas) con la que echó raíces en el pueblo: está casado, tiene dos hijos y es abuelo de dos niños.

La noche del 20 de julio de 1969 Basallote estaba en la estación trabajando. Recuerda que "fue muy emocionante" el momento en el que Armstrong comunicó que habían alunizado. "Todo el mundo se abrazó".

El mozo de almacén

Pedro Zurita tiene 77 años. Con vitalidad le resta importancia a la ceguera que sufre y al bastón que necesita para caminar. La memoria sí la conserva: "Trabajé para la Nasa 40 años, 6 meses y 15 días", concreta. El inglés no le fue necesario para entrar en la estación, donde comenzó como mozo de limpieza y terminó de administrativo después de haber pasado por el almacén. "Siempre en turno de noche". Zurita es consciente del hito que supuso para la humanidad la llegada del hombre a la Luna y recuerda la emoción de esa noche, pero reconoce que él estaba "todos los días viviéndolo" y se lo tomó de una forma "completamente distinta". "Esa noche me tocó estar en la sala habilitada para la prensa y la emoción entre los periodistas era muy grande", relata.

"No tenemos cultura del espacio"

La responsable de Turismo de Fresnedillas, Elena Hernández, explica que "el Gobierno español llegó a un buen acuerdo con EE UU" para instalar la estación de la Nasa en Fresnedillas. "La ONU no quería una dictadura pero Franco dejó que se instalaran bases militares americanas en España a cambio de entrar en la ONU", abunda. Este convenio incluía también "una cláusula que establecía que los trabajadores tenían que ser sustituidos solo por españoles, por eso desde el año 72 todos los técnicos e ingenieros eran ya españoles, y ellos fueron los que trabajaron con el Columbia, los transbordadores espaciales o el Apolo-Soyuz", agrega.

"En España no tenemos cultura del espacio y no sabemos lo crucial que fue nuestro papel en la llegada del hombre a la Luna", reprueba. Para enmendar esta carencia, el próximo 20 de julio se inaugura el nuevo Centro del Espacio y la Ciencia - Museo Lunar, que contará con más metros para albergar material de la Nasa, trajes de astronautas y recuerdos, y que se ha trasladado de las afueras al centro del pueblo. Ese día está prevista la presencia del astronauta y todavía ministro en funciones de Ciencia Pedro Duque, así como de extrabajadores, españoles y estadounidenses.

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