Los peligros para la democracia

Un día clave para la historia de nuestro país. Esa jornada marcada en la memoria de los que vivían en aquella España de 1981. La mayoría recuerdan dónde estaban y qué hacían, pero sobre todo las sensaciones de aquel momento. Pero la mayoría de los jóvenes desconocen quién es Antonio Tejero y lo que fue el 23F.
Momento en el que Antonio Tejero irrumpe en el Congreso el 23 de febrero de 1981.

El martes se recordó en el Congreso el terrible –a la vez bufonesco– golpe de Estado del 23-F. El miércoles se cumplían cuarenta años de la feliz salida del Palacio de Las Cortes de diputados y ministros, después de 17 horas de secuestro. Este jueves se cumplen cuatro décadas de la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno. Y el viernes se cumplirán esas mismas cuatro décadas de la enorme manifestación que reunió a cientos de miles de españoles –se llegó a decir que unos tres millones– en defensa de la democracia, por las calles de Madrid.

Esta semana, coincidiendo con ese aniversario tan importante, algunos medios han realizado el ejercicio naif pero interesante de preguntar a jóvenes universitarios o bachilleres si saben quién es Tejero y qué pasó el 23 de febrero de 1981. Es llamativo el alto número de españoles en esa franja de edad que dicen no haber oído hablar de aquello.

No nos podemos sentir orgullosos de nuestro sistema educativo

Ocurrió algo similar cuando, el octubre pasado, se cumplieron nueve años del anuncio de ETA de que dejaba las armas. O del último aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Quizá alguno más dice haber escuchado alguna vez el nombre de Francisco Franco. Pero resulta poco menos que inverosímil pretender que haya un alto número de jóvenes estudiantes que haya leído algo sobre Manuel Azaña

Por suerte, aquel episodio execrable y extravagante –y algo cañí, por lo patético que resulta verlo– del 23-F no triunfó, la democracia prevaleció y ahora podemos decir que nuestra Constitución y la monarquía parlamentaria tienen ya más años de los que duró la dictadura franquista. De lo que no nos podemos sentir tan orgullosos es del funcionamiento de nuestro sistema educativo. 

Si un joven que llega a la universidad apenas conoce datos y nombres fundamentales de nuestra historia reciente, es difícil que pueda apreciar en lo que vale la democracia de la que disfruta y que le fue legada, después de mucho esfuerzo y sufrimiento, por las generaciones anteriores. Si no se conocen los peligros que acechan a la democracia tampoco será fácil que las nuevas generaciones estén prevenidas para evitarlos y hacerles frente. 

No hay nada más expuesto a los peligros que la libertad, y nada menos asegurado que la democracia

Para determinado sector de la población, el más joven, la libertad es algo tan normal como abrir el grifo y que salga agua, o como disfrutar de las aplicaciones de un smartphone. Pero no siempre fue así, y no tenemos la seguridad de que siempre vaya a ser así. 

Igual que nunca creímos que íbamos a sufrir las consecuencias de una pandemia como la de la Covid –confinamientos, restricciones, mascarillas, enfermedad y muerte–, tampoco la democracia se puede dar por supuesta. Porque no hay nada más expuesto a los peligros que la libertad, y nada menos asegurado que la democracia.

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