La puerta del baño

Mario Garcés  Jurista y escritorOPINIÓN
Un baño público, en una imagen de archivo.
Un baño público, en una imagen de archivo.
ARCHIVO

Hubo un tiempo no muy lejano en este país en el que las puertas de los baños de los bares eran murales por los que corría el talento. Para los que consideran que el talento y la temática no tiene género, les diré que en mi sexualidad convencional hacía uso de los baños de hombres y no cabían en la puerta más garabatos e inscripciones que personajes en un cuadro de El Bosco. La temática era muy básica y predecible, solo variaba el perfeccionamiento técnico de la estampa. La iconografía esencial del macho por aquella época casi jurásica era la representación de los genitales masculinos con vello rizado, matiz este que era esencial en una sociedad que no conocía el láser ni la depilación. Excepcionalmente, estaban los Banksy con conciencia política que, después de tres cervezas, mandaban a los americanos a su casa o mandaban cerrar las centrales nucleares, muchos años antes de que batamos diariamente el precio de la luz. Cuando por error, por necesidad o vaya usted a saber por qué, entraba en un baño de mujeres, no había apenas referencias sexuales explícitas, sino frases motivacionales, despechos sentimentales y hasta algún corazón que encadenaba parejas y algún trío, si te despistabas.

De un tiempo a esta parte, han desaparecido los grafismos irreverentes, las imágenes impúdicas y hasta los consabidos y pudorosos “te quiero”. Del sexo salaz y la declaración de amor hemos pasado a la hoja de control horario de la limpieza de las letrinas. Parecería, por todo ello, que nos hemos hecho más civilizados cuando en realidad nos hemos hecho más inmundos como la sentina donde acomodamos el trasero. Si no pintamos, no es porque hayamos abandonado la gracia de Goya y el estilo poético de Alberti, sino porque nos dedicamos a escribir mensajes a través del móvil. Por eso, escribir, seguimos escribiendo y hasta los hombres hemos descubierto que podemos hacer dos cosas a la vez. Es más, la rabia, el odio y la angustia del momento se canalizan a través de alguna red social como agua pestilente. Del “water” al “hater”.

Seguramente los más avejentados de nuestros lectores no habían reparado en esta evidencia, entre otras cosas porque ya no observamos al frente. En aquella época, el mérito era encontrar el hueco entre tanta expresión imaginativa de formas y palabras. El “horror vacui” del artista de baño. Ahora, en cambio, el mérito consiste en concentrar el esfuerzo para que en un plazo de apenas tres minutos, podamos contestar los mensajes de WhatsApp, comprobar los likes de nuestra última story, o retuitear un mensaje según convenga. Hagamos una prueba y prohibamos el móvil en los baños. Y verán cómo vuelve el arte mural. Pero no del muro de Facebook sino del mural de la puerta del baño.

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