Un año del ataque que paró la vida en Ucrania y la respiración de Occidente

El cuerpo sin vida de un soldado yace junto a un blindado ruso después del ataque del ejercito ucraniano cerca de la ciudad de Kharkiv, Ucrania.
El cuerpo sin vida de un soldado yace junto a un blindado ruso cerca de la ciudad de Járkov, en Ucrania.
EFE/EPA/SERGEY KOZLOV
El cuerpo sin vida de un soldado yace junto a un blindado ruso después del ataque del ejercito ucraniano cerca de la ciudad de Kharkiv, Ucrania.

Todo indicaba hace ahora un año que en cuestión de días la invasión rusa de Ucrania habría terminado. En pocas horas las tropas del Kremlin se encontraban a escasos kilómetros de Kiev. A medida que ganaban territorio y se acercaban a la capital, la caída del Gobierno ucraniano parecía más una certeza que una posibilidad. El futuro de su presidente, Volodímir Zelenski, como el de tantos líderes en el pasado, enfrentaba la detención, la huida o, en el peor de los casos, la muerte en medio de los combates. Todo esto parecía plausible hace un año. Nada ha ocurrido 365 días después

La guerra continúa; Zelenski persiste; y el Ejército ruso sigue ocupando territorio de su vecino. Los 12 meses de tragedia se han saldado ya con millones de refugiados y la muerte de centenares de miles de personas. El tiempo se paró para todos ellos. Para los que han quedado, el futuro sigue sin estar claro. Dependen del fin de una guerra que vuelva a dar cuerda a un reloj que, pese a funcionar, estará para siempre mellado. 

Aunque los libros de historia pondrán el 24 de febrero de 2022 como el inicio de un nuevo capítulo cruel en Europa, lo cierto es que todo empezó mucho antes. En el año 2014 las protestas del Euromaidán derivarían en la anexión ilegal de Rusia de la península de Crimea y el apoyo del Kremlin a las aspiraciones separatistas de las regiones de Donetsk y Lugansk, al este del país. La guerra en esa zona de Ucrania continuaría durante los siguientes ocho años. Los acercamientos de los posteriores Gobiernos ucranianos con la Unión Europea y la OTAN elevaban de forma cíclica la tensión con su vecino, que aseguraba que este movimiento sería una amenaza contra su seguridad. 

Meses antes del fatídico 24 de febrero, el Ejército ruso acumuló hasta 150.000 soldados en la frontera. Este movimiento puso en alerta al mundo, que se dividía entre los que creían que era una simple maniobra de presión y quienes realmente veían capaz al presidente ruso, Vladimir Putin, de comenzar una guerra cuyas consecuencias eran todavía impredecibles. El 21 de febrero el jefe del Kremlin reconoció la independencia de Donetsk y Lugansk y dos días después los blindados rusos cruzarían la frontera con Ucrania. Había comenzado la ocupación. 

De la rápida invasión a los fracasos diplomáticos

Los soldados rusos entraron por varios frentes. Avanzando aceleradamente por el sur, el este y el norte con dirección a Kiev, el gran objetivo ruso y el que derrocaría definitivamente al Gobierno de Zelenski. Pronto la realidad demostraría las flaquezas del Ejército ruso, con problemas logísticos y de mando que provocaron que un largo convoy de más de 60 kilómetros se empantanara de camino a la capital. A esto se sumó la fuerte resistencia ucraniana, apoyada con dinero, armas e inteligencia por los países occidentales, que frenarían el rápido avance de las primeras semanas. El 28 de febrero se produciría el primer de tres acercamientos diplomáticos, incluido uno con la mediación del propio presidente turco. Estos han sido los únicos intentos de dialogar una salida del conflicto.

Dos meses después del inicio de la invasión, el Kremlin ya sabía que la toma de Kiev sería una misión imposible. Es entonces cuando abandona las regiones ocupadas del norte, momento en el que las autoridades ucranianas descubren al recuperar la ciudad de Bucha, a las afueras de Kiev, el alcance real de la invasión. Cerca de 400 cadáveres demostraron el horror y la dimensión de la guerra. Personas ejecutadas con las manos atadas a la espalda, los ojos vendados y cuyos cuerpos habían sido abandonados en plena calle. La matanza de Bucha, que no sería la única, paralizaría cualquier intento de negociación. 

En septiembre la iniciativa inicial de Moscú pasó a manos ucranianas, que comenzaría a recuperar rápidamente territorio conquistado. Un hecho que fue respondido por Putin con una "movilización parcial" de su población, que fue reclutada de manera exprés y enviados algunos de ellos al campo de batalla con escaso tiempo de preparación.

La victoria más significativa de Ucrania en este vuelco de la guerra fue la de la ciudad de Jersón. Esta capital de provincia había sido la única conquistada durante la guerra que, junto con Zaporiyia, Donetsk y Lugansk, había sido anexionada a Rusia a través de un referéndum ilegal realizado en el mes de septiembre. Con todo, este golpe moral no ha sido suficiente. La inferioridad del Ejército ucraniano frente al ruso está impidiendo, según los expertos, que Ucrania tenga capacidad real por si sola de recuperar todo el territorio ya ocupado. 

Desde entonces la guerra se ha estancado y los frentes se han estabilizado. Los últimos movimientos en el campo de batalla se han producido en Donetsk, donde Rusia, gracias a los mercenarios del Grupo Wagner, se ha hecho con la localidad de Soledar y se preparan para tomar la ciudad de Bajmut. La voraz guerra inicial ha dado paso a una densa guerra de trincheras que, en ocasiones, llega a recordar a guerras de otro siglo. Las líneas del frente apenas se mueven desde hace semanas y el fantasma de una nueva ofensiva rusa sobrevuela la región. Las intenciones del Kremlin no están claras y tanto Ucrania como la OTAN aseguran que Putin no ha renunciado a terminar de conquistar las provincias anexionadas. 

El papel de los aliados internacionales

Pese a que la guerra la libran y la sufren los ucranianos, el apoyo en la retaguardia de los aliados ha sido el espaldarazo necesario para retrasar la caída de Kiev. Desde el primer momento tanto la Unión Europea como los países de la OTAN han entendido que apoyar a Ucrania era fundamental para frenar las ansias expansionistas de Rusia. Putin había asegurado que entraba en Ucrania para "desnazificar su régimen", pero poco tardaría en demostrarse que quería hacerse con territorio ucraniano. 

Si hay un organismo que ha salido fortalecido en este año ese ha sido la OTAN. Antes de que se produjera la invasión, ni los miembros más ilustres de ella creían en el proyecto. El presidente francés, Emmanuel Macron, aseguró en 2019 que la Alianza Atlántica se encontraba "en muerte cerebral". En un intento de rematarla del todo, Putin ha conseguido todo lo contrario. Suecia y Finlandia, países vecinos de Rusia, han solicitado su entrada en la organización. Además, en la Cumbre de Madrid del pasado verano varios países de la Alianza se han comprometido a aumentar el gasto en Defensa.

Algo parecido ha ocurrido con la Unión Europea que, pese a no tener un papel tan discutido por sus propios socios, sí ha conseguido reforzar la visión de unidad dentro del boque. Las sanciones aprobadas contra Rusia en aspectos tan variados como las transacciones económicas, bancos, medios de comunicación, carbón o petróleo dan buen ejemplo de ello. Esta unión en favor de Ucrania no significa que no se hayan producido discusiones en su seno. Las presiones de algunos países para sancionar los hidrocarburos rusos han sido la piedra en el zapato de la UE. La dependencia del gas ruso de muchos países comunitarios es todavía un motivo de disputa. Otro elemento que habrá que discutir internamente es el intento de adhesión exprés que pide Ucrania en la UE, algo que busca con insistencia Zelenski pero cuyo proceso se espera que no sea corto.

Por su parte, España también ha vivido un vaivén en su apoyo a Ucrania. La primera reacción del Ejecutivo de Sánchez fue condenar la invasión y anunciar ayuda financiera para "socorrer" al pueblo ucraniano. Las armas no parecían ser entonces una opción; y no fue hasta que el resto de socios comenzaron a reconocer que había que ayudar militarmente a Ucrania cuando el envío de armas se puso sobre la mesa. Desde entonces España ha asumido su papel de aliado como ha hecho el resto de países europeos y de la OTAN. No sin generar cierta discusión en el entrono del Gobierno, puesto que su socio, Podemos, ha criticado públicamente el envió de armas.

La economía sufre los estragos de la guerra

En este año de guerra el bolsillo de los europeos también ha notado el conflicto. Imposible de obviar siendo Rusia uno de los mayores exportadores de gas de la UE. Y siendo Ucrania el llamado 'granero del mundo'. La guerra se notó de inmediato en los mercados y desbarató las previsiones económicas. Los precios comenzaron entonces una senda alcista que se ha notado en el coste de la cesta de la compra, la factura de la luz, los carburantes o las hipotecas.

Dentro de los efectos más notables, la inflación ha sufrido un despunte sin precedentes. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), los precios se encarecieron en 2022 un 8,4%, lo que supone la tasa de inflación anual más elevada de la serie histórica. De todas estas subidas la más pronunciada ha sido el precio de la cesta de la compra. El precio de los alimentos se ha disparado un 15,4% en el último año. Algo parecido ha ocurrido con el gasóleo y la gasolina, que incrementaron su precio en 2022 un 28,5% y un 14,9% respectivamente, en comparación con el año anterior. 

El drama de la guerra en cifras

La situación que deja estos 365 días de guerra es un desolador mapa de refugiados como el que no se había vivido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, con más de ocho millones de refugiados repartidos por todo el continente. Todo ello sin contar con los más de 6 millones y medio de desplazados internos que tratan de alejarse de las zonas donde los combates son más intensos.

Según la ONU, la cifra de civiles fallecidos en Ucrania ha ascendido a más de 8.000 y los heridos a más de 11.000. Este número podría ser superior si contamos con que a lugares como Mariúpol todavía no se ha podido acceder con todas las garantías. Además, las casi 18 millones de personas, lo que supone más del 40% de la población, requiere de ayuda humanitaria.

Sobre los soldados muertos en el transcurso del conflicto, las cifras, que también juegan su papel dentro de la propaganda de ambos bandos, son muy diferentes dependiendo de quién cuente a los fallecidos. Aunque la última cifra facilitada por Rusia hace varios meses reconocía que 6.000 de sus soldados habían muerto, Ucrania la elevaba a más de 140.000. Por su parte, Ucrania ha reconocido más de 13.000 soldados ucranianos fallecidos, pero Rusia asegura haber matado a más de 100.000.

Más guerra que diálogo: el incierto futuro del conflicto

Imaginar el futuro no es sencillo. Tanto Rusia como Ucrania cuentan en estos momentos con severos problemas para conseguir munición, ya que gastan a más velocidad de la que pueden producir. En el caso del suministro ucraniano que proviene de Estados Unidos y Europa, se debe también a que estos países no cuentan con una economía de guerra que pueda aumentar lo suficiente el ritmo de producción.

Por su parte, Zelenski, quizás una de las figuras que más ha destacado en este conflicto, ha realizado en los últimos meses una intensa labor diplomática. Las presiones para recibir tanques ha dado sus frutos y los países europeos, junto con Estados Unidos, ya preparan el envío que podría llegar a finales de primavera. El objetivo de Ucrania es aguantar la embestida rusa y con la llegada de los carros de combate, y la mejora de las condiciones climatológicas, recuperar durante la primavera y el verano una posición más ventajosa de cara a una posible negociación.

Será ahí cuando la crudeza y el pragmatismo de una diálogo de alto el fuego demuestre hasta dónde están las partes dispuestas a llegar (y hasta dónde presionarán sus socios) para frenar el conflicto. Ucrania ha asegurado que no cederá ninguno de los territorios ocupados, incluido Crimea. Este último es una línea roja para Moscú. Para que el Ejército ucraniano consiga ganar la guerra, los expertos militares aseguran que únicamente se produciría con una intervención total de los países occidentales. Esto parece no estar en la agenda, sabiendo que podría desencadenar una escalada nuclear con el Kremlin. 

A nivel militar y diplomático la guerra está estancada. El mundo espera una guerra larga; y Rusia y Ucrania ya se preparan para ello. La pregunta ahora es hasta qué punto se mantendrá ese apoyo a Ucrania. Y cuánto aguantará la economía rusa las sanciones de los países occidentales. Mientras tanto, los ciudadanos ucranianos esperan. Sus vidas podrían no haberse parado, pero desde hace un año avanzan con el recuerdo de una paz que todavía parece lejana.

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