Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'

Marruecos y su tiro en el pie

La avalancha de migrantes menores llegados a Ceuta triplica los 519 registrados hasta marzo en toda España
La avalancha de migrantes menores llegados a Ceuta triplica los 519 registrados hasta marzo en toda España
Antonio Sempere

Un serrucho marroquí ante un toro lloroso al que le acaban de cortar los cuernos. La viñeta no era nueva, la difundió un diario de Rabat el septiembre pasado para sacar pecho sobre un asunto de delimitación marítima. El pasado 17 de mayo, esa misma caricatura circulaba de nuevo para gallear por la supuesta jugada maestra del Gobierno de Marruecos contra España, provocando una avalancha de migrantes a nado en las playas ceutíes. Desde entonces, el aparato de propaganda del Ejecutivo marroquí proyecta en su ciudadanía la idea de que su estrategia había cosechado un éxito atronador humillando al Estado español por prestar ayuda humanitaria al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. Esta idea de humillación, que alimentaron dando a entender que la conversación mantenida por el secretario de Estado norteamericano con el ministro de Exteriores marroquí reforzaba su posición frente a España cuando solo hablaron de Oriente Medio, está muy lejos de la realidad.

En su empeño por considerarlo como un conflicto bilateral, el Ejecutivo de Rabat no contó con el rechazo de la UE a la actitud de Marruecos por conducir oleadas de migrantes a vulnerar una línea fronteriza que lo es de toda la Europa comunitaria. Fue la presión europea la que obligó al Ejecutivo marroquí a envainársela de inmediato y sellar de nuevo sus pasos fronterizos aceptando el retorno en caliente de la inmensa mayoría de los casi 10.000 inmigrantes que habían entrado ilegalmente. El reino de Marruecos tiene un trato preferencial en sus transacciones comerciales con Europa y recibe cada año de Bruselas cientos de millones de euros en materia de cooperación. Unos privilegios de los que depende en gran medida su prosperidad y por los que se le pide a cambio, entre otras exigencias, que haga de dique de contención de los flujos migratorios ilegales, nunca que los aliente.

"El vecino se ha terminado creyendo con derecho a vetar a quién recibimos en casa"

Si en el terreno diplomático la rentabilidad de su jugada es más que dudosa a nivel internacional, la imagen del reino de Marruecos no ha podido caer más bajo. El contraste entre un Estado que echa a sus niños al agua para que violen fronteras y otro que envía a sus soldados, agentes de seguridad y ONG a socorrerlos tiene para el primero, en términos de prestigio, un coste brutal. Esa foto del buzo de la Guardia Civil rescatando a un bebé medio muerto dio la vuelta al mundo y otro tanto ocurrió con la de la cooperante de Cruz Roja consolando a un pobre senegalés aterido por las frías aguas del Estrecho. Solo mentes muy mezquinas o mentalmente enfermas pueden ver estupidez alguna en la acción de alguien que se conmisera del dolor ajeno en grado extremo.

Marruecos ha desatado esta crisis con la intención de demonizar al líder del Frente Polisario, que permanece ingresado en La Rioja, y avanzar así en el intento de aislar a su organización, que reclama desde hace décadas un referéndum de autodeterminación para el Sahara Occidental. Donald Trump le dio alas a Rabat reconociendo sus derechos sobre esos territorios a los que España cedió en 1973 la administración, nunca su soberanía. Varias resoluciones de la ONU han reclamado ese plebiscito al que Marruecos se niega sin otro argumento jurídico ni histórico que la ocupación de facto. En el ánimo de mantener una buena vecindad, la diplomacia española ha puesto siempre sordina a su posición sobre el Sahara rehuyendo cualquier iniciativa que pudiera disgustar al incómodo vecino. Tanto que el vecino se ha terminado creyendo con derecho a vetar a quién recibimos en casa. En su afán por humillarnos igual se ha pegado un tiro en el pie.

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