Desempleadas del hogar en tiempos de emergencia

Soraya Rodríguez Ramos  Eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento Europeo

Una imagen de una empleada del hogar.
Imagen de recurso de una persona ejerciendo labores de limpieza.
PIXELS

"Cuidar a quien nos cuida". Esta máxima, especialmente repetida en los últimos días, debe servirnos para reflexionar sobre los significados y consecuencias del cuidar, desde lo íntimo hasta lo colectivo.

Nos cuidan las enfermeras y las doctoras, ya que el sector sanitario es predominantemente femenino en Europa; nos cuidan nuestras madres, mujeres y hermanas, proporcionando la mayor parte de la asistencia familiar, tanto para los niños como para los ancianos; nos ayudan las educadoras, las trabajadoras sociales, las cuidadoras profesionales con las personas en situación de dependencia y las empleadas de hogar, que limpian nuestras casas. Casas que hoy se han convertido en el centro de nuestras vidas inestables, delimitadas por unas paredes durante la cuarentena forzada.

La carga de trabajo doméstico y de cuidados –tanto remunerados como no remunerados- sigue dependiendo, en gran medida, de los esfuerzos de las mujeres. La feminización de este tipo de empleos ha puesto en primera línea de batalla a las mujeres en el contexto de la crisis sanitaria generada por el Covid-19. 

Entre ellas están las que más carecen de protección hoy: las empleadas del hogar, que representan a una de las categorías profesionales más vulnerables y más afectadas por el brote del virus.

En España, los datos oficiales cifran en 700.000 la cantidad de personas cuyo trabajo reside en el cuidado de nuestros hogares, niños y ancianos, así como de las personas en situación de dependencia. El 89% de estas personas son mujeres. 

Sin duda las cifras reales superan estos números, debido a la irregularidad a la que se ve abocado este colectivo. Pero no solo eso. Según datos de la EPA, tan solo alrededor de 400.000 trabajadoras están dadas de alta en la Seguridad Social. 

La equiparación de derechos laborales, que se ha agravado con los efectos del coronavirus, sigue siendo complicada para las empleadas del hogar, que continúan sin poder adherirse al Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, nunca ratificado por España. 

Por tanto, estamos hablando de un colectivo feminizado y que sufre de una situación estructural de precariedad, que aumenta en el caso de las muchas mujeres migrantes y sin papeles que figuran en sus filas.

Las medidas de confinamiento decretadas por el Gobierno ante esta emergencia sanitaria y económica provocan que el paro se cebe con este colectivo. El estado de alarma les enfrenta a situaciones distintas. Aquellas que están siendo despedidas se quedan sin derecho a paro ni a prestaciones, ya que sus empleadores se han visto obligados a recluirse en sus hogares y no necesitan sus servicios. 

¿Qué protección tienen ante este involuntario, pero auténtico, cierre patronal? En otros casos, han visto reducidas en más de un 50% su jornada y con ello su salario. En ciertas situaciones se les pide el doble de horas para cuidar a personas mayores, a veces sin incremento salarial. 

Sin embargo, si las empleadas tienen miedo a un eventual contagio en caso de que no puedan trabajar con unas mínimas medidas de seguridad, ¿dónde queda su libertad real de decir que no por razones no imputables al empleado, como recoge el Estatuto de los Trabajadores, ante la potencial pérdida de su empleo? ¿Qué ocurre con las familias, también confinadas, de las empleadas de hogar?

No hay planes para ellas. No hay planes para estas mujeres.

Tras la declaración del estado de alarma por la emergencia sanitaria no se ha establecido ni una sola medida dirigida a las empleadas de hogar: sus actividades no están reguladas y, por tanto, no pueden acogerse a las medidas económicas previstas en el real decreto, con lo que, en la emergencia, pasan a ser aún más vulnerables y directamente discriminadas.

La omisión incrementa su fragilidad y profundiza su invisibilidad. Acabo de llamar la atención sobre esto a la comisaria de Igualdad de la Comisión Europea en Bruselas.

La ministra de Economía, Nadia Calviño, ha prometido que habrá en algún momento medidas para los colectivos más vulnerables, mencionando expresamente a “las trabajadoras del hogar”. Ojalá, y pronto. Hasta ahora, nadie ha atendido sus demandas, ningún decreto de emergencia las ha contemplado, ningún fondo europeo las ha tenido en cuenta.

Si es cierto aquello de que “nadie se va a quedar atrás”, resulta imperativo y urgente el dar respuestas a las situaciones específicas de tantas personas, de tantas mujeres. Como sociedad debemos -ahora más que nunca- visibilizar, valorar y, en definitiva, cuidar a quien nos cuida.

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