Precariedad y racismo: la vida de una trabajadora doméstica en el siglo XXI

María ha trabajado durante 14 años como interna en viviendas de clase alta.
María ha trabajado durante 14 años como interna en viviendas de clase alta en Madrid.
Jorge París | Jorge Paris
María es una de las más de 600.000 empleadas domésticas que trabajan actualmente en España, casi todas, mujeres migrantes.

"Cuando me dijo india de mierda, me derrumbé". María –nombre ficticio– aún frunce el ceño de rabia y los ojos se le humedecen cuando rememora los episodios vividos durante sus 14 años como trabajadora doméstica interna. "Yo le dije: ‘¿Sabe qué? esta india de mierda es la que le está sacando adelante su casa, esta india de mierda es la que se queda en su casa cuidando a su hijo cuando usted se va a trabajar’".

María es una de las más de 600.000 empleadas domésticas que trabajan actualmente en España, casi todas, mujeres migrantes. Desde que llegó a Madrid procedente de Centroamérica, hace 14 años, su vida ha transcurrido casi exclusivamente dentro de las cuatro viviendas de clase alta donde ha trabajado.

En tres de esos empleos denuncia que sufrió jornadas interminables, un sueldo por debajo del salario mínimo y un trato humillante por parte de sus empleadores, que, por otro lado, conformaban su único círculo social junto a sus hijos a los que cuidaba.

"Mi vida social no existe", admite María, aunque lo que más lamenta es el tiempo que no pudo estar junto a su madre, fallecida recientemente tras años de costoso tratamiento contra el cáncer.

"Todo este tiempo atrás, he aguantado tantas situaciones malas porque para mi siempre era lo primero mi madre", relata María, que enviaba casi todo lo que ganaba a su país para cubrir el tratamiento de quimioterapia. "Ahora es la oportunidad que tengo para decir basta ya, buscarme otro trabajo, uno donde me respeten mis derechos como trabajadora, donde me respeten como persona, donde me miren como una trabajadora no como una chacha que tiene hasta que recogerle las bragas del suelo".

Sin derecho a paro y despidos más baratos

El lazo emocional que genera con los niños le hace "el corazón chiquito" cada vez que finaliza su tiempo con una familia, lo que puede ocurrir en cualquier momento, dada la fragilidad de los contratos laborales que vinculan a estas trabajadoras con sus empleadores.

La situación contractual de las trabajadoras domésticas se reguló en 2012, cuando, buscando regularizar un sector que funcionaba generalmente en B, se legisló la obligatoriedad de que los empleadores pagaran una cuota a la Seguridad Social.

Sin embargo, las trabajadoras domésticas siguen sometidas a un régimen especial que les hace tener peores condiciones que el resto de asalariados. Su jornada laboral no está limitada a 40 horas, no tienen derecho a prestación por desempleo y su despido tiene una indemnización de solo 12 días por año trabajado, lo que las deja en una crónica situación de inseguridad laboral.

"No tienen el acceso a los mismos derechos que tienen el resto de trabajadores, especialmente en cuanto al exceso de trabajo informal, la salud y seguridad en el trabajo y la falta de acceso al desempleo", declara Joaquín Nieto, director de la Oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para España. 

La OIT aprobó el Convenio 189 en 2011 que buscaba corregir esta situación de desigualdad de las empleadas del hogar, al que se han adherido ya nueve países de la Unión Europea. El Gobierno de Pedro Sánchez se ha comprometido a enviarlo para su votación en el Congreso en los próximos meses.

Además, la ausencia de inspecciones laborales somete a este tipo de trabajadoras, particularmente a las internas, a un situación de total indefensión frente a abusos o ilegalidades.

Falta de intimidad y despido sin preaviso

"En esa casa estaba grabada y vigilada las 24 horas del día con cámaras" declara María de uno de sus trabajos anteriores, en una casa donde cuidó de un bebé desde que tenía unos meses hasta pasados los dos años. 

La falta de intimidad a la que estaba sometida llegó hasta el punto de tener que sacar un día el brazo por la puerta del baño para confirmar a sus empleadores que estaba en la casa mientras la observaban a través de sus teléfonos móviles.

"Era una situación demasiado frustrante porque no podía ni rascarme mi cuerpo porque ya te estaban mirando. No tenía intimidad", recuerda María, que aseguraba cobrar 850 euros al mes por una dedicación total los siete días de la semana.

De esa vivienda fue despedida sin preaviso tras una discusión con su empleadora y solo la ayuda de la anterior familia con la que había trabajado, la misma que le facilitó el acceso a los papeles, le salvó de acabar en la calle de un día para otro.

"Te puedo decir con mucha seguridad y orgullo que ellos me rescataron de la calle a donde me habían tirado", declara María, sobre las personas que, en sus palabras, se convirtieron en su "padres adoptivos acá".

De allí llegó a la casa donde lleva trabajando los últimos años, donde realiza jornadas interminables y es obligada a servir con el uniforme completo de criada por un sueldo ligeramente inferior a los 900 euros. El lazo sentimental con los niños es, según afirma, lo único que me hace no renunciar al trabajo.

Una nueva familia

En su relato de estos años de trabajo rutinario limpiando, cocinando, planchando y haciéndose cargo de los niños, destaca unas pocas situaciones que le marcaron. 

Humillaciones, insultos y racismo, pero también un puñado de buenos recuerdos –"No te voy a mentir, he tenido jefes buenos", admite, en referencia a la pareja de arquitectos que regularizó su situación legal en España– y el contacto con Servicio Doméstico Activo (SEDOAC), una asociación de empleadas del hogar que ha dado un giro en su vida y le ha hecho ver el futuro de forma distinta.

"Cuando eres mujer migrante, has dejado en tu país a tu familia y vienes a un nuevo mundo donde no tienes redes de apoyo", declara Carolina Elías, presidenta de esta asociación que organiza talleres de formación y eventos de socialización para trabajadoras del servicio doméstico. "Es aquí, en SEDOAC, donde muchas mujeres han encontrado a otras en las que apoyarse y que se han convertido en sus familias".

"Ya tengo un año y poco de estar en SEDOAC y poco a poco me voy empoderando más y abriendo mi mentalidad", declara María. "Ahora es cuando empiezo a tener un círculo social y tengo una familia que me ha demostrado su amor, su cariño y su respeto y admiración hacia mi".

Por primera vez en 14 años, María mira al futuro con optimismo. "En un futuro me veo preparándome académicamente para poder tener una posibilidad de hacer otro trabajo que no sea servicio doméstico, que no es deshonroso, a mucha honra te digo trabajo en casa, soy empleada de hogar, pero creo que ya es hora de que yo empiece a ver otras áreas".

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