Carlos Sainz, el padre del automovilismo español que por fin es reconocido en su país

Carlos Sainz, junto a su hijo Carlos, al llegar a Madrid.
Carlos Sainz, junto a su hijo Carlos, al llegar a Madrid tras ganar su tercer Dakar.
EFE

Hay premios que tienen su lustre en función de quién lo gana, lo que supone un arma de doble filo. Sea un Nobel, un Oscar o un Princesa de Asturias, de la categoría que sea, hay ausencias incomprensibles que se recuerdan mucho más que el propio palmarés del galardón.

El caso de Carlos Sainz era tan flagrante que ha tenido que ver muy de cerca la frontera de los 60 años para que el autoproclamado premio más importante que se concede en España reconozca a un pionero que trasciende ya varias generaciones. Que Sito Pons (hoy noticia por cuestiones mucho menos elogiables) lo tuviera y Sainz no, habla por sí mismo de la Fundación en honor al heredero/a de la corona española.

Pocos deportistas mundiales pueden lucir y presumir de ser considerados los mejores de su disciplina, y Carlos Sainz Cenamor (Madrid, 1962) es uno de ellos. El Mundial de rallies le otorgó el título de mejor piloto de la historia del WRC en reconocimiento no sólo a sus mundiales (otros han ganado más que él, empezando por sus hijos deportivos Sebastien Loeb y Sebastien Ogier), sino a la trascendencia que tiene para el deporte que durante cuarenta años ha practicado y practica.

Hablar con los responsables de rallies de cualquiera de las marcas con las que ha corrido suele acabar en territorios comunes. De Sainz no se destaca sólo su capacidad al volante, sino su capacidad técnica. Pocos, muy pocos, son capaces de preparar los coches como lo ha hecho Sainz. Desde aquel Renault 5 Copa Turbo hasta el más reciente Mini John Cooper Works Buggy, el mejor piloto español en tierra de toda la historia ha metido mano, llave inglesa en mano. Se ha interesado por lo que hoy es la telemetría y antaño eran las sensaciones del trasero del que conducía.

Ese ansia por la perfección técnica se ha heredado en generaciones posteriores, empezando por su propio hijo. Si Carlos Sainz Vázquez de Castro es hoy uno de los pilotos mejor considerados del Mundial de Fórmula 1, lo que le ha valido para fichar por Ferrari, es en parte por la obsesiva presión que muchas veces le inculcó su padre. Él mismo lo relata: no valía con ser el más rápido, sino que tenía que entender por qué.

El mismo Fernando Alonso lo ha admitido muchas veces: sin Carlos Sainz, cuyos éxitos le asombraban conforme crecía como piloto de karts, hoy no se entendería su carrera deportiva. Quién le iba a decir que iban a acabar siendo buenos amigos e incluso rivales en las arenas del desierto de Arabia Saudí.

Sin prisa para retirarse

Carlos Sainz tiene la gran ventaja de ser el dueño de su destino deportivo. Ningún equipo se atreve a decirle que 'no', y él mismo asegura que se siente con fuerzas para seguir un año más. Si ganó el Dakar con 55 años y con 57, ¿por qué no lo va a ganar con 58?

La importancia de tener un referente al borde de los 60 años para la sociedad es clave, especialmente en un momento en el que la tercera edad se ve por un sector más como una carga que como una ventaja.

En 2021, Sainz volverá a juntarse con Lucas Cruz, su copiloto de confianza en el Dakar, para volver a estar en lo más alto, y si se siente con fuerzas lo intentará en 2022, y en 2023... Y así hasta que llegue un día en el que decida colgar el mono y el casco. 

Él tiene bastante menos prisa que Reyes, su mujer, que ahora tiene que lidiar con dos 'matadores' en casa...

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