Nada, ni siquiera la llamada ya anunciada de ayer, permite suponer que no vayamos de cabeza a otras elecciones. Por las declaraciones de sus voceros llegamos a pensar que Pablo Iglesias haría el miércoles algún movimiento inesperado que descolocara a Pedro Sánchez en la sesión de control al Gobierno y "reconstruyera" –como dijeron– el marco negociador. No sucedió. El líder de Podemos se limitó a abundar brillantemente en su regañina por el supuesto desprecio a sus electores, a lamentar que no le llame ni le escriba, y a emplazarle a un cara a cara "tendiendo la mano" desde la exigencia de un Gobierno de coalición que le ha sido mil veces negada.

Aunque aquí cuenta hasta el último minuto, todo invita a pensar que hasta la fecha límite del 23 de septiembre solo asistiremos al prólogo de una campaña electoral en el que ambas fuerzas profundizarán en el intercambio de reproches sobre la responsabilidad del bloqueo. De repetir las urnas, ello será medular en el argumentario de una campaña en la que Sánchez deberá afrontar las críticas a izquierda y derecha por no haberse esforzado lo suficiente en recabar apoyos y responder al encargo del rey de formar Gobierno.

A Unidas Podemos le responderá que su prioridad fueron los cargos y no las propuestas, y al PP y Ciudadanos que abandonaron su responsabilidad de Estado negando la investidura al único candidato posible e instándole a que se entendiera con Podemos y los independentistas para luego cargar contra su entente. La campaña del PSOE machacará la idea de que no han dejado gobernar al ganador de las elecciones del 28 de abril y que la única forma de que haya estabilidad es que le voten masivamente.

Las encuestas, por ahora, parecen bendecir esa estrategia. Los sondeos –no solo el CIS de este jueves, que se queda algo viejo–, coinciden en proyectar una notable subida en la intención de voto a favor del PSOE, que ampliaría su representación parlamentaria a costa de Unidas Podemos y de Ciudadanos. Ya sea por mérito propio o demérito ajeno, lo cierto es que, en el actual momento político, Sánchez tiene a cada uno de sus rivales en la posición que le conviene.

A mano izquierda, ha logrado vencer a Pablo Iglesias en su terreno cuando hace apenas dos años el líder morado daba por muertos a los socialistas. Lo ha conseguido mientras se adentraba en los caladeros electorales de centro que tanto el PP como Ciudadanos le dejaron expeditos con su pugna, espoleados por Vox, por convertirse en el referente de la derecha.

Mientras ambas formaciones olvidaban que el solomillo electoral está en el centro y que en España solo es posible ganar unas elecciones generales ofertando moderación, Pedro Sánchez reforzaba su imagen más institucional dentro y fuera del territorio nacional.

El presidente en funciones se ha esforzado en remarcar su negativa al referéndum de autodeterminación en Cataluña y en recordar que convocó elecciones porque los independentistas se unieron a la derecha en su rechazo a los Presupuestos.

Es cierto que las urnas las carga el diablo y que volver a votar no garantiza una aritmética más estable, pero en política los tiempos y la posición lo son todo. Y del solomillo electoral, hoy por hoy, en el plato de Sánchez está la mejor tajada.