Fernando Baeta  Subdirector del área editorial de Medios de Henneo

ETA y el escalofrío

Hace 10 años que ETA declaró que ya no mataría más… Después de sembrar el terror en toda España durante casi cinco décadas… 853 víctimas mortales, miles de heridos, cerca de un centenar de secuestrados… Incalculable el número de familias que tuvieron que abandonar el País Vasco amenazadas por los terroristas… las sombras, la protección de los escoltas para seguir viviendo.

Para que ETA llegara a su fin fue determinante el trabajo de las Fuerzas de Seguridad que en los primeros años de este siglo descabezaron una y otra vez a la banda terrorista hasta dejarla exhausta.
Hace 10 años que ETA declaró que ya no mataría más.

El escalofrío vuelve de nuevo siempre que se habla de ETA. El escalofrío y también la angustia insoportable, la pérdida irreparable, la memoria perdida, las pesadillas que permanecen y los sueños que nunca pudieron ser. Ahora que se cumplen 10 años desde que la banda terrorista dejó de matar regresan a nuestra memoria aquellos años del plomo, grises, oscuros y terribles, donde la vida cotizaba a la baja y donde quizá cometimos el error de acostumbrarnos al tiro en la nuca y a la bomba lapa, al secuestro y al chantaje.

El temblor se hace más intenso cada vez que enumeramos los 3.500 atentados, las 7.000 víctimas, los 860 muertos provocados por una barbarie que con la excusa de luchar contra el franquismo y sus herederos se acabó cebando con una democracia recién parida. Porque no hay que olvidar que casi el 70 por ciento de estos atentados tuvieron lugar tras la muerte del dictador e incluso después de Ley de Amnistía de 1977.

Ahora que se vuelve la vista atrás por el aniversario, por las palabras de Otegi, por los 200 etarras que todavía siguen en prisión y por los Presupuestos para 2022 estaría bien no olvidar a las víctimas para que estas no vuelvan a ser asesinadas y no caer en la trampa del lenguaje abertzale. No deja de ser terrible que Bildu se llevara todas las portadas de estos 10 años sin los disparos en la nuca y sin las bombas lapa que ellos ampararon, defendieron y celebraron durante los 42 anteriores.

Y uno entiende que en este tipo de conflictos hay que hacer de tripas corazón y hay que hacer concesiones; pero lo que no debe hacerse es reírse de los muertos o humillar a los supervivientes. Con el cinismo de costumbre, Otegi puso precio inmediato a sus buenas palabras y al apoyo a los Presupuestos: los 200 gudaris tienen que volver a casa. Sánchez negó cualquier cambalache de presos por Presupuestos, pero tal aseveración, viniendo de él y de la mochila que acarrea, lejos de tranquilizarnos, nos inquieta.

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