Las secuelas de las falsas terapias de conversión para homosexuales: "Te destruyen brutalmente, uno sale con ganas de suicidio"

La homosexualidad fue considerada un problema psiquiátrico hasta 1992.
La homosexualidad fue considerada un problema psiquiátrico hasta 1992.
GTRES

"Yo pensaba que se me iba a pasar, que conocería una chica", recuerda David -nombre ficticio- sobre sí mismo cuando tenía 25 años. Apenas había tenido algún encuentro homosexual por entonces, pero se había criado en una familia que describe como religiosa y algo machista. Su único referente gay era un primo de su padre que había muerto de sida en los 90: "Era el ejemplo de que los maricones se mueren de sida y se van al infierno, eso es lo que yo escuchaba".

Un día, hace ahora una década, caminaba por la librería de El Corte Inglés cuando se topó con un libro titulado Comprender y sanar la homosexualidad, del autor estadounidense Richard Cohen.

Las teorías de este autor se basan en que la homosexualidad es un trastorno psicológico que puede ser tratado médicamente y son en el gran referente de las llamadas terapias de conversión para homosexuales, que buscan ser prohibidas por la futura ley trans, cuya tramitación inició el Gobierno la semana pasada.

"Lo compré y, por desgracia, entré en el pozo de psicología barata de que uno es homosexual, supuestamente, por un distanciamiento con el padre y supuestamente buscas a otro hombre para suplir tu falta de hombría", declara David. A las pocas semanas, pasaría a formar parte de un grupos de acompañamiento para abandonar la homosexualidad del que formaría parte durante cuatro años.

"Entré en el pozo de psicología barata de que uno es homosexual, supuestamente, por un distanciamiento con el padre"

Dos grandes asociaciones en España

La homosexualidad fue considerado un problema psiquiátrico hasta una fecha tan sorprendentemente cercana como 1992, cuando la Organización Mundial de la Salud la eliminó de su lista de enfermedades mentales. Desde entonces, los intentos por modificar la orientación sexual de las personas mediante métodos pseudocientíficos se han limitado casi exclusivamente a asociaciones religiosas.

"En España, actualmente hay dos grupos bastante grandes y extendidos que se llaman Verdad y Libertad y Es Posible la Esperanza (EPE), que que son los que practican terapias de conversión a nivel nacional y son grupos vinculados a la iglesia católica, aunque no hacen parte en sí de la institución", declara Saúl Castro, autor del libro Ni enfermos ni pecadores: La violencia silenciada de las "terapias de conversión" en España.

Ambas asociaciones solicitaron, de hecho, integrarse en la estructura de la iglesia católica en 2015 y 2019, aportando un amplio dossier sobre sus actividades. Su petición fue denegada por la Santa Sede, que, sin embargo, no hizo nada para impedir que continuaran con sus terapias también en instalaciones de la institución y con miembros del clero como instructores.

¿Podrá acabar la ley trans con estas terapias? Para Saúl Castro, la respuesta es clara: No. "La ley trans Al final lo que está haciendo es replicar un sistema fallido", declara Castro, en referencia de las leyes que ya prohíben estas terapias en seis comunidades autónomas -Madrid, Aragón, Valencia, Andalucía, Cantabria y Canarias- con sanciones administrativas que oscilan entre los 15.000 y 120.000 euros. Multas que son fácilmente asumibles por las "redes clientelares" de estas asociaciones, según Castro: "La criminalización es la única vía, la vía administrativa no sirve para nada".

"La criminalización es la única vía, la vía administrativa no sirve para nada"

Pérdida de vínculos sociales y de la intimidad

David se integró en un grupo de terapia de EPE, que era gratuito. Su actividad consistió, durante un año, en rellenar una ficha semanal en la que describía su intimidad, cuándo tenía pensamientos lascivos, cuándo se masturbaba o, en el peor de los casos, cuando mantenía encuentros sexuales con otros hombres. Esta información era pública para el resto de miembros del grupo, al igual que la de todos los demás.

Además, tenía que leer artículos y libros y se les instaba a mantener relaciones "sanas" con otros hombres. También se organizaban partidos de fútbol, considerada una actividad que refuerza la masculinidad. Al año, empezaron los encuentros grupales, en un colegio religioso de Alcalá de Henares o en el monasterio de Ruiloba, Cantabria. Allí recibían charlas sobre cómo abandonar la homosexualidad impartidas por un cura, el padre Santiago, y una psicóloga, Belén Vendrell.

"Nos juntábamos ahí con una pinta de secta terrible", declara David, que describe las convivencias con los otros miembros como espacios de "convivencia, amistad, cocinábamos juntos y nos contábamos nuestro avance en la terapia, que, al final, era todo mentira, porque te decían que hay que ser positivo y no hablar de las cosas malas, pero uno estaba hecho polvo y tenía que decir que estaba bien y que estaba en la lucha. Todo ese tiempo me sentí bastante solo".

"Uno estaba hecho polvo y tenía que decir que estaba bien y que estaba en la lucha"

Durante todo el proceso, los organizadores les instaban a mantenerlo en secreto y a desvincularse de sus antiguos círculos sociales. Los participantes pierden sus vínculos familiares y sociales mientras toda su vida gira en torno al grupo y su intimidad queda absolutamente expuesta.

Para David todo empezó a cambiar cuando se mudó a Madrid y empezó a crear un nuevo círculo social y repensar unas teorías que cada vez le parecían más delirantes. Ante la evidencia de su crisis con la terapia, EPE le asignó un "padre sustituto", una figura externa que le sirviera de guía. Además, tras tres años de escepticismo, David aceptó como última solución tomar una medicación cuyo único efecto fue reducir su lívido sexual.

El último experimento al que asistió en EPE, tratar de formar parejas entre los participantes en la terapia de conversión y chicas voluntarias, fue la gota que colmó el vaso. Tras cuatro años, comunicó a la organización que había decidido abandonar la terapia.

El futuro de una iglesia naciente

En una conversación privada en la tranquilidad de una parroquia vacía, Federico -nombre ficticio- confesó a su sacerdote que se sentía atraído por otros hombres. La respuesta del cura fue tranquila y aparentemente racional: No era su culpa, era fruto de heridas de la infancia, pero era también una situación que se podía revertir. Le habló de unas terapias. Un nombre de una asociación que era una declaración de intenciones. Es Posible la Esperanza.

"Me lo vendió como que yo no era así, que era de otra forma, y se te pasa por la cabeza que puedes casarte con una mujer y vivir una vida normal, pues das ese paso, te ciegas en esa situación y das el paso a vivirlo" declara Federico.

"Se te pasa por la cabeza que puedes casarte con una mujer y vivir una vida normal y das ese paso"

Su experiencia con las terapias de conversión no difirió demasiado de la de David durante dos años. Las fichas, los encuentros grupales, las charlas sobre el niño interior herido por la falta de amor paterno, los partidos de fútbol. Iban a ser el futuro de la iglesia naciente que estaba herida y estaba viviendo la mentira del mundo LGTBI.

"Después de un tiempo con ellos, la verdad es que la cosa no cambió. Yo iba haciendo lo suyo, pero también lo mío, veía que los hombres me seguían gustando y mi situación no cambiaba nada", declara Federico. Ante la crisis, volvió al punto de inicio. Acudió de nuevo al sacerdote que le había recomendado la terapia de EPE.

"Me indicó que había otro grupo más radical y que seguramente ese sí que me ayudaría. Se llamaban Verdad y Libertad".

270 días de abstinencia sexual

Al contrario que EPE, la terapia de Verdad y Libertad está asociada a un tratamiento con una psicóloga que sí que cobra 70 euros por cada sesión semanal. Todo comienza con un rito de iniciación en casa del médico retirado Miguel Ángel Sánchez Cordón, en Granada. Allí, los nuevos pupilos tienen que relatar "todas sus fantasías sexuales, lo que has hecho y lo que gustaría hacer". Al final, se quema todo y se entierra la vida pasada con una lápida con el nombre del recién llegado.

A partir de ahí, 270 días de abstinencia sexual, el plazo necesario para "curar" la homosexualidad.

En este periodo, los integrantes del grupo realizan ejercicios cada cual más disparatado en sus encuentros periódicos, la mayoría en casa de Sánchez Cordón. Siempre según el relato de Federico, los participantes en la terapia eran instados a desnudarse de dos en dos delante de un espejo, observarse y abrazarse mientras pronuncian una oración.

Otro ejercicio consiste en que uno de los participantes se pone una careta y otro le habla como si se tratara de su madre, diciendo todo lo que se quedó sin decir. En otra ocasión, un hacha, un tronco y un desahogo de ira, gritando e insultando a los "causantes" de su homosexualidad.

"Todo esto iba acompañado de 270 días de absoluta abstinencia, si caes, hay una tabla de baremos secreta, no es lo mismo una paja, un encuentro con otra persona, una mirada, pornografía…", declara Federico. "Si caes, te mandan al desierto, en el que solo estás en contacto con el hermano mayor, una persona ya 'sanada', o directamente te expulsan del grupo".

Para él, la experiencia duró cinco meses: "Les mandé a la mierda".

Las secuelas

Han pasado 10 años desde que David abandonó la terapia de EPE y, aún hoy, le vuelven flashazos de las charlas, fragmentos de la propaganda cuando está en un grupo con otros hombres homosexuales: "Siempre estaban machacando al colectivo, que si hay mucha promiscuidad, muchas drogas, mucho sexo, narcisismo, que tienen un montón de mierdas, entonces, inconscientemente, cuando estoy en un grupo gay o un bar gay, me acuerdo de esos detalles".

Lo más doloroso es la incomprensión. Nadie parece entender por qué participó en algo así de manera voluntaria ni qué ha significado para él esa experiencia. "No lo entienden, no saben qué opinar porque es un tema sobre el que hay mucha ignorancia. Cuando se lo he contado a alguien, jamás me vuelven a preguntar nada. O no se lo creen o piensan que quiero hacerme la victima o piensan que soy tonto porque: '¿Cómo has terminado ahí si se sabe que eso no funciona?'. Pero yo estaba desesperado y te sueltan un montón de teorías y te las crees".

"Cuando se lo he contado a alguien, jamás me vuelven a preguntar nada. O no se lo creen o piensan que quiero hacerme la victima o piensan que soy tonto"

Para Federico, su paso por las terapias de conversión fue una etapa de autodestrucción. "Te destruye brutalmente, uno sale con ganas de suicidio, para mí, una de las grandes secuelas son los atracones de comida", describe ahora cuatro años después de su salida de Verdad y Libertad.

Tras dar el paso de abandonar, el castigo fue el vacío por parte del resto de miembros del grupo que, por otro lado, se habían convertido en su único círculo social.

"Al principio son meses muy duros, porque llames a quien llames te van a colgar la llamada, toda esa gente ya no existe para ti", declara Federico. "Aún sigo trabajando cosas, no todo está bien encajado aún, pero creo que voy en el buen camino. Tuve la suerte de encontrar una buena psicóloga que hizo el trabajo de reconstruir lo deconstruido y, con su ayuda, he podido trabajar y estar acompañado, quererme como soy, llamarme lo que soy y vivir feliz".

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