La vida en tiempos de pandemia: 'Tambores confinados en los balcones'

Beatriz Royo con su bebé de un mes atiende a una periodista en Calanda.
Beatriz Royo con su bebé de un mes atiende a una periodista en Calanda.
GERVASIO SÁNCHEZ

El día que le cuenten a Joaquín que su primera Rompida en Calanda la vivió confinada no se lo creerá. Vestido con su minúscula tumba morada y en brazos de su madre Beatriz Royo, perteneciente a la Cofradía Jesús Nazareno, el bebé, nacido el 4 de marzo, se dispone a escuchar asomado al balcón el estruendo de los tambores y los bombos a las 12 del mediodía del Viernes Santo, como manda la tradición.

La orden no la dará el alcalde golpeando con su maza un gran bombo, acompañado en los últimos años por una personalidad del cine en homenaje al gran Luis Buñuel, originario de la localidad, sino que será el sonido de doce campanadas de la iglesia principal.

Y Joaquín, en vez de ver a miles de entusiastas calandinos concentrados en la plaza del ayuntamiento, donde nunca cabe un alfiler, se tendrá que conformar con un grupo de militares y guardias civiles, organizados en un despliegue disuasorio que impide saltarse el confinamiento, y una docena de periodistas con caras de circunstancias en la Semana Santa más triste de la historia.

Soldados y guardias civiles desplegados en la plaza del Ayuntamiento de Calanda
Soldados y guardias civiles desplegados en la plaza del Ayuntamiento de Calanda
GERVASIO SÁNCHEZ

Aunque es seguro que Joaquín, como suele pasar con los bebés, se quedará dormido en cuanto empiece el estruendo de los tambores confinados en los balcones como si el intenso ruido, que aseguran que puede alcanzar unos 120 decibelios, actuase como el mejor relajante para sumergirse en un profundo sueño.

Nueve pueblos forman parte de la Ruta del Tambor y el Bombo del Bajo Aragón que fue reconocida el año pasado como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. En todos ellos romper la hora es más que una tradición religiosa o folclórica. También significa el reencuentro anual con familiares y amigos que han tenido que emigrar a otras localidades aragonesas o de otras zonas del país.

"Desde que empecé a andar". Así responde Javier Gascón, considerado uno de los mejores tamborileros de Calanda. "Mi padre sigue tocando con 90 años, igual que mis tíos y mis dos hijos. Es un día raro que nunca olvidaremos porque no tenemos memoria de un año sin salir a romper la hora. Por mucho que toquemos, no será igual que hacerlo con los miembros de tu cofradía", explica en el portal de su casa.

Los niños del Bajo Aragón empiezan a manejar los palillos y conocer los redobles desde muy pequeños. En algunas casas se visten familias enteras de varias generaciones y las túnicas de diferentes colores se suelen heredar en los años de la niñez y la adolescencia. Es raro que un habitante local aproveche las vacaciones escolares y laborales para irse de estos pueblos muy golpeados por la despoblación. Al contrario, muchas familias abren las puertas de casas deshabitadas durante todo el año salvo en Semana Santa, los meses de verano y las Navidades.

Dos alcañizanos tocando el tambor en el patio interior de la Urbanización Santo Domingo.
Dos alcañizanos tocando el tambor en el patio interior de la Urbanización Santo Domingo.
GERVASIO SÁNCHEZ

Javier Gascón reconoce que prefiere el Vía Crucis de la medianoche del Jueves Santo y el fin del toque del Sábado Santo entre las 13,30 y las 14 horas que da inicio al silencio antes que la Rompida del Viernes Santo. "Son ritos más recogidos, menos masificados que vivimos con intensidad con las personas queridas de las cofradías", explica. "La Rompida se nos ha ido de las manos por culpa de la masificación. Tenemos que pelearnos por el espacio. Hace dos años me fue imposible entrar en la plaza del Ayuntamiento", recuerda.

La Semana Santa del Bajo Aragón es muy genuina. A las doce de la noche del Jueves Santo decenas de miles de tamborileros rompen la hora con sus tambores y bombos en Albalate del Arzobispo, Alcorisa, Andorra, Híjar, La Puebla de Híjar, Samper de Calanda, Urrea de Gaén. En Calanda este acontecimiento se produce el Viernes Santo a las 12 horas, y ese mismo día, a las 13 horas, dos mil tamborileros participan en una procesión kilométrica por las calles de Alcañiz. Serán entre 27 y 36 horas sin dejar de tocar el tambor (incluida toda la noche del Viernes Santo) hasta que un silencio sobrecogedor ponga fin al incesante estruendo.

En Alcañiz, la localidad más habitada del Bajo Aragón, tampoco se recuerda una situación parecida ni durante la Segunda República con serias restricciones para celebrar las procesiones religiosas. "Mi abuela Luisa me contó que durante aquellos Viernes Santo los hombres salían a tocar los tambores, que las novias descolgaban desde los balcones con cuerdas, y que recogían con rapidez en cuanto aparecían los alguaciles", cuenta José Maria Maldonado.

La familia Maldonado fue elegida este año como Hermanos de Honor de la Procesión del Silencio, uno de los actos más significativos de la Semana Santa alcañizana. "Estaba leyendo un libro en el ático de mi casa cuando a las 19 horas unas sesenta personas, que forman la banda del Silencio, se pusieron a tocar vestidos con camisas blancas y corbatas negras desde los balcones de sus casas", comenta. "Fue muy emocionante porque he salido en esa procesión desde que tengo memoria y pensé en mi padre, uno de los fundadores, y en mi madre", explica.

A las 13 horas se escucha un firme "Suenen los tambores" en la megafonía de la Urbanización Santa Domingo de la localidad y decenas de habitantes, algunos desde los balcones y otros a la entrada de los portales en la terraza interior, comienzan a repicar el toque tamboril de los alcañizanos.

Carlos Martínez Alejos, de la familia de los “Pepinero”, con su hijo Carlos, de 10 años, tocan el tambor delante de su casa en la Urbanización Santo Domingo.
Carlos Martínez Alejos, de la familia de los "Pepinero", con su hijo Carlos, de 10 años, tocan el tambor delante de su casa en la Urbanización Santo Domingo.
GERVASIO SÁNCHEZ

Carlos, de 10 años, toca el tambor a buen ritmo a pesar del retraso motor que sufre por un parto prematuro. "Me hubiera gustado tocar como cada año en la plaza, pero el coronavirus lo ha impedido", dice el chiquillo, hijo de Carlos Martínez Alejos, de la familia de los "Pepinero", conocida en el pueblo por su destreza con el tambor desde hace generaciones.

"Da un poco de lastima tener que vivir una Semana Santa confinados. Nunca me he ido del pueblo durante estas fechas. Ni mi abuelo dejó de tocar el tambor durante la guerra", explica Carlos mientras hacer vibrar los palillos sobre el parche de su tambor.

Hijar vive a primera hora de la mañana del Viernes Santo la resaca de la noche más larga del año. Aquí se rompe la hora (no gusta la palabra Rompida) a las 12 de la noche del Jueves Santo. A esas horas, en una Semana Santa normal, los que no habían dormido estarían desayunando en los bares hasta los topes y preparándose para salir en la procesión que empieza a las once de la mañana.

Después de dar varias vueltas sólo encuentro a Ana Albiol, trabajadora de la residencia de ancianos, que está limpiando la entrada de su casa. "Es una Semana Santa muy triste. Aquí vivimos 1.763 personas cuando hace unas décadas éramos el doble. Durante estos días todas las casas vacías se llenan de familias hijaranas que emigraron hace muchos años", explica. Reconoce que no encuentra la palabra exacta para definir lo que siente aunque prefiere refugiarse en un "es mejor no pensar que estamos en Semana Santa porque si no me deprimo".

Las carreteras bajoaragonesas están desérticas. A la salida de Zaragoza hay un despliegue espectacular de la Guardia Civil desde primera hora de la mañana. Y otro gran control a la entrada de Alcañiz por el que "no se cuela nadie", según expresión de un miembro de laBenemérita. Los alcaldes han pedido refuerzos al Ejército y han tenido éxito: nadie se ha atrevido a violar el confinamiento.

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