Erasmus con discapacidad
José, Inés y Fran, tres estudiantes con discapacidad que han viajado de la mano del programa Erasmus. JORGE PARIS/J.H./F.M

Erasmus es uno de los éxitos de la Unión Europea. El programa que ayuda a los jóvenes a viajar a otro país para estudiar o hacer prácticas laborales es la niña bonita de las instituciones europeas hasta tal punto que, el pasado mes de febrero, la Comisión de Cultura y Educación del Parlamento Europeo abogó por duplicar su presupuesto durante el periodo 2021-2027 (de los 14.700 millones actuales a 29.550), facilitando un mayor acceso a estas becas para las personas con menos oportunidades, lo que incluye a las personas con discapacidad.

Y es que pese apenas el 0,14% de los estudiantes que participan en el programa Erasmus tienen algún tipo de discapacidad. En España el 1,3% de los jóvenes cursando estudios universitarios tiene una discapacidad. También es poco, pero notablemente más que el porcentaje de 'erasmus' en la misma situación. Por eso Fundación ONCE comenzó a establecer una nueva línea estratégica de universidades en 2013. Es el área que dirige Isabel Martínez Lozano. "El empleo es el elemento que genera mayos inclusión social y nos habíamos dado cuenta de que la mayoría de los chicos con discapacidad no hacen estudios superiores. Teníamos que reforzar esa línea de acción porque no podemos quedarnos con que las personas con discapacidad tengan empleos poco cualificados".

Martínez explica que al empezar a analizar la situación hace seis años mediante varios estudios se dieron cuenta de que "hay algunos elementos que son muy determinantes para el futuro de los universitarios. Uno de ellos era el Erasmus. Hay informes elaborados por el SEPIE (Servicio Español para la Internacionalización de la Educación) que dicen los 'erasmus' incrementan su oportunidad encontrar empleo en un 25%; incluso hay empresas que en sus procesos de captación prefieren perfiles de gente que tiene ya experiencia de estudios fuera, no solo por las competencias lingüisticas, sino porque es un paso cualitativo en la formación de cualquier joven".

Cuando vieron esa realidad y que "nuestros chicos" no viajaban, se embarcaron en un estudio para encontrar las causas. Faltaba accesibilidad e información y sobraba sobreprotección de las familias, pero sobre todo era preciso un mayor apoyo económico. "Es un problema importante", explica Isabel Martínez, "la mayoría tienen unas necesidades económicas más altas, tienen más gastos". Eso se tradujo en distintas acciones, como  facilitar más información, hacer folletos con las ayudas específicas o hablar con el ministerio para que se implementara un complemento a la ayuda que dan. También crearon unas becas de movilidad de 6.000 euros compatibles con cualquier otra ayuda. 

"Cuando pusimos estas becas, que son 20 al año, teníamos casi la misma demanda que oferta de plazas. Ha ido creciendo y en la última convocatoria teníamos 40 solicitudes para 20 becas", recuerda Isabel Martínez. Ya han becado a 80 estudiantes.  "Son chicos y chicas con un currículum alto, con buen nivel de idiomas y que tienen las cosas muy claras". También asegura que, entre los becados por la Once, "hay una sobrerrepresentación de las ingenierías" y no es raro ver a estudiantes de música.  

Estudiantes que, en cualquier caso, es importante que compartan sus experiencias, porque "les ayuda a perder el miedo y animarse a salir fuera. Los testimonios son muy importantes, les refuerza y anima a intentarlo".

Testimonios como el de Francisco José Molina, uno de los beneficiarios de esta beca que estudió en Finlandia el primer cuatrimestre de 2017. Era el primer viaje que afrontaba este estudiante de Ciencias Políticas y de la Administración con una discapacidad psicosocial, con síndrome de Asperger. "A mi madre le dio un poco de miedo al principio, no me veía preparado, y quiso hablar con la gente que trabaja en mi universidad, la de Granada, para asegurarse, pero la pudieron convencer. También estuvo en la oficina de relaciones internacionales hablando con la directora, porque quería saber que iba a tenerlo todo preparado".

Este granadino no recuerda encontrar especial dificultad en el proceso previo. Una vez allí sí que reconoce que "me constó soltarme, poder interactuar, que es lo que me pasa siempre, en lo que tengo dificultad". Llegó a hacer amigos, pero no supieron de su discapacidad, "jamás se lo conté estando allí".



España es el país de la Unión Europea que más 'erasmus' extranjeros recibe. Uno de ellos fue Inés Hlevnjak, que aterrizó en 2018 en la Fundación Once para hacer prácticas y allí sigue empleada como traductora e intérprete. Erasmus tiene esa vertiente de poder viajar para trabajar aunque es minoritaria, también entre los estudiantes con discapacidad.

De los 102 universitarios españoles con discapacidad que se formaron con este programa en 2017, 74 lo hicieron con la modalidad de estudios y apenas 28 trabajando. Cada vez hay más valientes, aunque los números permanecen bajos. Entre 2014 y 2016 el número de estudiantes españoles que recibieron la ayuda por necesidades especiales contemplada en el programa Erasmus fue de 188: 32 en 2014 (27 de estudios, 5 en prácticas), 72 en 2015 (59 estudios, 13 en prácticas) y 84 en 2016 (73 estudios, 11 en prácticas).

Esta croata ya había viajado para estudiar un máster de traducción e interpretación en Italia, en la universidad de Trieste, porque en Croacia no lo había para el italiano y el español. "Allí todo está muy bien estructurado, la beca te cubre prácticamente todo, los servicios para las personas con discapacidad funcionan muy bien y me sentí protegida".  El salto que más vértigo dio fue el de venir a España: "Era un trabajo, ya no era como ir a la universidad a conocer gente de tu edad y encontrar amigos porque tenéis los mismos intereses y estudiáis lo mismo. Además era la primera vez que tenía que convivir con alguien".

"Veo poquito, pero soy muy valiente y bastante autónoma, me gusta hacer las cosas yo, encontrar mi manera. Nunca dirías cuánto porcentaje de vista tengo". Por eso no habló a sus compañeras de piso de su discapacidad mientras buscaba alojamiento en Madrid por whatsapp y skype con la ayuda de sus padres y su hermano. "No quería que tuvieran prejuicios antes de conocerme", pero al final se decidió a contarlo "porque iba en contra de todo lo que yo creo. Si al final no me aceptaban, pues yo tampoco quería estar con gente así, que discrimina".

Explica que su discapacidad ha condicionado la elección de carrera. "Tengo que ser consciente que no puedo ser bióloga aunque me guste muchísimo. Quería ser intérprete porque las lenguas me encantan y la interpretación es como una traducción oral, así que no tengo que usar mucho la vista" y que su familia "estaba tranquila porque están acostumbrados a que me las sé ingeniar. Mi madre siempre me dice después que tuvo miedo, pero nunca antes.  Me apoya y se la ve segurísima, pero luego me dice "¡ay, qué miedo tenía!". Mejor así, así no me limita", concluye Inés.

Josué Hernández se encuentra ahora estudiando en  Coimbra, Portugal, donde comparte piso con otras cuatro personas, una de ellas de Mozambique. Este estudiante del último año de Relaciones Internacionales de la Universidad de Nebrija tiene una discapacidad física del 65%, pero es muy consciente de que está estudiando una carrera "que requiere mucho trato con el exterior y era una oportunidad de aprender otro idioma, de ver otra cultura. La experiencia es muy buena, hay mucha gente de otros países, muchos brasileños".

"Casi todo el mundo se va en tercero de carrera, yo lo hice un poco tarde", cuenta. ¿Por qué? "En segundo no lo tenía muy claro, pero no tenía que ver con la discapacidad. Yo, afortunadamente, he hecho vida normal siempre. Fue más porque en la Nebrija ya había mucho alumno internacional  y me decía que tampoco tenía que ir fuera para tener amigos de otros países", responde.

Que su discapacidad nunca le ha supuesto un freno en su proyecto vital queda claro cuando recuerda que estudió Bachillerato en EE UU, "iba para un año y al final me acabé quedando tres". Pero la experiencia estadounidense era más sencilla, "allí tenía una familia de acogida y una persona que me ayudaba un poco. Aquí vienes más a la aventura, pero al final es cuestión de aprender a poner lavadoras e ir espabilando".

Otro ejemplo de hasta qué punto no le supone un problema: "a mí cuando me preguntan "oye, ¿por qué andas así?" pues supone una excusa para hablar con una personas que no conoces".

Pero no todo es luz. "Sí comparto que para gente con discapacidad hace falta más información", asegura Josué, "por ejemplo sobre los transportes en las ciudades. Yo estoy viviendo cerca de la universidad y voy andando sin problemas, pero al andar me canso más y es una ciudad con muchas cuestas. Mi madre siempre me dice que me coja un taxi si pasa cualquier cosa".

También coincide en que tienen más costes, "en mi caso necesito masajes, fisioterapia, he venido del gimnasio hace un rato. Es verdad que el dinero que te dan queda un poco escaso, no da para cubrir gastos".

Una experiencia enriquecedora

Los tres valoran positivamente la experiencia. Eso sí, cuando se les pregunta qué destacan de bueno de la experiencia, el crecimiento personal siempre aparece mencionado por delante del aprendizaje académico o de la mejora de sus posibilidades de encontrar un empleo.

"Aunque vayas a sufrir, con eso creces y te haces mejor persona, te conoces mejor a ti mismo. Eso es lo más importante. Siempre tendrás alguna barrera, pero solo con experiencia vas a poder superarla", defiende Inés. "Disfruté muchísimo. Tuve que salir de mi zona de confort y me conciencié de que tenía que hacer cosas que jamás antes me había planteado, como opinar, hacer la compra o mis gestiones administrativas", añade Fran.

Animan además a otros jóvenes con discapacidad a viajar con el programa Erasmus. "Les diría que no tengan miedo, merece la pena aunque puedan encontrar dificultades. Y no conozco a nadie que no las haya encontrado, pero se superan. Si quieren irse, que no lo duden porque van a disfrutar y les va a servir para enriquecerse personalmente y para su CV es un plus", expresa Fran. "Siempre hay buena gente que te va a echar una mano. Al final todo depende de si de verdad lo quieres", recuerda Inés.

"Sinceramente, que no piensen tanto y que se atrevan, que no se fijen en el si puedo o no o qué dirán los otros. Viene bien para muchas cosas. Si tienes un mal día es normal. La vida es tropezar y levantarte", concluye Josué.