Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal - Cartel
Título V.O.:
Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull
Año de producción:
2008
Distribuidora:
UIP
Género:
Aventuras
Clasificación:
Todos los públicos
Estreno:
22 de mayo de 2008
Director:
Steven Spielberg
Guión:
David Koepp
Música:
John Williams
Fotografía:
Janusz Kaminski
Intérpretes:
Ray Winstone (Mac), John Hurt (Abner Ravenwood), Cate Blanchett (Agente Irina Spalko), Harrison Ford (Indiana Jones), Jim Broadbent (Profesor de Yale), Karen Allen (Marion Ravenwood), Shia Labeouf (Mutt Williams)

Fotogramas de la película

Sinopsis

En la década de los 50, un ejército ruso, capitaneado por la inquietante Irina Spalko, se traslada a las selvas de Centroamérica en busca del legendario poder que oculta el Reino de la Calavera de Cristal. Cuando esto llega a los oídos del arqueólogo Indiana Jones, no duda en intentar impedirlo, contando con la ayuda de su colega cazatesoros Mac y de Mutt Williams, un joven estudiante con fama de torpe. La aventura se complicará aún más cuando aparezca Marion, el gran amor de la vida de Indy.

Han tenido que pasar casi 20 años para que el mítico aventurero Indiana Jones vuelva a enfundarse la cazadora de cuero y el sombrero. Y lo ha hecho en la esperada cuarta entrega de la saga, "Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal", un filme que sigue la moda de recuperar éxitos de taquilla de los 80 y los 90, intentando modernizarlos. La última vez que vimos a Indy fue en "Indiana Jones y la última cruzada" (1989), dirigida, como las dos anteriores, por el gran Steven Spielberg. El nuevo proyecto no parecía concebirse sin la batuta del cineasta, así que Spielberg ha vuelto a echar mano de la vieja historia escrita por George Lucas para conservar el espíritu aventurero, la mezcla de acción, comedia, misterio y fantasía y el contraste entre los fieles compañeros de Indy y los malos malísimos de turno.

Indiana Jones es Harrison Ford y Harrison Ford es Indiana Jones. El ya veterano actor regresa a las pantallas después de años de silencio con su personaje fetiche. Le acompaña otra habitual de la saga, Karen Allen, y los actores Ray Winstone (Beowulf) y John Hurt (Los crímenes de Oxford). Las incorporaciones más sonadas han sido las del nuevo ídolo adolescente, Shia LaBeouf (Transformers) y la oscarizada Cate Blanchett (Diario de un escándalo).

Crítica

Reniego del estéril empeño por objetivizar el análisis siquiera por un día. Se me permita abandonar mientras escribo estas líneas el refugio de la equidistancia. Y es que "Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal" no es película para equidistantes, no es pretexto, siquiera, para ponderar las derivas del cine aventurero moderno (absorbido por la paranoia ultradigital y el tic ´videojueguil´) en contraposición al viejo, romántico y artesanal, el de una pieza en la edad dorada de la narrativa fílmica, cuando la épica manaba de la máquina de escribir y no del laboratorio de posproducción. El asunto es mucho más simple y primario. Decía que el que esto escribe no se resiste al baño de nostalgia, porque es la morriña por las entelequias añejas, del cine de entonces (porque a estas alturas del siglo XXI los 80 son ya un entonces remoto e insondable) la que mueve y remueve la mística del retorno. Resurrección pues, apología, elogio, panegírico si se quiere de la épica de entonces, la cuarta entrega de las aventuras del arquéologo saqueatumbas por antonomasia descansa sobre el horizonte del culto romántico al último gran héroe. Es verdad que Spielberg y Lucas no han resistido el compromiso con la generación del ruido. Y es que si por algo desentona el cuarto episodio de la saga Indy en el contexto global de la franquicia es por la omnipresencia de la condenada pantalla verde en el horizonte escenográfico del último tercio de la película. Nada que ver, ojo, con la incontinencia digital de la trilogía de precuelas galácticas, pero los imperativos taquilleros tienen estas cosas, la generación play-station tiene que pasar impepinablemente por caja para que el revival sea un éxito. Si los puristas disculpan las puntuales protuberancias tecnológicas de las secuencias montaña rusa, lo fácil es volverse a enamorar por cuarta vez del canalla del látigo por cortesía de un Spielberg que sujeta las riendas del espectáculo con la acreditada maestría que lo precede, fiel a la palabra dada, leal al compromiso de una resurrección pautada por los parámetros de la relectura del clásico y, bajo ningún concepto, de su reinvención.

Es posible que "El Reino de la Calavera de Cristal" sea el eslabón menos noble de la cadena, que la cuarta sea la menos buena de las cuatro entregas de las imperecederas aventuras del mito, pero no hay motivo de alarma, bien al contrario Indy ha vuelto pletórico, Lucas y Spielberg han hecho los deberes para lograr el equilibrio milagroso de contentar a los fans y, a la vez, dar vidilla a recién llegados y paganos varios. Este Indy es el que era entonces, más cascado, más cínico, más de vuelta de todo, pero hasta el rabo todos es toro y, más allá de sus minúsculas sombras, el nuevo juguete funciona con mecanismo añejo, con esqueleto de antaño. Los ingredientes son los de siempre y funcionan con la misma precisión de siempre. Imposible pronunciar mejor piropo. O no, porque se me olvidaba decir que "El Reino de la Calavera de Cristal" es, más allá de la imperdible batería de mimos a los incondicionales (memorable el ´cameo´ de Delholm Elliott, la fulgurante aparición del Arca, la presencia sentimental de cuerpo no presente de Jones padre y un etcétera interminable), un absorbente carrusel aventurero de los de mirar el reloj sin descanso rebelándose contra el implacable trnascurrir del tiempo.Dignísima secuela, atronador espectáculo disfrutable del primer al último suspiro, cuyas imperfecciones y aristas matiza la nostalgia, la felicidad (alimentada por un Harrison Ford inconmensurable) del reencuentro, la cuarta de Indiana Jones, que conserva intacto el espíritu serie B de toda la franquicia, constata que ni había trampa ni cartón. Más allá de los imperativos del marketing, de la dimensión desmesurada del negocio y de sus innegables pegas, los 20 años de espera, después de todo, han merecido la pena

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