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El fin de la inocencia

- Título V.O. :
- Twelve and holding
- Año de producción:
- 2005
- Distribuidora:
- Vértigo Films
- Género:
- Drama
- Clasificación:
- No recomendada menores de 13 años
- Estreno:
- 18 de mayo de 2007
- Director:
- Michael Cuesta
- Guión:
- Anthony Cipriano
- Música:
- Pierre Földes
- Fotografía:
- Romeo Tirone
- Intérpretes:
- Annabella Sciorra (Carla Chuang), Jayne Atkinson (Ashley Carges), Linus Roache (Jim Carges), Jeremy Renner (Gus Maitland), Conor Donovan (Jacob/Rudy Carges), Jesse Camacho (Leonard Fisher), Zoë Weizenbaum (Malee Chuang), Marcia DeBonis (Grace Fisher), Tom McGowan (Patrick Fisher)
Sinopsis
Los gemelos de doce años Rudy y Jacob son los mejores amigos. Rudy es deportista y valiente mientras que Jacob es tímido, callado y está profundamente marcado por una señal de nacimiento que cubre su cara. Sus amigos son una precoz Malee, hija única de una madre ausente, y el gordito y vulnerable Leonard, con una familia obesa. Cuando Rudy muere en un incendio protegiendo la casa que tienen en un árbol, Jacob, Malee y Leonard asumen su pérdida cada uno a su manera. Se enfrentan al dolor y la venganza, mientras la infancia y la inocencia se quedan atrás. El director Michael Cuesta (L.I.E.) ha elegido para su segunda película una fascinante historia con unos jóvenes y fuertes protagonistas. Un filme sobre la adolescencia, la responsabilidad de los padres, el escuchar la propia voz y las consecuencias de la venganza. Entre los protagonistas encontramos a los adultos Linus Roache (Sacerdote), Annabella Sciorra (La mano que mece la cuna), Jayne Atkinson (Liberad a Willy). Los niños, el verdadero motor de esta cinta, están interpretados por Conor Donovan, que da vida a los gemelos y al que hace poco vimos en "Infiltrados", Zöe Weizenbaum (Memorias de una Geisha) y el televisivo Jesse Camacho.
Crítica
Los chavales de El fin de la inocencia son primos lejanos de los benjamines de Robert Mulligan y su Matar un ruiseñor, pero sus espectros, la textura pavorosa de sus desvelos no florece desde la utopía de una edad adulta tapizada por las pequeñas glorias traumáticas de la infancia, sino por el escalofrío de la desesperanza y la acumulación indefensa de hachazos irreversibles. Michael Cuesta ausculta la monstruosa e inhóspita soledad, la virginal ingenuidad ávida de señales, de tres niños que se pegan de bruces con el fuego incandescente entre las cenizas de su propia inocencia. El dolor irrecuperable de la pérdida, la tortuosa supervivencia a los estigmas: obesidad, anomalías físicas y vacío paterno como meollo cardinal de tres retratos desgarradores de colisión con una madurez infame, henchida de tragedias y desprecios que oscila desde la solidaridad del refugio colectivo, cuando los unos ejercen con su aliento de muletas de los otros, a la disolución de esa minúscula alianza de sufridoresprecoces, cuando la protección grupal ya no destartala los fantasmas y cada cual debe sacarse por su cuenta las castañas de fuego en un universo mordiente y sin compasión por el débil.
Cuesta ya avisó en la reivindicable L.I.E. de la eficiencia de su bisturí, proponiéndose como estudioso de la naturaleza misma de las mordazas infantiles y sentando las bases de una madurez prematura que explota con pocos matices en El fin de la inocencia, tristemente ostratizada por su impresentable distribución, que no hace justicia a la osadía monumental de un cineasta que mira como ningún otro la realidad desde la limitada verticalidad del metro y medio de la adolescencia terrible. A bote pronto hay que remontarse a la miniatura cuasi documental de Hirokazu Kore-eda, de inolvidable título Nadie sabe, para toparse con un tratamiento afín, en términos de profundidad, no de concepto, integral y sin la impostura del visitante a los rigores en bruto del ingrato oficio de ser niño-adolescente, como tal, y no como sujeto social en mitad, quizá, de un horizonte de miseria material. Cuesta flaquea, o quizá no, en un alarde de optimismo posibilista y, en consecuencia, de rima cuestionable con el conjunto del drama, con un desenlace de los que atan cabos en la utopía tenue de una esperanza, ilustrando la desproporcionada magnitud del precio a pagar por aprender a caminar solo, si bien, antes o después un destello remoto ilumina el camino después de la tormenta.
Es ése el único asomo de posicionamiento ético respecto al drama, en medio de una honestidad contagiosa e inundada de lágrimas legales, que reivindica el placer, para emisor y receptor, de contar y asimilar una historia bien contada, que llora cuando la hacen daño y sangra cuando la hieren. Cine para sibaritas del relato adulto tradicional, que no tradicionalista, que versa sobre la infancia, pero codificada para la perspectiva distante y experimentada del susodicho. En una frase: una de las mejores películas que actualmente oferta la desesperante cartelera.
Películas más valoradas: Drama
- Cisne negro (2010)
- Film socialisme (2010)
- Mentiras piadosas (2008)
- El discípulo (Jesús, la historia no revelada) (2010)
- Un profeta (2009)
Películas más valoradas de Michael Cuesta
- El fin de la inocencia (2005)
- L.I.E. (2001)




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