Volvamos la vista atrás cuatro o cinco años, cuando Podemos era pura efervescencia y aparecían seguidores del nuevo partido en cada esquina del país. Había entusiasmo casi revolucionario en esos círculos en los que todo se debatía con compañerismo y se aplaudía sin hacer ruido, moviendo las palmas de las manos al aire. Ya no había izquierda ni derecha, sino abajo y arriba. Y los de abajo iban a asaltar el cielo, porque «el cielo no se toma por consenso, sino por asalto».

Lo explicó Pablo Iglesias ante los suyos en 2014. Pensemos por un momento: ¿podía alguien imaginar hace apenas cuatro años que quien dictaba las normas de la nueva ética a todos los españoles vería cuestionado su liderazgo en el partido por comprarse una burguesa residencia en la sierra, con más de 2.000 metros de parcela y piscina privada?

El discreto encanto de la burguesía, que Luis Buñuel plasmó con genialidad en el cine, es una tentación difícil de evitar. La pareja Pablo Iglesias - Irene Montero es solo un ejemplo más de esos millones de ciudadanos que se rinden ante la pulsión irrefrenable de adquirir la mejor vivienda que pueden pagar.

Es, también, un ejemplo más de los muchos españoles que un día defendieron apasionadamente que es mejor alquilar que comprar, pero que terminan comprando porque se convencen de que «alquilar es tirar el dinero». Un lema muy español.

Es, también, un ejemplo más de esos acalorados luchadores contra el sistema que dificulta el acceso a la vivienda de tantos ciudadanos con pocos ingresos que, sin embargo, acaban por decidir que un chalet en la sierra es el mejor lugar para que crezcan sus hijos.

La evolución es parte consustancial del ser humano. Aprendemos de la experiencia, y nos damos cuenta de que las cosas no son hoy tal y como las pensábamos ayer. El problema es que, en política como en la vida, recibes lo que das. Si castigaste con tu disciplina moral a los demás, cuando muestras una incoherencia evidente la imagen que quisiste construir de ti mismo se tambalea.

Y, en su huida, Pablo Iglesias e Irene Montero han optado por unir su destino personal al de Podemos. Si su decisión familiar acaba con sus carreras políticas, estas pueden llevarse por delante al partido.

En estos días, las bases votan si sus líderes deben permanecer en sus cargos después del pintoresco episodio burgués de su chalet. Iglesias exige a los suyos un apoyo completo y sin fisuras; una muestra de fervor peronista que triture a sus rivales internos. No acepta menos. Pero si gana, como parece, Podemos deberá asumir que inicia una nueva etapa. Quizá, más difícil. Tendrán que cambiar sus referencias éticas y no se las podrán arrojar a los demás con la misma soltura de antes. Porque la virginidad solo se pierde una vez. Y se pierde para siempre.