Una de las acepciones de la palabra humanidad dice que es la capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas. La otra define humanidad como el conjunto de los seres humanos.

Una buena parte de esos seres humanos que conformamos la humanidad hemos dejado de sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia el resto de nuestros congéneres. Somos poco humanos porque no nos afecta lo que le pase al otro: permitimos que haya gobernantes fascistas que cierran sus puertos a los migrantes, permitimos que consideren traficantes de personas a quienes precisamente se dedican a salvar a estas gentes, permitimos que Europa se blinde frente a las "hordas de desarrapados" que pretenden entrar a trastocarnos la existencia creando campos de concentración allá donde menos se vean; y lo que es peor, asistimos cada día como espectadores de un teatro romano al trágico espectáculo de la muerte de centenares de personas en el Mediterráneo, al encierro en campos de otros cientos de refugiados y a la cruel separación de miles de niños de sus padres migrantes en el país más desarrollado del mundo, en el que han permitido que les gobierne Trump. ¡Tela! Sí, tela, porque si tuviéramos un poco de decencia, los que estamos cabreados con lo que está pasando moveríamos el culo de nuestro cómodo sofá y saldríamos a las calles a protestar por tamaña inmundicia, a exigir dignidad, a hacer algo, lo que sea, para ayudar a esta pobre gente y a ejercer el poder, aunque sea pequeño, que tiene nuestro voto.

¿A quién se le escapa que huyen de la guerra, de la hambruna o de la persecución? ¿Quién cree que dejarían su casa, su país por deporte si allí vivieran medianamente? Temblando me quedé leyendo las historias que contaban algunas de las personas que han llegado en los barcos de Open Arms y Médicos sin Fronteras a Barcelona y Valencia. Con el tremendo sufrimiento añadido al que los someten en Libia, país al que en Europa pagamos para que los mantenga a raya.

Esperanzador resulta por lo menos que en España hayan cambiado un poco las tornas, pero difícil lo tiene el Gobierno si quiere promover políticas en la dirección contraria a la que van encaminados los demás países europeos, salvo alguna excepción. No quieren ver a inmigrantes ni en pintura, pero si, como en el caso de Bélgica, llevan a su selección de fútbol a las semifinales del Mundial once jugadores inmigrantes de 23, la cosa cambia. Lo resumía muy bien el delantero Lukaku: "Cuando marco, me llaman el delantero belga. Cuando fallo, delantero de ascendencia congoleña". ¿Cómo llaman a esto?

Mamba es una persona con la que comparto trabajo algunos días, llegó en patera a España y ahora tiene aquí una buena vida. A veces le miro y pienso: ¡Qué valor! o ¡Qué desesperación! ¿Me tiraría yo al mar en una balsa, sin saber nadar y sin saber a ciencia cierta que llegaré a la otra orilla ni lo que me espera allí?