Todo puede ocurrir. La noche del jueves arrancó oficialmente la campaña electoral del 28 de abril y hay demasiados factores decisivos en el aire. Al margen de lo que auguran los demóscopos acostumbrados ya a que los resultados chafen sus predicciones, el pálpito general es que el PSOE va a ganar con bastante margen estas elecciones. El aspecto técnico que lo sustenta es la enorme franja electoral que los rivales de Pedro Sánchez le han dejado expedita a un lado y otro del espectro político.

Mientras Pablo Casado y Albert Rivera apelotonan al PP y a Ciudadanos en el ala derecha, por el temor cerval al Vox de Abascal, en el ala contraria Pablo Iglesias ha confinado a Podemos en el rincón de supervivencia que siempre estuvo Izquierda Unida.

En Andalucía aprendimos que una cosa es ganar y otra gobernar, y antes vimos cómo un candidato con solo 84 diputados sacaba de la Moncloa a quien la había la conquistado con 50 mas. Se dijo entonces que el nuevo era un Gobierno de ocupas y lo tacharon hasta de ilegítimo por no ser el aspirante más votado. Así fue hasta que Moreno Bonilla se hizo legítimamente con el Palacio de San Telmo a pesar de su batacazo electoral.

Es lo que tienen las democracias representativas, no siempre gobierna el que gana, lo logra el que más apoyos concita en las Cámaras. Tan importante como el resultado que arrojen las urnas será el posterior baile de pactos que la aritmética parlamentaria permita.

Aunque lo parezca, la macroencuesta del CIS –que otorga una cómoda victoria a los socialistas con la aparente capacidad de elegir socios de gobierno–, no deja descartada la posibilidad de que el bloque de derechas pueda alcanzar la mayoría absoluta. No la cierra porque el porcentaje de indecisos supera el 41% de los encuestados y esa cifra hace difícilmente predecible el resultado. También es muy complicado de predecir el nivel de abstención, y basta con recordar lo que le sucedió al PSOE en Andalucía para entender lo determinante que puede resultar esta variable, de ahí la insistencia de los socialistas en la movilización.

Otro elemento imprevisible es la conversión de escaños en las provincias menos pobladas, donde se juegan un centenar de actas de diputado. El sistema electoral beneficia allí a los partidos mayoritarios y por eso la concurrencia de Vox en ellas les podría resultar tan letal a los populares como beneficioso a los socialistas.

La fortaleza del partido de Santiago Abascal es además otra incógnita añadida muy difícil de despejar. Sus propuestas radicales son tan susceptibles de generar un voto oculto vergonzante –que luego se manifieste en las urnas de forma explosiva–, como de crear expectativas que puedan venirse abajo por la inercia hacia el voto útil o la simple reflexión.

Son demasiadas variables en juego y cada una de ellas con capacidad de voltear en un sentido u otro la aritmética final. Si tenemos en cuenta que la diferencia entre bloques en la mayoría de las encuestas apenas sobrepasa los cinco o seis diputados, concluiremos que las dos semanas de campaña que tenemos por delante no serán aptas para cardiacos. La suerte, hasta el último día, no estará echada.