"Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra; elegisteis el deshonor y tendréis la guerra". Recordé aquella sentencia de Churchill la mañana en que Pablo Iglesias se abrazaba efusivamente al preso Oriol Junqueras en los escaños centrales del Congreso. Faltaban cinco días para las elecciones y a la 'alcaldesa del cambio' en Barcelona, Ada Colau, le pisaba los talones el exsocialista e independentista de última hora, Ernest Maragall, hoy vencedor (aunque por los pelos) en la capital de la pretendida y ya extinta 'Tabarnia'.

No es el único territorio en el que el líder de Podemos se ha encontrado 'la guerra', esto es, la derrota. El habitante del chalet de Galapagar, el examigo de Errejón, ha contribuido, entre otros, al hundimiento de otro de sus antiguos estandartes, Manuela Carmena. Madrid no solo ha salvado a Pablo Casado de las garras de Feijóo y del alma marianista del PP, sino que ha castigado el cesarismo de Iglesias y sus devaneos con los independentistas.

Si algo ha traído el 26-M -más allá de una segunda vuelta de las generales, que refuerza en las autonomías y en Bruselas el clarísimo triunfo del PSOE-, es el mapa electoral de una nación escindida.

De las 'dos Españas' del 28-A -las sempiternas izquierda y derecha, enfrentadas con votos similares-, hemos pasado a la 'España recortada' en su ángulo noreste. Porque eso es lo que significa el avance municipalista de los de Junqueras en toda Cataluña, y el éxito de Puigdemont en Bruselas. Ayer volvía el lazo amarillo al balcón de la Generalitat. El independentismo -clave también en País Vasco y Navarra- ha marcado frontera y consolidado el problema catalán para la 'España del 78'.

La tocata y fuga de Ciudadanos también da prueba de ello. Más que perder, lo que ha hecho la que fue primera fuerza política en las últimas autonómicas catalanas es abandonar; algo en lo que le habría seguido encantado hasta el líder del PSC, Miquel Iceta, si los propios independentistas no le hubieran negado el acta de senador. Los de Rivera han apostado por avanzar seriamente fuera de Cataluña, pero el domingo no lograron dejar de ser partido bisagra.

El constitucionalismo tripartito es más sombra que presencia, y los socialistas son los únicos que pueden medirse con los separatistas en los ayuntamientos. Sánchez, fortalecido en su reciente distanciamiento de ERC, ahora tendrá que decidir si atender o no al 'tenemos que hablar' de Junqueras. Si habla, Casado le hará el marcaje. El inesperado vencedor moral de la noche electoral lo hará desde su personalísimo feudo de Madrid y, sobre todo, desde el Congreso; ahora sí, como líder de la oposición.