El futuro siempre fue peor

Rebeca Marín  Periodista y escritora
Tienda
Una tienda abierta el primer día de la fase 0 con alivio en Madrid.
Jorge París

Ahora que se ha anunciado que las rebajas vuelven a nuestras vidas, la nostalgia me invade por dentro. Me acuerdo de esos maravillosos días en los que salíamos a la calle y todo era bullicio. Madrid, una cuidad vibrante, llena de ruidos de claxon, una urbe viva con corrillos en los semáforos, las arterias principales llenas de coches y abriéndonos paso con el codo para esquivar a la gente. Una metrópoli cosmopolita, donde no encontrabas a nadie hablando en tu idioma, un crisol de culturas que se arrastraban por el centro de la ciudad como una oruga arrastra el final de su cuerpo, lento pero con un avance continuo.

Esos días cálidos, con un sol de justicia iluminando la Gran Vía y sus distintas colas; la del Five Guys, la del Zara, la del Primark. Colas que se confundían con los transeúntes, formando grandes hormigueros cerca de cada una de las tiendas.

"Madrid, una cuidad vibrante, llena de ruidos de claxon, donde nos abrimos paso con el codo"

Esas magníficas tardes de compras y consumo inconsciente y frenético, esos atardeceres maravillosos dentro del Primark. Ibas a buscar unas mallas baratas para hacer deporte, sorteando montones de ropa en el suelo como la de los manteros, y salías con tres pijamas, dos paquetes de bragas, un jersey y tres camisetas básicas. Así que entrabas allí para ahorrarte unos euros y te acababas gastando el triple. Eso sí, salías tres horas después, habiendo ampliado tu agenda de contactos porque habías conocido a una familia de Getafe, dos chicas de Segovia, uno de Albacete y dos abuelas de Villaverde que venían a comprar una bata de estar por casa a 5 euros. Un punto de encuentro y socialización maravilloso bajo un megachorro de aire acondicionado que mantenía fresca a toda esa pequeña gran representación de España.

Y de vuelta al asfalto, recuerdo ese momento mágico que era buscar una terraza para tomarte una caña. Acudías a la plaza Luna y estaba llena, San Ildefonso lo mismo, el Dos de mayo imposible, y terminabas sudando, yéndote a casa con tus maravillosas adquisiciones del Primark en la mano y con más sed que el caballo de una peli del Oeste, en busca del oasis de la birra de tu nevera.

"Salías al balcón y observabas entre los bucólicos tejados la boina de contaminación casi perfecta"

Recuerdo entonces ese delicioso instante en el que salías al balcón y mirabas el horizonte buscando la paz y el silencio, entre los millones de voces de personas que debajo de tu casa sí habían conseguido una mesa en una terraza y se reían a carcajadas. Y después del primer sorbo de cerveza, observabas a lo lejos, entre los bucólicos tejados anclados en el cielo madrileño, la boina de contaminación casi perfecta, que te recordaba a esa perfección atómica en forma de hongo suspendido en el aire, el icono de la maravillosa ciudad en la que vives. ¡Ay!, recuerdo todo eso emocionada y se me empañan los ojos. ¿A ustedes les pasa lo mismo?, ¿lo echan de menos? Pues yo tampoco.

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