Muere Alfonso Cruz Valerio, el último asesino del Trujillismo

Las hermanas Mirabal fueron asesinadas el 25 de noviembre de 1960.
Las hermanas Mirabal fueron asesinadas el 25 de noviembre de 1960.
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Aunque han transcurrido sesenta años, en la memoria de los dominicanos no se olvida el asesinato de las hermanas Mirabal, ordenado -como otros muchos, incluido el genocidio haitiano- por el dictador Rafael Leónidas Trujillo, el Generalísimo caribeño que se perpetuaría en la historia latinoamericana como uno de los gobernantes más crueles, despiadados y vanidosos del pasado siglo.

El recuerdo de este personaje, militar y político, tan conocido por ser el protagonista de La fiesta del Chivo, la gran novela de Vargas Llosa, se ha reavivado estos días en la República Dominicana ante la noticia de la muerte a los 83 años -a consecuencia de un cáncer-, del último ejecutor que sobrevivía de aquel comando de asesinos sin escrúpulos del régimen.

Alfonso Cruz Valerio, que vivió los últimos años lúcidamente en el norte de la ciudad de Santiago, había sido coautor, el 25 de noviembre de 1960, del asesinato triple de las hermanas Patria, Minerva y María Teresa, hijas de una familia acaudalada de Salceda, y bien formadas, que se mostraban muy críticas y activas contra Trujillo y su dictadura.

Eran conocidas como Las Mariposas por su elegancia y cultura, y un anochecer, cando regresaban a casa después de visitar en la cárcel al marido de María Teresa, preso político, cinco esbirros de la policía privada de Trujillo, enmascarados, las secuestraron, torturaron, violaron y mataron a golpes. Alfonso Cruz, uno de ellos, se ensañó con María Teresa hasta que la destrozó a golpes.

Las hermanas eran conocidas como 
Las Mariposas por su elegancia y cultura

Luego metieron sus cadáveres en un coche y lo estrellaron para simular un accidente que el Gobierno justificó y enseguida silenció. Desde entonces permanece la memoria de aquella conmoción nacional que despertó la noticia y los detalles que se fueron conociendo. Pasado un tiempo y con otra situación política, los cinco asesinos fueron identificados, juzgados y condenados a penas de prisión de 30 y 20 años de las que apenas cumplieron dos.

Alfonso Cruz, considerado el jefe del grupo, sobrevivió a los demás y, a pesar del estigma que le señalaba, rechazó ausentarse del país en el que despertaba tantos odios y desprecio y se mantuvo en su barrio en una vivienda apenas aislada, sin plantearse nunca pedir perdón. Los vecinos le describen como un tipo hermético, sin amigos y con escasas relaciones sociales, y con aire despectivo respeto a los demás.

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