Carmelo Encinas Asesor editorial de '20minutos'
OPINIÓN

Inventemos nosotros también

Científicos de Philip Morris trabajan en i+D.
Científicos trabajan en i+D.
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Científicos de Philip Morris trabajan en i+D.

Aquel día de mayo de 1906 no fue el más lúcido de Miguel de Unamuno. El sabio, que 30 años después en plena euforia golpista le plantó cara a aquel Millán Astray de «abajo la inteligencia y viva la muerte», acuñaría la frase más desafortunada de toda su trayectoria intelectual: «Que inventen ellos».

Su desdén por los avances tecnológicos es probable que respondiera más al orgullo patrio por la forma distinta que España veía el mundo frente al europeísmo de Ortega y Gasset que a un desprecio real por la ciencia. Lo cierto es que, a pesar de aquella oscuridad investigadora entonces reinante y el mismo año en que Unamuno dijera tal cosa, un médico de Petilla de Aragón, tenaz y maniático de la razón, se alzaba con el premio Nobel de Medicina por desarrollar una nueva teoría sobre los procesos conectivos de las células nerviosas. Santiago Ramón y Cajal revolucionaría el campo de la histología pasando a la historia como el padre de la neurociencia.

La Fundación BBVA acaba de publicar los resultados de un amplio estudio prospectivo sobre la cultura científica de la ciudadanía en 18 países, España incluida. A la pregunta sobre cuáles fueron los científicos más importantes a nivel mundial la mayoría citó a Albert Einstein y, tras él, a Isaac Newton.

Los encuestados tienden a poner en valor a los científicos de su país: los franceses a Marie Curie, los norteamericanos a Edison o los ingleses a Darwin o Stephen Hawking; menos aquí en España, donde solo un 8% citó a Ramón y Cajal, con el mismo porcentaje que a la bióloga Margarita Salas, referente mediático durante la covid.

No es este el único dato de la encuesta que revela el déficit de conocimiento sobre la ciencia en nuestro país. En algo tan elemental como si el sol gira alrededor de la tierra o al revés, un 30% de los españoles dijo creer que es el astro rey el que rota en torno a nosotros.

Es obvio que la ausencia de cultura científica es una rémora que seguimos arrastrando, pero ahora los fondos Next Generation nos brindan una ocasión única de superarla para que la ciencia y la tecnología dejen de ser socialmente marginales. Está demostrado que los países que apuestan por la ciencia obtienen los mayores beneficios económicos y sociales.

En la actualidad es Suiza quien más invierte per cápita en recursos a las tecnologías e innovación seguida de Estados Unidos, Suecia y Reino Unido. Países como Corea del Sur que, unas décadas atrás eran pobres, son naciones de éxito gracias a su afán investigador.

En el último informe sobre las vulnerabilidades macroeconómicas de nuestro país, la Comisión Europea señala que España sigue siendo uno de los estados de la UE con menor porcentaje de inversión en I+D en relación con el PIB. En el 2022, la inversión media europea fue de casi 800 euros por habitante mientras que aquí apenas pasamos de los 400.

Desde Bruselas ya nos han afeado esa deficiencia y el Gobierno se ha comprometido a subir del 1,4% del PIB al 2% la inversión en ciencia aprovechando el despliegue de esos fondos enfocados a la transición ecológica y digital.

Algo sí que hemos mejorado, pero no lo suficiente, e investigar en nuestro país no puede ser sinónimo de baja remuneración, becarios de por vida o la tentación a marcharse fuera. Aquí talento no falta. A pesar de la precariedad, las patentes en España aumentaron un 43% en los últimos 10 años.

Casi un 80% de los españoles cree que ha de invertirse más en ciencia. Es una buena base para pujar fuerte y crear una cultura de respeto y admiración por los científicos. Con permiso de Unamuno, inventemos nosotros también.

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