Carmelo Encinas Asesor editorial de '20minutos'
OPINIÓN

La campaña y el arte de la guerra

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, esta tarde, en el Senado.
Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, en el Senado.
EP
Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, esta tarde, en el Senado.

En una guerra, la estrategia y el cálculo son más importantes que el valor. Así lo decía Sun Tzu hace 2.500 años en aquel tratado sobre el arte de la guerra que no pierde vigencia. El estratega y filósofo chino le otorgaba gran importancia al espíritu de victoria siempre que no mermara la capacidad de previsión. Las formas en una campaña electoral nada tienen que ver por fortuna con las de un escenario bélico, pero, al igual que en una guerra, el cálculo preciso y una acertada estrategia resultan esenciales para alcanzar el triunfo.

Aunque este jueves por la noche ha arrancado oficialmente la campaña electoral para las municipales y autonómicas del 28 de mayo, llevamos meses con la política nacional inmersa en una dinámica de elecciones que deja ver por dónde tira cada cual para intentar convencer a la ciudadanía de que sus propuestas son las mejores imaginables y las de sus rivales nos conducirían al desastre. La exageración en uno y otro sentido forma parte de la tradición de las campañas sin que nadie haya demostrado que las hipérboles proporcionen a quien las practica la fiabilidad pretendida para poner a la gente de su parte.

Como en la guerra, la moral de victoria es fundamental para ganar en una contienda electoral, y no es fácil que un candidato triste y apocado tenga posibilidad alguna de prosperar. Se entiende en consecuencia que hasta los peores retratados en las encuestas se expresen públicamente como si las urnas les fueran a sonreír, pero un toque de humildad trasmitiría mayor credibilidad que fantasear con la obtención de unos resultados apoteósicos.

La modestia está infravalorada en política y aún más en periodo electoral, hasta el punto de sumergir a sus protagonistas en una nube de autocomplacencia en la que llegan a perder el sentido de la realidad. El mayor de los riesgos de esa deriva es la proyección de unas expectativas de victoria tan exageradas que de no alcanzar plenamente puedan ser interpretadas como derrota. Eso le pasó al PP en las elecciones autonómicas de Castilla y León, advertidas desde la dirección del partido como un paseo militar. La candidatura de Fernández Mañueco ganó las elecciones, pero no con la holgura anunciada. Tuvo que tragarse el sapo de pactar con Vox y la sensación transmitida fue la de haber hecho un pan con unas tortas.

En Génova parecen haber aprendido la lección y tratan de no elevar demasiado sus perspectivas de triunfo en estos próximos comicios del 28-M, percibidos ya como una primera vuelta de las generales de final de año. Lo de «derogar el sanchismo» parece, sin embargo, demasiado arriesgado habida cuenta de la demostrada capacidad de supervivencia del presidente y de las posibilidades que se le presentan el resto de legislatura de vender medidas económicas y sociales con unas cifras macro bastante más positivas de lo esperado y una evolución del mercado de trabajo tozudamente contraria a los augurios catastrofistas que la oposición atribuyó a las subidas del salario mínimo y la reforma laboral.

Sánchez se ve este viernes con Biden en la Casa Blanca y en verano presidirá la UE con todo el empaque que ello le proporciona. Tampoco responde a la realidad el mensaje lanzado desde el Gobierno y el PSOE dando por muerto el llamado ‘efecto Feijóo’. Aunque las últimas encuestas le hayan restado fuelle al impulso inicial tras la irrupción del gallego, el líder popular logra conservar una percepción de fortaleza y solvencia nada desdeñable.

Decía Sun Tzu que es imprescindible conocer bien las capacidades del adversario y que tomarlo a la ligera conduce inevitablemente a la derrota. Y ese mensaje también sigue vigente.

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