Joaquim Coll  Historiador y articulista
OPINIÓN

La fortaleza de las instituciones

Obras de arte en el suelo, ventanales rotos y equipos y muebles destruidos fue el rastro del caos dejado por los bolsonaristas que invadieron este domingo las sedes del Parlamento, la Presidencia y la Corte Suprema de Brasil.
Obras de arte en el suelo, ventanales rotos y equipos y muebles destruidos fue el rastro del caos dejado por los bolsonaristas que invadieron este domingo las sedes del Parlamento, la Presidencia y la Corte Suprema de Brasil.

Empezó 2023 con el asalto a los centros del poder en Brasil por parte de una multitud de fanáticos bolsonaristas que pretendían alentar un golpe militar porque, afirmaban, la victoria de Lula da Silva era ilegítima. Fue una especie de repetición de lo que dos años atrás había sucedido en Washington, cuando los partidarios de Donald Trump asaltaron el Capitolio con los mismos argumentos contra Joe Biden.

En ambos casos, el autogolpe se estrelló ante la fortaleza de las instituciones y los contrapesos democráticos. Su fracaso es seguramente una señal de que el auge del populismo está declinando. En realidad, 2022 ha sido un mal año para los regímenes semidemocráticos o dictatoriales que sirven de inspiración a los populismos en Occidente. Ni la Rusia de Putin –con la injustificable y desastrosa invasión de Ucrania–, ni la China de Xi Jinping –con su errónea política frente a la covid– son un ejemplo de nada, más bien de ineficacia y despotismo.

En democracia la confrontación es imprescindible, pero nunca se puede convertir la rivalidad política en odio

En España se nos viene encima un año cargado de elecciones que va a acentuar la polarización que sufrimos. Hace un mes, Felipe VI acertaba en su mensaje navideño al advertir de que «una sociedad dividida o enfrentada no avanza, no progresa ni resuelve bien sus problemas, no genera confianza». Tanto PSOE como PP lo aplaudieron, pero desgraciadamente el camino elegido por ambos es el opuesto, de ahí que la calidad y neutralidad de nuestras instituciones se haya ido resintiendo, algo de lo que también advertía con preocupación el rey. 

No obstaculizar la investidura del candidato más votado es un buen principio

La imagen nuestra en Europa es de guerracivilismo, con acusaciones cruzadas de golpismo tan infundadas como descorazonadoras por el daño que se inflige al país. En democracia, la confrontación es imprescindible, incluso con un tono durísimo, pero nunca se puede convertir la rivalidad política en odio.

Pese a todo, resulta inimaginable que nadie vaya a cuestionar el resultado de las próximas elecciones. La Constitución establece un sistema parlamentario que inviste a un presidente del Gobierno, que no tiene por qué ser el más votado, aunque hasta ahora siempre lo ha sido. Que lo sea, por encima del líder de la oposición, es muy conveniente, pero no es obligatorio. Cualquier forma de coalición o de apoyos que obtengan una mayoría suficiente de diputados es legítima porque es el resultado de las urnas. 

Lo será tanto si Pedro Sánchez repite la actual fórmula, como si Núñez Feijóo es investido con los votos de Vox. No obstaculizar la investidura del candidato más votado como recurrentemente propone el PP es un buen principio, aunque nunca lo haya practicado en beneficio del PSOE, pero no resuelve la cuestión principal, la gobernabilidad de la legislatura, estabilidad que también repercute en la fortaleza de las instituciones.

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