Borja Terán  Periodista

Cómo salvar el futuro de las salas de cine

Qué fue de Totò (Salvatore Cascio), el niño de 'Cinema Paradiso'
Cinema Paradiso

Los niños van creciendo cada vez más ajenos a la liturgia que esconde ver una película dentro de una gran sala de cine. Todo lo que se están perdiendo. Y sin posibilidad de echarlo de menos. Los tiempos cambian, el streaming manda y hasta la poderosa Disney necesita alimentar la competitividad de su gigante plataforma Disney Plus sacando estrenos pensados para el cine del circuito de distribución tradicional en salas. 

Pero, en la época que más distraídos estamos -con tantas aplicaciones a solo un clic- y más nos cuesta concentrarnos a la hora de conectar con una historia, la experiencia de la sala de cine no debería tener la fecha de caducidad que muchos creen. Es complementaria, continúa vigente. El cine en una sala es un ritual social único, que cambia la percepción de las películas que vemos. De hecho, una película disfrutada en una filmación almacena más recuerdos en nuestra memoria que una consumida en casa a la vez que hacemos otras cosas, tenemos el móvil en la mano, la paramos porque nos llaman al teléfono, pasamos hacia delante rápido si algo creemos que nos aburre...

El problema llegará si llega un futuro próximo en el que un niño ya no tenga cómo comparar lo diferente que es ver una peli en una pantalla pequeña que en una gran sala, rodeado de gente con el teléfono apagado. No tendrá con qué cotejar, pues no habrá vivido la experiencia de aislarte por completo del mundo exterior y dejarte contagiar por la emoción del visionado en colectividad, donde no sólo sientes el filme, sino que también percibes los sentimientos que despierta la historia a los conocidos y desconocidos que te acompañan alrededor en el visionado. Cuando la carcajada colectiva hace más grande la ironía del guion, cuando el suspense hace que trague saliva al vecino de la butaca de delante, cuando no vibras solo.

Estos días, en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, con sus setenta años de prestigio, las alfombras rojas vuelven a engalanar las calles de la ciudad, el glamour de las estrellas es fotografiado con brilli-brilli y los premios intentan promocionar las películas que participan. Entre tanto, en las ruedas de prensa y entrevistas, suena la pena de que la gente no acude al cine a pesar de las luces del reconocimiento, la reputación de las estatuillas, el fervor de los aplausos y las sesiones de fotos delante de vistosos photocalls. Es evidente que estamos inmunes al posado con tantas redes sociales en nuestra rutina. Posar ya no es un evento, en cambio ir al cine lo sigue siendo. Cada vez más.

Mientras se reproducen campañas de promoción cinematográfica en las mismas alfombras rojas de hace medio siglo, quizá es el momento de resaltar con más ingenio el atractivo del rito de ir a una sala de cine, olfatear a palomitas, hallar tu butaca y sentarte sin prisa para desconectar del exterior. El cine dentro de un cine no tiene un rival: sentirte dentro de la película, vivir la historia frente a la pantalla de forma inmersiva y, a la vez, con esa sensación extraordinaria de compartir emociones y risas con una diversidad de espectadores que te rodean en la oscuridad rota por la luz de la proyección. Esa fascinación sin interferencias no hay aplicación, plataforma y viralidad que pueda sustituirla.

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