Borja Terán  Periodista

Lo envenenado de la nueva Ley audiovisual

Imagen de la serie 'El juego del calamar'.
Imagen de la serie 'El juego del calamar'.
YOUNGKYU PARK / NETFLIX / EFE

La nueva Ley General de la Comunicación Audiovisual es un viaje al sálvese quien pueda. Los creadores independientes serán más invisibles. La diversidad de propuestas será más vulnerable. Esta nueva ley equipara a las productoras de los grandes grupos mediáticos con pequeñas productoras independientes. Cuando unas y otras ni tienen misma inversión ni cuentan con mismas posibilidades de colocar sus producciones. Un varapalo para nuestra cultura que enviará directaS al ostracismo a muchas obras que retratan las realidades más próximas y que se salen de las tendencias del éxito global. Creemos que tenemos más oferta audiovisual que nunca, pero no con tanta pluralidad de miradas como pensamos. Aunque las tácticas de marketing de las grandes plataformas nos hagan creer que sí para llegar ágiles a todos sus públicos potenciales.

Pero aquellos creadores que indaguen desde la realidad más próxima y la minoría a contracorriente, lo tendrán más difícil para darse a conocer. Ellos no se miden en cuotas, ellos se miden en historias que merecen ser contadas. Así nuestra cultura audiovisual se va empobreciendo. No es nuevo, llevamos años viviendo esta tendencia. También en lo que respecta a la televisión tradicional. 

El cine independiente no es igual que una serie de televisión producida por una plataforma".

España ha sido un país que ha mantenido la producción autóctona. Siempre. Hasta ahora, hemos sido unos grandes creadores de series que lideraban el prime time por encima de la oferta norteamericana. El motivo: hablaban de lo que nos toca de cerca, de lo que nos distingue dentro de las motivaciones universales. Curro Jiménez, Verano Azul, Farmacia de Guardia, Médico de Familia, 7 vidas, Hostal Royal Manzanares o El Ministerio del Tiempo se cimentan en un ADN que probablemente no entienda Netflix en su búsqueda de mercados más internacionales. Una plataforma global es distinta a una cadena generalista nacional. Igual que el cine independiente no es igual que una serie de televisión producida por una plataforma. Son formatos diferentes, con vías de creación y producción muy distintas. Se complementan, pero la ley para mantener el equilibrio cultural debería proteger a cada ámbito. No sólo a los grandes nombres de la distribución actual, que son los que ya tienen blindado el negocio con la fuerza para invertir y visibilizar su contenido.

Entre tanto, la consolidada televisión tradicional también debe tener claro qué es y qué no es. Para no perder el rumbo no hay que dejar de entender las realidades cotidianas del público que te ve. La nueva ley del audiovisual permite la vieja aspiración de las cadenas generalistas de contraprogramar. Se elimina la norma por la que los canales debían informar de los horarios de su parrilla de contenidos con un mínimo de tres días de antelación. Ahora podrán mover la oferta como los designios de la feroz competencia les marque y, así, paradójicamente serán los canales menos competitivos. Aunque no lo crean. Aunque ni lo sepan.

La ley del audiovisual es un regalo envenenado para las propias cadenas. Las cadenas puede que puedan contraprogramar todo lo que gusten, pero entonces el público se irá desconectando más de los canales tradicionales. Porque uno de los grandes sustentos de la televisión es el orden. El público no quiere sobresaltos, necesita una rutina que se quede en su recuerdo.

Nadie quiere que le dejen plantado. La cadenas de siempre viven de esa fidelidad de poder saber qué día de la semana se emite cualquier contenido. Es más, conocer a qué hora empieza y a qué hora termina la serie o programa es vital. Si estas reglas del juego desaparecen y encima el público siente que la pantalla no va de la mano de su situación actual, la televisión va a tener un problema. La nueva ley audiovisual no protege. Porque no ampara que el espectador pueda llegar en igualdad de condiciones a la diversidad de nuestra cultura local. De hecho, no parece que defienda a la cultura que más lo necesita, sólo da más alas a los que ya tienen la inversión y el altavoz. Una especie de juego del calamar en el que es fácil quedarse por el camino. El Ministerio de Cultura da la sensación de que se ha olvidado de la sociedad que representa, su cometido debería ser no asfixiar la diversidad de sus creadores y salvaguardar la posibilidad del acceso a sus obras por parte de todos los públicos. No importa tanto lo particular de nuestra idiosincrasia, parece. O estás dentro del círculo de poder o nos perderemos muchos talentos que desde los márgenes de lo "mainstream" hablan de cómo somos y retratan con autoría las realidades que no todos se atreven. Porque desde los márgenes se cambia el mundo. Así perdemos todos, como industria más competitiva y como sociedad más rica.

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