El Rastro de Madrid teme que la cuarentena sea su estocada final: "Va a ser una puñalada al corazón"

Domingo diferente en Madrid sin El Rastro
La calle Ribera de Curtidores desierta durante un domingo de la cuarentena
Europa Press

En sus mejores tiempos, el Rastro de Madrid atraía a cientos de miles de personas cada domingo. También entre semana, en las calles Mira el Río Alta y Mira el Río Baja, en La Ribera de Curtidores o en la calle Carnero se sucedían puestecillos en los que se podía encontrar cualquier cosa. Baratijas o reliquias rescatadas de acabar en el vertedero cuando algún avispado comerciante compraba todo lo que había en el piso de un recién fallecido.

Estos tiempos, que relatan con nostalgia los que han pasado toda una vida en el mítico mercado callejero madrileño, quedaron atrás hace varias décadas. La llegada de las restricciones al tráfico en el centro y, más recientemente, la sustitución de los vecinos de siempre por centenares de pisos turísticos, han cambiado la cara del barrio.

El Rastro se había ido convirtiendo más en una zona de tapeo que un lugar al que ir a comprar en sus puestos, convertidos casi en un decorado vintage para los viandantes.

“El rastro, su vida, son los puestos, el bullicio, las tabernas, un conjunto de cositas que se han ido fundiendo y aglomerando ahí y han creado una cosa que era el ‘pipismo’, ir a darte una vuelta cualquier día a comprar un libro o un cacharro viejo, comerte unos caracoles y echar ahí la mañana”, declara Juan Molina, un librero de 74 años que lleva toda una vida en el popular mercado callejero. “Eso lo hemos perdido”.

La crisis ya crónica que afrontan los comerciantes del Rastro ha podido recibir ahora su estocada definitiva con el cierre indefinido por la cuarentena, de la que muchos temen que el mercado al aire libre más importante de Madrid no podrá levantarse.

“El Rastro era algo bullicioso, algo que era lo más típico que había en Madrid y lo han convertido en un mercadillo, entre diario no es nada, y ahora, con este bicho, esto va a ser una puñalada en el corazón”, presagia Molina.

Jubilados y trabajo informal

Muchos de los comerciantes, los propietarios de tiendas que tienen regularizada su situación, podrán acogerse a las ayudas para autónomos que anunció el Ejecutivo en el paquete de medidas para contrarrestar las consecuencias económicas del confinamiento contra el coronavirus.

Sin embargo, en el rastro abunda el trabajo informal, decenas de jubilados que acuden cada domingo a colocar un puesto que, en muchas ocasiones, es su única fuente de ingresos.

“El rastro está lleno de gente muy mayor que siguen ahí aunque no saquen dinero, porque hay puestos que no se sacan ni para ir, se sacan para el bocadillo y la Coca-cola y el vicio que tienen de ir al Rastro todos los domingos”, explica Constantino Sanz, de 60 años y propietario de una tienda típica del Rastro.

“Esa gente no va a poder aguantar ahora varios meses sin eso, porque la esencia del Rastro es llegar con tus ocho o diez cositas que lleves ese domingo, venderlo y, el resto de la semana, ir buscando otras cosas para vender. Ahora, ¿qué van a hacer?”, se pregunta Sanz.

Entre los comerciantes, reina ahora mismo la incertidumbre. Nadie sabe hasta cuándo durará el cierre ni si habrá algún tipo de subvención que permita al Rastro sobrevivir también al coronavirus.

“Hay muchas familias que viven del Rastro y esto va a ser una desgracia”, declara José Antonio Álvarez, de 64 años y propietario de tiendas de arte tribal. “Yo te hablo por compañeros y vecinos que me dicen que van a tener que cerrar, porque tienen unos alquileres que no los van a poder soportar”.

Para este comerciante, el problema no terminará con el fin del confinamiento, sino que la crisis para el Rastro podría durar mucho más. “Va a costar mucho levantarlo, por miedo, una vez que pase esto, a que la gente se aglutine”.

Ayudas que salven a “la gente” del Rastro

La única vía de salvación para el Rastro podrían ser las ayudas públicas. Mario Agreda tiene 77 años y lleva un cuarto de siglo montando un puesto de camisetas y estampados de culturas indígenas de América.

Apareció en todos los medios el pasado mes de diciembre, cuando, durante la cumre del clima COP25, afeó al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, haber primado la donación para reconstruir Notre Dame sobre la reforestación del Amazonas.

“El rastro tiene mucha gente que está muy mal y no llega a fin de mes”, señala Agreda, que reclama al Consistorio de la capital “impulsar un encuentro, aunque sea por escrito, para ver si se puede canalizar un tipo de una ayuda, aunque sea temporal, a gente que está totalmente damnificada y que tiene un problema de subsistencia”.

De no ser así y cumplirse los peores augurios, pocos creen que el Rastro desaparecerá definitivamente del mapa. Pero, cuando salgamos de nuestras casas, puede que encontremos un Rastro en el que los cambios de las últimas décadas se hayan acelerado y en el que los decorados se hayan quedado sin nadie que los sostenga.

“Las tiendas son solo una parte pequeña del Rastro”, declara Molina, que también es presidente de la asociación de libreros de viejo Libris. “El rastro solo tiene una salida, con su gente, si al rastro le quitas la gente, no es nada”.

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