Día de la Mujer: ¿Quién fue Gisella Perl? La prisionera de Auschwitz que salvó la vida a sus compañeras

Flores sobre unas letrinas dentro de uno de los barracones del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. El papa Benedicto XVI ha iniciado una visita a Polonia, tierra natal de su predecesor, Juan Pablo II. El pontífice tiene previsto finalizar el viaje con una visita al que fue campo de la muerte para miles de personas en el holocausto nazi. Este viaje tiene un significado especial por el origen alemán de Benedicto XVI.
Campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.
Damir Sagolj/Reuters

Si existen momentos negros y trágicos en la historia, uno de los peores fue el holocausto nazi. Siempre hemos escuchado historias de héroes y heroínas que pusieron en riesgo su vida por la del resto en los diferentes campos de concentración, pero no todos conocen la historia de Gisella Perl. 

GIsella Perl fue una doctora de origen judío especializada en ginecología que trabajó en el campo de concentración Auschwitz-Birkenau durante el genocidio nazi. Su cometido le hizo entrar en un dilema moral y ético constante, inherente a las condiciones a las que estaban sometidos, al trabajar directamente con el doctor Josef Mengele, conocido por los historiadores como el 'Ángel de la muerte'.

Sus experimentos y torturas eran sobradamente conocidos y Gisella Perl decidió realizar numerosos abortos a sus compañeras para salvarlas y que no fueran víctimas de las manos del doctor Mengele.

Su llegada al campo de concentración

Gisella Perl nació en 1907 en una familia judía en un pequeño pueblo de Transilvania (Rumania). Vivía en un barrio junto con su marido, hijo, padres y resto de familia en un gueto judío de Hungría (actual Rumanía) cuando en marzo de 1944 fueron enviados al campo de Auschwitz. Al poco de ingresar en este horror, la doctora Perl fue asignada para trabajar en el hospital con el médico alemán y capitán de las SS, Joseph Mengele. 

De acuerdo con uno de los trabajos históricos más recientes realizados sobre este tema, titulado Resistance, Medicine and Moral Courage: Lessons on Bioethics from Jewish, de Wasserman, J y Yoskowitz, H., Perl trabajó con un equipo médico de prisioneros y se encargaba de supervisar un hospital de romaníes y mujeres judías. Las condiciones eran devastadoras: sin camas, sin material quirúrgico, sin medicamentos y sin anestesia. 

Poco después, el doctor Mengele le asigno la función de avisarle cuándo detectara a alguna mujer embarazada. "Dijo que irían a otro campamento para una mejor nutrición, incluso para la leche. Aprendí que todas fueron llevadas al bloque de investigación para ser utilizadas como conejillos de indias, y luego ser arrojadas al crematorio. Decidí que nunca más habría una mujer embarazada en Auschwitz", aseguraba la propia Perl en una entrevista a The New York Times en 1982.

La decisión de salvar a sus compañeras

A pesar de los conflictos morales y religiosos que invadían su mente, ella sabía que debía evitar que dieran a luz. "Nadie sabrá lo que significó para mí destruir a esos bebés, pero si no lo hubiera hecho, tanto la madre como el niño habrían sido cruelmente asesinados", añadía durante la entrevista citada anteriormente. 

GIsellla Perl tuvo que practicar abortos clandestinos, lejos de cualquier medida de higiene y sin medicamentos, en los propios barracones. No había material médico, no había anestesia y los espacios donde se practicaban eran foco de enfermedades infecciosas. No obstante, tuvo la valentía de hacerlo. 

Respecto a los embarazos, algunas de las mujeres  habían llegado al campo de concentración embarazadas, pero muchas otras eran sometidas a violaciones por parte de oficiales del régimen o de los propios prisioneros. 

Su trabajo en la especialidad de infertilidad

A finales de 1944, la doctora Perl fue enviada a otro campo en Hamburgo y, poco después, a Bergen-Belsen. Finalmente, en 1945 fue liberada junto con el resto de supervivientes de aquella fábrica de muerte. 

Al poco tiempo de ser libre, Perl comenzó a asistir a eventos y reuniones para hablar de su experiencia, donde conoció a Eleanor Roosevelt, primera dama estadounidense en aquella época. Gracias a su ayuda, logró la nacionalidad estadounidense y abrió una clínica privada en Manhattan. También trabajó en el hospital Mount Sinai en el departamento de infertilidad. 

Cada vez que entraba en una sala para asistir un parto, rezaba para si misma la siguiente frase: "Dios, me debes una vida, un bebé vivo". Dio a luz a 3.000 bebés en Nueva York. 

Toda su biografía y experiencia la trasladó a sus memorias y en 1948 publicó el libro I was a doctor in Auschwitz, el primero de muchos que debatió la violencia sexual que padecieron las mujeres durante el holocausto.

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