Francis Bacon - Estudio según Velázquez (Study after Velazquez),1950
Uno de los estudios de Bacon inspirados en el retrato del Papa Inocencio X de Velázquez © The Estate of Francis Bacon. Reservados todos los derechos. DACS/VEGAP, Bilbao, 2016 Foto: Prudence Cuming Associates Ltd

"Picasso abrió la puerta a todos esos sistemas nuevos. Yo he tratado de poner mi pie en esa puerta abierta, para que no se cerrara. Picasso pertenece a ese linaje de genios del que forman parte Rembrandt, Miguel Ángel, Van Gogh y, sobre todo, Velázquez". El pintor Francis Bacon (1909-1992), quizá el artista que mejor expresó la dolorosa verdad de la muerte y el camino inevitable hacia la putrefacción, entró en el mundo de crudeza, incertidumbre y desasosiego, tras encontrar algo de sí mismo en la pintura de otros grandes maestros, sobre todo españoles y franceses.

La pasión del artista, nacido en Irlanda, residente en Londres y fallecido en Madrid, por la pintura de los referentes que amó hasta la obsesión es verificada en Francis Bacon: de Picasso a Velázquez, exposición que acaba de inaugurar el Museo Guggenheim de Bilbao y se mantendrá en cartel hasta el ocho de enero —con entrada gratuita los días 22 y 23 de octubre para celebrar el aniversario de la pinacoteca—. La muestra, con 80 obras, 50 de Bacon y el resto de sus artistas de cabecera, trae por primera vez a España más de tres decenas de piezas.

Alcohólico, sadomasoquista, travesti...

Aunque el protagonista indiscutible de la cita es el arte feroz de Bacon, acaso un reflejo del modo de vida del disipado artista —alcohólico, atormentado, sadomasoquista, homosexual, travesti...—, y el modo en que representó la turbadora realidad de la carne y el pánico, materias centrales de su obra, la ocasión permite ver cuadros que resonaban una y otra vez en su interior, entre ellos Composición (figura femenina en la playa), el Picasso de 1927 que despertó la vocación artística de Bacon al enfrentarse a la tela —una figura deformada, angulosa pero profundamente humana— cuando tenía 18 años.

El museo no ha logrado la cesión de la obra que llevó a Bacon a la cumbre de la obcecación, el Retrato del Papa Inocencio X pintado por Velázquez en 1650 y propiedad del Vaticano, que no es muy dado a prestar sus joyas artísticas. El lienzo, que el modelo consideró "demasiado veraz" al verlo terminado y que algunos historiadores catalogan como el mejor retrato de la historia de la pintura por la expresiva soledad jerárquica que transmite, llegó a ser una manía personal para Bacon, que lo descubrió en un libro a mediados de los años cuarenta.

El Papa de Velázquez  sencillamente me acosa "Es uno de los mejores retratos que se han hecho y me obsesionaba. Compro libro tras libro con esa ilustración del Papa de Velázquez porque sencillamente me acosa y porque despierta en mí toda clase de sentimientos y también, podría decir, de áreas de la imaginación", decía el pintor, que dedicó dos décadas a pintar medio centenar de estudios basados en la pieza del español. Pese a haber tenido la oportunidad de contemplar la obra directamente en la galería romana en la que está depositado, el palacio Doria Pamphilj, Bacon prefirió tener presentes en su memoria las reproducciones del cuadro y no el original.

Encerrado en una 'pista de circo fantasmal'

En Bilbao se exponen un óleo de 1950 con el dignatario gritando de horror y encerrado en una de las "pistas de circo fantasmales" que Bacon usaba para alienar sus motivos y encerrarlos. Una copia de 1846 del francés Amédée Ternante-Leamire compensa compensar la ausencia del original de Velázquez, de quien sí se expone El bufón el Primo (1644), uno de los óleos ante los cuales Bacon pasaba horas durante sus frecuentes visitas al Museo del Prado para encararse en soledad con sus amados pintores españoles —no sólo veneraba a Velázquez, sino a Zurbarán, El Greco y Goya—.

Bacon destruyó varias veces las obras que no le satisfacían: era una depuración La exposición, comisariada por el historiador Martin Harrison, autor del Catálogo Razonado sobre Bacon, exhibe obras tan tempranas como un gouache de 1929, el único de los cuadros de juventud que sobrevive a los procesos de destrucción depurativa que el pintor abordó durante toda su carrera. Entre las piezas más destacadas de la muestra figuran un par basado en la figura de un toro, un tríptico de 1987 y un estudio de 1991; una rara marina, Mar, de 1953; Tres estudios de figuras sobre camas, de 1972; el poderoso retrato del escritor Michel Leiris de 1976, y Tres estudios para una Crucifixión", de 1962, basado en obras homónimas de los barrocos españoles Zurbarán y Murillo.

Seis estudios de retratos de Van Gogh

También hay espacio para contemplar el influjo que sobre Bacon ejercieron autores de la segunda escuela nacional que admiraba, la francesa —se consideraba un francófono, rechazaba la britanidad aislacionista y fue un ávido lector de Racine, Balzac, Baudelaire y Proust—. Le gustaban, sobre todo, Manet, Degas, Gauguin, Seurat, Matisse y el neerlandés Van Gogh. Sobre este último en Bilbao puede verse Estudio para retrato de Van Gogh VI, el último de una serie de seis que pintó en 1957.