Nada hay más aconsejable, así en la en vida como en la política, que aprender de la experiencia propia y, también, de la experiencia de los demás. Pedro Sánchez ha demostrado en su periplo político que sabe aprender de lo suyo y de lo ajeno. Y también ha demostrado su predisposición a no sufrir cargos de conciencia si ha de hacer aquello que criticó en otros.

Porque si algo enfurecía a Sánchez de la forma de hacer política de Mariano Rajoy era la inacción. El actual presidente en funciones se irritaba en 2016 cuando el entonces presidente en funciones dejaba pasar los días sin apenas avanzar hacia su investidura. Rajoy, como ahora Sánchez, necesitaba apoyos en el Parlamento, pero esperaba y esperaba y esperaba, hasta que se repitieron las elecciones. Y después de la repetición de las elecciones, esperaba y esperaba y esperaba, en la confianza de que el efecto del tiempo provocara grietas en el PSOE.

Y eso es lo que ocurrió: Sánchez se enrocó en el "no es no" a la abstención para facilitar la investidura de Rajoy y evitar elecciones (que se suponían catastróficas para los socialistas), fue expulsado del liderazgo del partido, y Rajoy fue investido porque tenía la sartén bien asida por el mango.

Ahora, el mango de la sartén lo tiene Sánchez y Rajoy está en la playa. Pero el método marianista de esperar sin parpadear lo ha heredado su sucesor en Moncloa. Han pasado dos meses y medio desde las elecciones de abril y Sánchez apenas hace amagos de diálogo con sus potenciales socios, y poco más. Solo tiene 123 de 350 escaños, pero quiere que le dejen gobernar solo.

Está en la táctica marianista, en la confianza de que su inacción desespere a quienes saben que si no hay investidura, habrá elecciones. Sánchez vuelve al ejemplo de Rajoy en 2016: cree que una repetición le permitirá mejorar su resultado. Es eso que los cursis llaman win win (ganar o ganar): si Podemos y los independentistas le votan en julio, Sánchez será presidente; y si no le votan, habrá elecciones y Sánchez será presidente, quizá con más escaños que ahora. Eso suponen. Presidente o presidente. ¿Qué puede salir mal?

Pero las ideas geniales no siempre funcionan. Porque, volviendo al anterior presidente, su táctica de esperar para provocar la desesperación de otros le fue bien en el corto plazo, pero terminó año y medio después en una traumática moción de censura, con Rajoy encerrado en un restaurante durante horas, con el bolso de la vicepresidenta ocupando el escaño del presidente saliente, y con la vuelta al registro de la propiedad.

Y esta es otra lección para quienes están en política y para sus, a veces, temerarios asesores áulicos: el win win dura hasta que se acaba. Y luego se pierde. Lose lose.