El problema de los extremismos políticos estriba en que no se sienten cómodos jugando con las reglas de juego. Los radicales, de uno u otro lado del espectro ideológico, anhelan reventar la esclusa de la presa para que sus dogmas inunden la sociedad. Son auténticos especialistas en manipular los sentimientos de descontento de los ciudadanos. Los fermentan a fuego intenso en el horno de la identidad agraviada y crean un discurso cerrado que no se aviene a razones, sino a empujones. Con ellos la dialéctica abandona la inteligencia y se abraza a las emociones.

Vox ha rebañado en Andalucía el rencor y la frustración de parte de la gente ante temas muy controvertidos. Un huerto que no se cuida se llena de mala hierba. Desde casa, desde el bar, en el descanso del trabajo resulta normal que, para asuntos importantes, encontremos la solución por cojones y no por razones. Todos los españoles llevamos dentro un presidente del gobierno y un entrenador de fútbol. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Y eso es lo que ha hecho Vox, repartir piedras y señalar con el dedo inquisitorial a las víctimas. Ya tenemos culpables, ya tenemos enemigos, ya podemos destruir. Santiago Abascal, un señor que solo ha vivido de la política romana, se ha erigido en el Caifás de un movimiento malvado. Sí, malvado, porque me recuerda demasiado a la clásica estafa piramidal. Malvado porque, aprovechando el voto de 400.000 andaluces, arroja contra nuestra sociedad una granada misógina. Su condición para apoyar el pacto de gobierno entre PP y Ciudadanos en Andalucía pasa por suprimir las ayudas económicas que se destinan para combatir la violencia de género. Hay que ser hijo de la putrefacción ética para exigir algo así. Y para exigirlo además con la altanería de aquellas bizarras palabras que Miguel Primo de Rivera pronunciara en 1923: "El que no sienta la masculinidad completamente caracterizada que espere en un rincón sin perturbar los días buenos que para la Patria preparamos".

Se puede discrepar en el cómo (se debe hacer como muestra de fortaleza democrática), al tiempo que se deben proponer alternativas (se puede hacer siempre que uno entienda la oposición como un estadio constructivo), pero lo que no es aceptable es atacar la yugular de una apuesta absolutamente necesaria: la erradicación de la violencia de género.

Vox es el Frankestein del PP. Abascal se lo debe todo a este partido. Sin sus ubres, sin sus escandalosas prebendas, tendría que haber trabajado como la gente normal a la que intenta reclutar. Vox es un tumor del ala conservadora pero democrática de nuestro país. PP, como derecha con denominación y origen, y Ciudadanos, como marca blanca, deberían cerrarle las puertas a Vox en Andalucía. La izquierda, a su vez, debería dejar el Instagram de lo correcto y volver al trabajo duro, al de verdad, al que premian los ciudadanos. "Hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria", escribió Borges. Ojalá leyéramos más.