En 1635, hace ahora 382 años, el inmortal Calderón de la Barca estrenaba La vida es sueño. Esta famosa obra de teatro indaga en la libertad del ser humano para configurar su propia vida, más allá de las veleidades de un supuesto destino incontrolable. ¿Podemos decidir nuestro futuro? Antes y después de Calderón, los seres humanos nos hemos hecho esta pregunta mil veces sin encontrar respuesta. Últimamente, ese futuro empieza a vislumbrarse borroso. El fantasma del holocausto nuclear parece olvidado a pesar de las bravuconadas de Kim Jong-un y Donald Trump, pero el puesto apocalíptico ha sido ocupado por la certeza del cambio climático. Sus negativos efectos son ya palpables en todo el Planeta. Y a decir de los expertos, lo peor está por venir.

Según una reciente encuesta realizada por Greenpeace, el cambio climático es la principal preocupación medioambiental del 55% de españoles, pero estos datos son falsos. En realidad nos importa un bledo. Basta con salir estos días a las abarrotadas calles de los centros comerciales y urbanos para ver cómo, especialmente en Navidad, se nos ha ido la pinza. Todo es comprar, gastar, consumir, como si no hubiera un mañana. Olvidando que solo tenemos un planeta finito, con recursos finitos. Y que el cambio climático, supuestamente, nos preocupa mucho.

Ya lo dice mi padre. El problema es que somos muchos. Cada vez más. Actualmente habitamos el Planeta unos 7.600 millones de personas, en 2030 seremos 8.600 millones, 9.800 en 2050 y 11.200 en 2100, según las estimaciones del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas. Más de la mitad de la población mundial actual reside en áreas urbanas y se prevé que para 2050 llegue al 70%, donde medio centenar de ciudades tendrán más de diez millones de habitantes. Y en las ciudades los ciudadanos consumimos muchos más recursos que en los pueblos, pues allí las necesidades de comprar, moverse y relacionarse no son tan intensas como en las grandes urbes.

La introducción de nuevas tecnologías y precios más bajos no reducirán el consumo, sino todo lo contrario

Incluso aunque lográramos acercarnos a una economía circular donde todo se pueda aprovechar, hasta los desechos, la conocida como ‘paradoja de Jevons’ nos advierte de que la introducción de nuevas tecnologías con mayor eficiencia energética y precios más bajos no reducirán el consumo sino todo lo contrario, nos alentarán a gastar más. ¿Habrá planeta que lo aguante?

Los optimistas tecnológicos están tranquilos. Confían ciegamente en el progreso. Encontraremos soluciones rápidas y eficientes para todos y cada uno de los problemas que se vayan generando. Produciremos carne en los laboratorios a partir de células madre, con lo que ya no será necesario tener ganaderías ni destinar como hasta ahora el 70% del suelo fértil de la Tierra a la alimentación de estos animales. La agricultura se desarrollará en grandes naves industriales con luz y temperatura controlada, con cultivos hidropónicos que no necesitan tierra y donde se ahorrará el 90% del agua necesaria. Los bosques aumentarán pues el campo quedará abandonado, reconvertido en espacio de ocio y reserva de la naturaleza. Los coches serán eléctricos, automáticos, autónomos. Toda la energía tendrá origen renovable. La renta básica universal nos permitirá vivir sin preocupaciones económicas y desaparecerá la pobreza extrema. Ese futuro parece inspirado en la oda de otro famoso dramaturgo contemporáneo a Calderón, William Shakespeare: "¡Oh qué maravilla! ¡Cuántas criaturas bellas hay aquí! ¡Cuán bella es la humanidad! Oh mundo feliz, en el que vive gente así".

Seguramente el futuro no será ni tan malo ni tan bueno como intuimos. Pero volviendo al mensaje que nos dejó Calderón hace casi cuatro siglos, quizá deberíamos rebajar las ilusiones y vanidades de este mundo; levantar el pie del acelerador. Porque a fin de cuentas ¿qué es la vida? Un frenesí (consumista). Una ilusión, una sombra, una ficción. Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.