Alguien aconsejó a Santiago Abascal que no se deje ver. Alguien muy próximo le convenció de que resulta inconveniente el que comparezca ante los medios porque en lugar de ganar votos los pierde. Solo así se explica que el líder de un partido de corte populista apenas dé señales de vida en los medios de comunicación cuando está en boca de todos.

La irrupción de Vox en el tablero político tras los resultados obtenidos en las elecciones de Andalucía le ha brindado un extraordinario protagonismo en la vida pública española que cualquier dirigente con hechuras de líder hubiera aprovechado hasta la extenuacion para difundir sus proclamas. Es lo que hicieron todos y cada uno de los caudillos de la ultraderecha europea y de los populismos de medio mundo. Abascal, en cambio, solo se expresa en una web de armas y por las redes sociales, en el supuesto más que dudoso de que él sea el autor de todos los comentarios que emite en su cuenta de Twitter.

Semejante invisibilidad en los prolegómenos del más intenso periodo electoral de la historia de España, constituiría un incomprensible desatino de no ser porque a Vox otros le hacen gratis la difusión. Le dan bombo quienes agitan constantemente el fantasma ultra con la pretensión de fragmentar a la derecha, y los que van a rebufo de sus propuestas o le piden, como hizo el PP, que no se presenten en las provincias pequeñas dando por hecho que compiten por el mismo electorado.

A Vox le fue bien hasta ahora en las encuestas practicando una suerte de trumpismo a la española en el que hacen fortuna sus mensajes simplones contra el feminismo, la inmigración, el Estado Autonómico o la Unión Europea. En los últimos días, sin embargo, ha mostrado una significativa identificación con los grupúsculos residuales del franquismo que puede modificar ese perfil.

El fichaje de militares para encabezar sus listas a los comicios del 28 de abril, entre ellos dos generales que firmaron el verano pasado el manifiesto apologético de AME sobre la figura militar de Francisco Franco, escenifica una complacencia deliberada de esta formación con la dictadura. En esta misma línea resulta aún más significativa la designación como cabeza de lista por Albacete de Fernando Paz, conocido por su defensa del franquismo, sus declaraciones homófobas y su participación en actos de partidos neonazis y de Falange.

A los de Abascal parecía funcionarles esa imagen de contestatarios duros y malotes que cabalgan contra los políticos al uso. Sus proclamas a favor del empleo libérrimo de las armas, contra el independentismo, las que sobrexcitan los temores a una invasión africana o las dirigidas a quienes perciben como una amenaza las leyes de género, resultaban lo bastante trasversales para pescar en amplios y muy variados caladeros electorales. No es el caso de la nostalgia del franquismo en la que están instalados unos pocos irredentos y que pudiera confinar su alternativa política en un espacio electoral más reducido. Esa cabalgada de Vox del trumpismo al franquismo igual le sale cara.