Eso de que la política es el arte de lo posible no siempre se entiende de igual modo o, por ser más preciso, cada cual lo entiende según le conviene. La prueba más reciente es el pacto de gobierno que negocian PP y Ciudadanos en Andalucía, en el que pretenden danzar juntos y que Vox les aplauda sin haberle invitado al baile.

Lo hacen desde la convicción de que la formación que lidera Santiago Abascal no puede permitirse el lujo de boicotear un acuerdo que desaloje al PSOE de la Junta andaluza después de 36 años de hegemonía.

Vox cuenta con ello, pero no les gusta que los traten como apestados y harán toda suerte de aspavientos para conjurar la imagen de convidados de piedra que les pretenden adjudicar. En esa línea está su exigencia de que eliminen del pacto las medidas contra la violencia machista, lo que les dará sus buenos dolores de cabeza a Moreno Bonilla y a Juan Marín.

Al PP andaluz le cuesta menos taparse la nariz y apenas reniega de Vox, al fin y al cabo ese partido se formó con desechos del ala dura de su propia organización, pero Ciudadanos trata por todos los medios de que los de Abascal no les contaminen.

Articula para ello un discurso cuya retórica recuerda al que armó Pedro Sánchez para sacar adelante la moción de censura. El hoy inquilino de la Moncloa puso a Bildu y a los independentistas en la tesitura de elegir entre Rajoy y él. Sánchez se esforzó mucho en recalcar que nada pactó con los grupos separatistas, negando cualquier cesión a sus pretensiones.

Los de Rivera tratan de hacer ahora un ejercicio de funambulismo muy similar para afrontar la difícil situación en que les puso la aritmética del 3 de diciembre. Ciudadanos, con buen criterio, no quiere acercamiento alguno a Vox que lo desplace del centro político, como le está pasando al PP, y mucho menos contravenir el rechazo a los populismos de ultraderecha que propugna el grupo de los demócratas y liberales europeos al que pertenece.

Están convencidos de que a Vox no le queda otra que apoyar la investidura porque, de hacer fracasar el cambio y provocar la repetición de elecciones en Andalucía, lo previsible es que, además de pagar por la obstrucción un alto precio en votos, movilizaría al numeroso electorado de izquierdas que optó por la abstención en diciembre pasado.

Aunque nada es descartable, tal supuesto es, a día de hoy, harto improbable; ninguno de los tres partidos está dispuesto a cerrar la ventana de oportunidad que se les abre de mandar a los socialistas andaluces a la oposición.

Un afán perfectamente legítimo aunque el candidato a presidente no encabece la lista más votada y haya cosechado el peor resultado electoral de sus siglas, igual que sucedió con Sánchez cuando ganó la moción de censura con solo 84 diputados .

La política no es solo el arte de lo posible sino también de lo imposible, y la capacidad de contorsión es muy apreciada en este oficio. A veces también resulta útil taparse la nariz, siempre que se ponga buen cuidado en no acabar asfixiado.