Ya es suficiente y ha llegado la hora de rendir cuentas de algún tipo. La violencia y el fútbol, unidos desde el comienzo de los tiempos, han alcanzado un escenario realmente preocupante. Ni los gobiernos son capaces de controlar la seguridad que rodea los espectáculos deportivos, ni los propios clubes ni federaciones quieren garantizar la protección de cuaquier aficionado.

Bilbao vivió ayer una de esas jornadas dantescas y tristes. Una historia cantada de violencia y premeditación que poco tiene que ver con el fútbol y que acabó con la muerte colateral de un ertzaina de 51 años, a consecuencia de un paro cardíaco, y en la que todas las partes, una vez más, fueron incapaces de frenar una batalla previamente anunciada entre ultras rusos del Spartak de Moscú y los del Athletic. Y se sabía porque los dispositivos de seguridad se activaron al conocer la llegada de 2.500 aficionados de un equipo ruso con una de las hinchadas más peligrosas y conflictivas de toda Europa. ¿Nadie podría haber evitado que esto sucediera? ¿Por qué se permite a este grupo de radicales —no lo son los 2.500 que viajaron, desde luego— que llegaran a Bilbao y ya, una vez allí, a los alrededores del campo? Y ya aquí, ¿cómo de responsables son los Herri Norte, que también quedaron para pegarse?  ¿Debería la UEFA sancionar a todos los equipos que alberguen a este tipo de gente y prohibirles su participación en cualquier competición internacional? ¿Es consciente la FIFA del peligro que entraña montar un Mundial en Rusia a sabiendas de la inseguridad imperante y de la profesionalización de estos grupos violentos en sus tierras?

Dos no pelean si uno no quiere. Y todo este circo dejó de ser cosa de hooligans ingleses hace tiempo. Avancemos. El Spartak es reincidente y Rusia también lo es. Me explico. No es la primera vez que los Gladiator Firm 96 provocan disturbios en sus salidas europeas. Ocurrió, por ejemplo, en Sevilla el año pasado cuando varios aficionados ultras provocaron disturbios en los aledaños del Sánchez Pizjuán en un partido de la Europa League y acabaron golpeando a un anciano que portaba una pancarta contra Putin. Y conocido por todos fueron los incidentes generados por ultras de la selección de Rusia en Marsella durante la pasada Eurocopa de 2016, cuando 200 'animales' se enfrentaron a más de 2.000 hinchas ingleses el día en el que ambas selecciones compartían ciudad durante la primera fase de la competición. Como atenuante, se había prohibido vender alcohol durante 24 horas antes y después del partido, como si ese —el alcohol— fuera el único acicate para un grupo de descerebrados que se 'alistan' a este tipo de bandas solo por violencia y no por el fútbol, y que se preparan a conciencia para pegar.

Entonces las alarmas se dispararon ¿Por qué? Porque la UEFA amenazó con expulsar a su selección de la Eurocopa por dichos incidentes y después de que las autoridades francesas expulsaron a todos aquellos rusos cuya implicación e instigación había quedado demostrada. Y por que esto obligó al presidente ruso, Vladímir Putin, a tomar partido legislando en contra de todos aquellos aficionados violentos, tanto rusos como extranjeros, que violaran las normas durante las competiciones deportivas. Unas medidas dirigidas únicamente para controlar los incidentes en la Copa Confederaciones del pasado verano y el Mundial de 2018. Ese era el fallo, la decisión iba sólo enfocada a esas competiciones concretas, sin implicar a los clubes de forma directa y con penas de 20.000 rublos (algo más de 300 euros), arrestos de 15 días o privación de acceso a un estadio por espacio de siete años.

Pero no nos engañemos, aquí no van las cosas mucho mejor. Los clubes no terminan de desprenderse del tufo ultra entre sus aficiones. Los sucesos y este tipo de comportamientos siguen generalizados en las ligas europeas y todos los vivimos con frecuencia y casi con normalidad. No hay sanciones grandes. No se expulsa a nadie, y con esto quiero decir que no se expulsa de verdad. Que no pueda ir al campo no implica que deje de sembrar el pánico en la puerta o que se le facilite montar un bar 50 metros más allá. Que los jugadores posen o se reúnan con los ultras como es el caso del PSG recientemente, o el Olympique de Marsella, o Frente Atleti y Ultras Sur, por ejemplo, por poner foco también en nuestras tierras. A los clubes no se les responsabiliza directamente de nada.

En Rusia está demostrado que existe un movimiento organizado para formar y alimentar este tipo de grupos, que algunos de sus integrantes proceden de facciones del ejército o que las autoridades han hecho bastante poco por controlarlo. En España no ha podido demostrarse que no ocurra lo mismo. Quizás haya llegado la hora de expulsar de verdad, de hacer pagar a todas las partes implicadas y de dejar de amenazar. Y de que el fútbol empiece a ser solo fútbol, aunque esto parezca algo antinatural. Quitarle el Mundial a Rusia parece una locura. Pues más loco me parece a mí que se permita viajar a estos tipejos con proyectiles y armas blancas sin más medida que avisar de que un buen puñado de ellos van para allá. Y ya os apañáis, si eso...

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