El final del chavismo

Chavistas participan en una manifestación con un cuadro del fallecido presidente Hugo Chávez para apoyar la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente en Caracas.
Una imagen de archivo de un homenaje a Chávez.
Miguel Gutiérrez / EFE

La demagogia bolivariana que estrenó y mantuvo viva hasta el final de sus días el caudillo venezolano Hugo Chávez ha estallado por todas partes. Cuando se agotaron los ingresos del petróleo y los países integrantes del sueño revolucionario empezaron a encontrarse con la cruda realidad de tener que valerse con sus propias economías, la situación en la zona no ha parado de agravarse.

La crisis, que en su globalidad ya ha arrasado con centenares de vidas, empezó por la propia Venezuela, donde el enfrentamiento entre Maduro –el presidente más obtuso del continente– y una oposición inútil ha vuelto imposible la situación para el grueso de la población, a la que apenas le queda la alternativa de pasar hambre o emigrar.

Luego siguió en Ecuador, donde el Gobierno de Lenín Moreno no consiguió encauzar una política independizada de la herencia del chavista Barreda. Después le ha tocado a Bolivia, donde la ambición, común a todos sus colegas, de perpetuarse de Evo Morales derivó en una crisis institucional y violenta que mantiene al país poco menos que en guerra civil.

Ahora es Nicaragua, donde el matrimonio presidencial Ortega-Murillo lleva meses haciendo oídos sordos y ojos ciegos ante las protestas y el malestar de los ciudadanos, frustrados tras el fracaso de las ilusiones sandinistas y hartos de la prepotencia de un régimen que nada hace envidiar al del siniestro Anastasio Somoza.

Ante el hundimiento del chavismo, pronosticado desde hace tiempo, a sus líderes les queda el consuelo de asistir a los incidentes que en Chile que les permiten argumentar la vieja tentación política de encubrir sus males con el ejemplo de los ajenos.

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