Nos perdemos (con tanto GPS)

Una persona mira su teléfono móvil en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas.
Una persona mira su teléfono móvil en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas.
EFE

Hace años que prescindí de mapas y planos. Los sustituí por el navegador del teléfono móvil. Me las prometía muy felices con tan infalible tecnología satelital, pero metí la pata. Ahora me pierdo más que nunca. Cada vez me oriento peor. Y estoy convencido de que la culpa la tiene esa tecnología guachipiruli que nos iba a hacer la vida extremadamente fácil.

No lo digo yo solo. Una investigación publicada este verano en la revista Nature (Rethinking GPS navigation) ha demostrado que el GPS nos desorienta más que orienta, al dejarnos como meros seguidores de la flechita de marras, sin capacidad para tomar decisiones sobre el proceso de navegación o marcar puntos de referencia. Hemos abandonado el aprendizaje espacial, perdido ese instinto de orientación que nos había permitido sobrevivir en cualquier sitio y circunstancia gracias a una extraordinaria capacidad natural forjada después de cientos de miles de años de evolución.

Google Maps se la ha cargado. Estamos perdidos. Y un poco tontos

Google Maps se la ha cargado. Estamos perdidos. Y un poco tontos. Porque este estudio científico también advierte que la pérdida de orientación autónoma nos puede salir muy cara. Corremos el riesgo de envejecer mal.

Si bien el GPS tiene la capacidad de hacernos la vida más fácil, está automatizando funciones naturales que hasta hace nada realizaba exclusivamente nuestro cerebro. Mantenerse mentalmente activos es clave para un envejecimiento cerebral saludable. Enganchados a las maquinitas las neuronas se adocenan y degradan.

Pintan bastos tecnológicos. Porque a este paso el problema no va a ser localizar dónde hemos dejado aparcado el coche. Al final no vamos a saber volver a casa si no es gracias a la ayuda de estos cacharritos… y del tacataca eléctrico autoguiado. 

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