Borja Terán Periodista
OPINIÓN

'El Grand Prix': 8 claves televisivas en las que quizá no te has fijado y son claves en su apoteósico triunfo

Ramón García en 'El Grand Prix 2023'
Ramón García en 'El Grand Prix 2023'
RTVE | Europroducciones
Ramón García en 'El Grand Prix 2023'

El Grand Prix no sólo es un éxito de audiencias, es un fenómeno social que sigue reuniendo a la familia frente a la televisión 18 años después de su parón. Incluso a los más jóvenes, esos que ya no ven la tele según las lenguas pesimistas. Entonces, ¿por qué sí disfrutan con el regreso del viejo concurso de Ramón García?

La nostalgia es peligrosa, pues su tirón aguanta sólo los segundos que dura un reencuentro que malogra el recuerdo. El recuerdo ha sido el trampolín de El Gran Prix, pero el programa ha triunfado porque ha logrado proteger su esencia que, a la vez, define cualidades de la creatividad audiovisual que ha ido perdiendo la televisión.

1. AZULES Y AMARILLOS

Los colores que diferencian a los dos equipos de cada programa de El Grand Prix, esta noche Aguilar de Campoo y Cervelló, representan las luminosas tonalidades del verano e impregnan de vistosidad todo el decorado del plató. El azul es el alborozo del mar, el amarillo es la alegría de las playas. Se ha huido de la tendencia actual de escenografías "espaciales" clónicas, con pantallas de leds sobrecargadas y oscuros suelos de negritud brillante y se ha levantado esa pintoresca plaza del pueblo que nos invita a todos a romper con la rutina en vacaciones e imaginar con la despreocupada mirada infantil. Esa capacidad de trasladarnos a la fantasía de un parque de atracciones es una de las bases del entretenimiento televisivo. De Un, dos, tres... Tu cara me suena. También sustento de El Grand Prix

2. PÚBLICO IMPLICADO

El color y la iluminación del plató de El Grand Prix remite a amplitud. No necesita disimular que el decorado sea cartón-piedra. Da igual, es el público de cada pueblo el que impregna al juego de la realidad emocional de nuestro país. En una televisión llena de gradas con público de figuración pagada que transmite artificio, pues sólo interpretan aquello que se les pide y les da lo mismo lo que acontece en el estudio, El Grand Prix es pura ingenuidad de unos habitantes orgullosos de sus vecinos e implicados apasionadamente con su pueblo que está saliendo por la tele. Y ese nerviosa devoción se contagia por la tele.

3. CONCURSANTES QUE SON COMO TODOS

Los propios concursantes representan la diversidad nacional. No hay un casting cuadriculado, de esos que buscan perfiles 'telegénicos' para enamorar al espectador. Los pueblos eligen a sus participantes y existe una representatividad social. Más altas, más pequeños. Incluso, a veces, las localidades priman entusiasmo de ganas de disfrazarse y participar a estrategia de maña física. El Grand Prix es un espejo de la congregación social que llena las verbenas. Lo que le hace más genuino, menos previsible. Es tan vintage que es moderno, y la gente quiere vivir en primera persona esa experiencia mitificada en el imaginario colectivo.

4. ¡UN PROGRAMA SIN JURADO!

Si ya de por sí es un valor la candidez de los habitantes de los pueblos saltando desde las gradas, el programa también ha vuelto a la tele de los secundarios que aparecen sin avisar en el plató. Desde hace unos años, los grandes programas de entretenimiento se cortan por un cuadriculado patrón. La fórmula es siempre igual: un jurado que sienta cátedra sobre concursantes. Como si no hubiera más posibilidades de crear antagonistas en los formatos de entretenimiento. En cambio,  El Gran Prix vuelve a personajes particulares que irrumpen y desengrasan la historia. De la elasticidad cómica de Wilbur a un dinosaurio de cola incontrolable. La vida la hacemos los secundarios, todos los somos. Y para resaltar a un buen presentador hay que desplegar siempre un fantástico elenco. El Grand Prix ha medido fuerzas en este sentido, tirando del intercambio generacional, con la streamer Cristinini y la actriz Michelle Calvó, y de la tele teatral sin fecha de caducidad con, por ejemplo, la vaquilla en formato muñeco que, sobre todo, sirve para que Ramón García pueda seguir haciendo la rima de "Gabriela, la vaquilla que canta zarzuela". 

5. LA TELE ES TEATRALIDAD

Hay pruebas que son marca de El Grand Prix y se esperan en cada emisión. Como los bolos, los troncos locos o la patata caliente, a la que se mete bien de harina para resaltar mejor en imagen la explosión de un simple globo. Esa teatralidad que anima a fantasear siempre ha sido aliciente del magnetismo televisivo. Y esa artesanía creativa impregna de detalles El Grand Prix.  Incluso los disfraces de las pruebas, que no son los mejores, pero llaman la atención de la curiosidad de los niños por estrafalario y por los tropezones mulliditos que propician. Aunque, además, el programa ha entendido que es importante que exista una variedad de pruebas para no resultar lineal a ojos de la audiencia. En cada entrega no repiten el conjunto de juegos de la semana anterior, se van intercambiando para que nada parezca pronosticable. El programa así airea su pretensión de entretener. Pero, ojo, no se queda en el gag y dota a las pruebas de solemnidad con la árbitra profesional que explica cuándo no se han cumplido las reglas. El torneo se toma en serio.

6. UN BUEN CHIMPÚN

Y, como programa que sabe que la risa es algo muy serio, El Grand Prix también tiene claro su arco narrativo. El concurso no es sólo una sucesión de pruebas inconexas, marca bien hacia dónde va. De hecho, El Grand Prix cuenta con su propio 'rosco', a lo Pasapalabra. La prueba final, 'El diccionario', puede cambiar el marcador en el último minuto. Y su épica se remarca cuidando la liturgia escénica. Se bajan las luces del estudio y, entonces, los alcaldes, los invitados populares y un sabio de cada pueblo en cuestión intentan acertar a grito de un concreto 'sí' o 'no' la veracidad de un término que pregunta Ramón García. El Grand Prix muestra a los regidores fuera de su área de confort.. Así, cada noche, el programa va marcando una carrusel de emociones: de las ovaciones iniciáticas de una colorista competición entre pueblos al aplastante silencio de atención del público en la tanda final de preguntas de cultura general. 

7. LA IMPORTANCIA DEL HIMNO

En el primer programa casi no sonó. Pero la canción de El Grand Prix va cogiendo peso y abre cada emisión, ya sin necesidad de cabecera. Sólo viendo al público cantándola al unísono.  "Es El Grand Prix, el programa del abuelo y el niño", es un himno de celebración que sirve para calentar la percepción de acontecimiento, crucial para el éxito de un prime time televisivo. Las sintonías están en desuso, pero El Grand Prix evidencia lo importantes que son para sugestionarnos del tono del programa e incluso del regocijo que simboliza. Cuando suena la canción de El Grand Prix ya dan ganas de quedarse y disfrutar. Hasta bailar. Aunque no estés allí.

8. LA EMOCIÓN, SIEMPRE EN PRIMER PLANO

El Grand Prix es un puzle complejo, que hila la realización visual y un presentador que está tan al quite como la primera vez. Ramón García no sólo mantiene el compás de seguridad narrativa que necesita el programa, también entiende que la mejor tele se cuenta en primer plano y siempre debe tener tiempo para la curiosidad que enfoca aquellas microhistorias que parecen ordinarias cuando son el centro de la vida.

Ramontxu lo mismo se tira por el suelo, que conversa con la experiencia de una abuela de 93 años -que salta en la grada del concurso con la misma fuerza de una joven de 20 años- o se percata de los matices de los concursantes. El oficio de Ramón García crea complicidad a través de singularidades que no todos ven. De ahí que no hayan funcionado otros intentos de seguir la estela de El Grand Prix, con versiones de Juegos sin fronteras, Juego de Juegos o Guyapaut. Faltó la empatía contada en expresivo primer plano y sobraron músculos y tecnología vista en un plano general lejano y frío.  

Al final, El Grand Prix 2023 está calando por su capacidad para ejercer la tele-orfebrería de la travesura nacional. Esa España que se pringa y, a la vez, sonríe espatarrada porque está bien acompañada y confía que alguien le ayudará a levantarse. En una televisión enquistada en debates, condescendencias y polémicas, en una televisión en la que todo se parece demasiado, El Grand Prix se ha permitido seguir siendo único.

Periodista

Licenciado en Periodismo. Máster en Realización y Diseño de Formatos y Programas de Televisión por el Instituto RTVE. Su trayectoria ha crecido en la divulgación y la reflexión sobre la cultura audiovisual como retrato de la sociedad en los diarios 20 minutos, La Información y Cinemanía y en programas de radio como ‘Julia en la Onda’ de Onda Cero y 'Gente Despierta' de RNE. También ha trabajado en ‘La hora de La 1' y 'Culturas 2' de TVE, entre otros. Colabora con diferentes universidades y es autor del libro 'Tele: los 99 ingredientes de la televisión que deja huella'.

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