Borja Terán Periodista
OPINIÓN

La generación que creció con Ramón García, un payaso de la tele

Ramón García en el 'Grand Prix'.
Ramón García en el 'Grand Prix'.
RTVE
Ramón García en el 'Grand Prix'.

En su veteranía profesional, Miliki dedicó canciones a sus niños de 30 y 40 años. Un éxito musical, pues el gran payaso volvía a despertar la ingenuidad perdida de la infancia a esos niños que ya eran mayores. No era nostalgia, era volver a esa felicidad de cuanto todo está por descubrir.

Los programas de Gabi, Fofó y Miliki eran orfebrería de modernidad creativa a través de una televisión entendida como gran espectáculo con el que divertir pero, también, motivar: se cuidaba la realización, se mimaba la estética y se primaban los valores sociales desde esa travesura que todos llevamos dentro. Hablaban con lenguaje inclusivo sin saber qué era aquello de incluir en una sociedad de prejuicios.

Los años pasan. Los referentes cambian. Pero se siguen construyendo vínculos inquebrantables desde la ilusión infantil. Los niños de 30 de hoy siguen conectando con Ramón García, otro gran payaso de nuestra historia televisiva. Payaso, porque sus programas siempre han tenido mucho de aquel circo en donde cabía el show desde la travesura de la ingeniosa mirada infantil que todo lo que toca lo hace más grande. 

Para varias generaciones, Ramón García siempre será Ramontxu. Sus programas más míticos se realizaban desde los platós más grandes pero, al mismo tiempo, se fijaban en lo más próximo. Y él sabía subrayarlo como nadie, por su habilidad para escuchar y entender las necesidades del espectador en cada instante. Ramontxu salía al directo a jugar con labia y, de nuevo, travesura. Los niños se identificaban rápido con su capacidad para mirar. Era uno de ellos, aunque con la responsabilidad de ser ya mayor.

Un programa de trompazos como El Grand Prix nunca hubiera funcionado sin un buen narrador que ordenara tal caos televisivo hasta darlo esa humanidad del rincón próximo. El concurso no se quedó en buscar castings con un abanico calculado de cuerpos perfectos, simpáticos y freaks, directamente se dio cabida a los vecinos reales de los pueblos de España que, juntos, al unísono, demostraban que la vida es trabajo en equipo. Ramón jugaba con ellos. Y hasta se reía de los "errores", incorporándolos en un ejercicio de honestidad al relato del formato. Así es la tele que transmite la verdad. Siempre sabiendo a qué cámara tenía que mirar, siempre acordándose de no olvidarse del público.

¿Quiénes serán los referentes devuelvan a la ilusión infantil a los niños de dentro de treinta años? Quizá es demasiado pronto para pronosticarlo. Todo necesita su perspectiva. Pero qué suerte tuvieron los niños que crecieron con una pantalla que fomentaba la creatividad en equipo desde esa trastada que representa Miliki o Ramontxu al salir a la pista de un plató sin miedo a la complicidad del espectador. Incluso sin demasiado temor a equivocarse. Porque, al final, aquello que llaman "imperfecciones" suele ser la empatía que nos lleva a ser extraordinarios. 

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