25-N, Día contra la Violencia Machista

Infancias robadas por la violencia de género: "Recuerdo mirar a mi padre a los ojos y verle como un cuerpo sin alma"

Samuel Sebastian, hijo de una víctima de violencia de género.
Samuel Sebastian, hijo de una mujer víctima de violencia de género.
Cedida / Aurora García
Samuel Sebastian, hijo de una víctima de violencia de género.

Fernando López (nombre ficticio) habla del "boom" para referirse al momento en el que su vida y la de su familia dieron un vuelco. La violencia de género estuvo enquistada en su casa durante años, pero no fue hasta 2017 cuando consiguieron desprenderse de ella. Él, como muchos otros hijos e hijas de mujeres maltratadas, es una víctima colateral a la que la violencia machista le arrebató parte de su infancia. Con 21 años ha vivido situaciones que ningún niño debería vivir nunca y todavía a día de hoy debe mantener el anonimato para protegerse de su padre. Con todo, se expresa con la madurez y la entereza de una persona que ha conseguido, en la medida de lo posible, dejar atrás unos hechos que marcaron parte de su infancia y adolescencia. Estudia en la universidad, trabaja los fines de semana y tiene una lista de ambiciones para su futuro. La atención psicológica, asegura, ha sido clave para conseguir esa estabilidad emocional.

No puede decir lo mismo Samuel Sebastian, quien no contó con ninguna ayuda profesional y cuyo proceso de superación duró décadas. Con 46 años, asegura que él fue víctima de violencia vicaria cuando ni siquiera albergaba ese nombre. Durante años, su padre le utilizó como arma arrojadiza para herir y atacar a su madre, intoxicándole con mentiras y poniéndole en contra. No fue hasta pasado mucho tiempo cuando se dio cuenta de la manipulación y se enfrentó a su padre. Tenía 27 años y poco después, su madre le confesó antes de morir de cáncer el infierno que había padecido durante años. "Antes de morir, le pedí todas las respuestas", cuenta este valenciano a 20minutos.

La madre de Samuel Sebastian sufrió violencia física y psicológica. Física hasta que se separó de su padre, y psicológica antes y a lo largo de todos los años posteriores. "Mi madre recibía palizas y, de hecho, se separó de mi padre por ello. Pero yo era muy pequeño y recuerdo creerle más a él porque ella nunca quería hablar del tema", relata. "Mi padre me utilizó durante mucho tiempo. Él y su familia crearon una vida que no era real a base de mentiras y eso hizo que yo no fuese realmente consciente de lo que estaba viviendo", añade.

"Yo he perdido parte de mi infancia real porque estaba lleno de mentiras e insultos sobre mi madre"

Llegó un momento en el que los insultos y las mentiras no encajaban con la realidad que él estaba experimentando. "Ella se portaba muy bien conmigo, mientras él ni pasaba la pensión y desaparecía cuando le interesaba. Cuando aparecía, me decía que mi madre era una puta, que no ganaba dinero para mantenerme… Lo que conocemos en los medios es solo la punta del iceberg, pero la violencia psicológica es la base de la violencia patriarcal que existe en millones de familias", asevera. "Yo he perdido parte de mi infancia real porque estaba lleno de mentiras e insultos sobre mi madre", lamenta.

"Recuerdo verle como a un cuerpo sin alma"

El caso de Fernando es muy distinto. Hasta los 16 años, él estuvo presenciando la violencia que su padre ejerció contra su madre de forma constante y tuvo incluso que asumir roles que no le tocaban. "Mi reacción natural siempre ha sido intentar mediar o tratar de proteger a mis hermanos pequeños", explica el joven. "A mis 21 años, he vivido situaciones y asumido roles que no tendría que haber tenido", añade. Su historia está marcada por momentos en los que su padre ejercía la intimidación y la violencia en múltiples formas. Hasta que llegó lo que él llama "el boom". 

"Estábamos en el salón y empezó a gritar a mi madre, a intimidarla y a empujarla hasta que me metí yo en medio. Momentos antes había hecho añicos mi teléfono móvil tras estrellarlo contra las escaleras y a mí me agarró y me arrinconó contra la pared. Recuerdo mirarle a los ojos y verle como un cuerpo sin alma. Es una sensación muy inquietante, porque es una persona con la que has convivido durante tanto tiempo pero de la cual realmente no sabes nada", relata el joven.

Pero las cosas no se quedaron ahí. Poco después, una mañana cualquiera, su padre apareció aporreando la puerta y echó de casa a su madre y a sus hermanos, todavía en pijama. "Momentos antes, mi hermana de 13 años, al escuchar los gritos y los golpes, llamó al 112 y mi padre durmió en el calabozo aquella noche", explica. Ahora están todavía inmersos en procesos judiciales, con órdenes de alejamiento y en un proceso en el que López tuvo que "congelar" su corazón para poder superar todo lo vivido y protegerse a sí mismo del miedo. La atención psicológica que, desde hace un tiempo, recibe mediante la entidad 'Quiero Creer' es, según asegura, uno de los apoyos más cruciales con los que ha contado para superarlo.

"Sanar las heridas de la mente"

Samuel Sebastian ahora imparte charlas y coloquios para sensibilizar sobre la extensión del daño que provoca la violencia de género. Lo hace a través de la 'Fundación Alanna', de quien conoció por primera vez el término de violencia vicaria. Pese a que se ha avanzado en este sentido, lamenta que no se contemple todavía lo suficiente la reparación de los hijos de las víctimas. "Es necesario deconstruir todo tu mundo y entender que las cosas no han sido como pensabas. Sanar las heridas de la mente requiere de un proceso largo y complicado en el cual es imprescindible un acompañamiento profesional", defiende. "Es muy importante que además le demos nombre a estas cosas, como la violencia vicaria, porque es la única forma de poder cambiarlas", concluye. 

"Veo casos de mujeres que no denuncian porque muchas veces es más maltrato psicológico que físico, por lo que es más complicado de demostrar ante un juez"

Según cuenta la psicóloga experta en casos de intervención en violencia de género de la Comisión para la investigación de malos tratos a mujeres (Cimtm), Irina Núñez de Arenas, el trabajo que hay que hacer con los niños es distinto al que se hace con las mujeres. El primer requisito básico, explica, es asegurarse que las madres tienen su propia terapia. El segundo, que no estén conviviendo con el padre. "Es lógico. Porque si trabajo con ellos la autoestima, habilidades sociales y, en definitiva, unos patrones de relación más sanos, no tiene sentido que luego vayan a casa y reciban el mensaje contrario de sus padres", detalla. 

En el tercer punto necesario es donde reside uno de los mayores escollos. Los psicólogos especializados necesitan autorización de ambos progenitores para poder tratar al niño, pero ningún padre va a querer que su hijo vaya a terapia de maltrato. Ahora, con la nueva ley de protección a la infancia, si hay algún caso abierto por violencia de género se suspenden las visitas y no hace falta el consentimiento del padre. "Pero yo veo en muchos casos que hay mujeres que no denuncian por varios factores, y porque muchas veces es más maltrato psicológico que físico, por lo que es más complicado de demostrar ante un juez. Esos niños se quedan sin atención y eso es un drama", alerta. 

Las secuelas de la violencia

Baja autoestima, escasas habilidades sociales, insomnios, pesadillas, falta de control de esfínteres, miedos y ansiedades... Son solo algunos de los efectos a corto plazo que suelen sufrir los hijos de las mujeres víctimas de violencia de género. Ya a largo plazo las secuelas son mucho más profundas: "Se repiten los roles de género machistas que llevan al maltrato", tanto si son niñas como si son niños. También puede suceder que al hacerse mayores no sepan tolerar la frustración o gestionar los conflictos a través de otras vías que no sean la violencia. "Obviamente, esto es la regla general, hay gente que tiene muchos recursos personales o ha conseguido un entorno social muy bueno y no les pasa eso", precisa la psicóloga.

El problema, incide, es que esos niños y niñas nunca llegarán a recuperar su infancia al completo por mucha atención psicológica que reciban. "Son niños que todavía tienen una parte muy infantil, pero también tienen otra muy adulta. Son ellos los que cuidan a las madres cuando están depresivas, le acaban de pegar una paliza o incluso se ponen en medio. En cuanto un niño asume esas responsabilidades, ya se le ha arrebatado la infancia", subraya.

Pese a los avances, Núñez de Arenas insiste en que todavía queda camino por recorrer. El tema más urgente, asegura, es eliminar el requisito que obliga a obtener la autorización del padre para facilitar el acceso a la atención psicológica. "Nadie duda que si a un niño se le rompe una pierna, se le lleve a urgencias". Luego, añade, hace falta dar más importancia al relato de los menores en los juzgados y reforzar la formación en violencia de género en todas las instituciones, "pero sobre todo en las que deciden".

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