Borja Terán Periodista
OPINIÓN

El error de la 'Fiesta' de Emma García que define el problema de Telecinco

Fiesta, pero poco.
Fiesta, pero poco.
Mediaset
Fiesta, pero poco.

No puedes llamar a un programa 'Fiesta' y que parezca un rito de pesadumbre. La contradicción entre título y contenido de las nuevas tardes del fin de semana de Telecinco delata aún más uno de los problemas de fondo del propio canal: se siguen repitiendo moldes de aquella vieja televisión que creía que por generar polémica, lágrima y desazón iba a subir el share de audiencia. Un mantra falso que se fue interiorizando con el auge de un tipo de programas a finales de la década de los 2000 y que suponen la entrada en la decadencia de la creatividad televisiva clásica. 

Mientras que los anteriores magacines de tarde de esta franja (Qué tiempo tan feliz, Viva la vida) intentaban airearse con variedad de temas más amables para intentar recordar que era fin de semana  y atraer otros públicos más masivos de los que siguen el cotilleo por inercia casi zombie, 'Fiesta' de optimista sólo tiene el nombre. Y, claro, el contraste es tal que evidencia aún más la sobreactuación malrollera de los 'colaboradores'. Ahí es donde da la sensación que nadie a bordo de 'Fiesta'  ha analizado de dónde surge la pérdida de audiencia de Mediaset.  La sociedad no está en ese punto. Hace tiempo que no interesan los 'colaboradores' que dicen tener muchas primicias, que ponen cara de enfado y dan trascendencia a lo que no tiene trascendencia. La sociedad no quiere caza exclusivas que se convierten en mercenarios que fuerzan y exageran informaciones para que les sigan llamando. Incidir que sabes todo en realidad es destacar que no sabes nada. 

La audiencia cambia a otro canal cuando ve personas educadas para criticar sin escrúpulos. A veces, hasta lo hacen desde cierta superioridad moral y tóxicas complacencias. Y encima dan rodeos sin llegar a ningún lugar. Todo vacío, plano y pronosticable. Eso sucede en 'Fiesta'. Durante 4 horas.

Además ya no hay primicias como antes, los propios famosos suben cada circunstancia personal a las redes sociales y, así, se aseguran que nadie hable por ellos. Sin necesidad de intermediarios sus seguidores comentan, aplauden y hasta critican directamente en esas mismas imágenes publicadas por las celebrities. La televisión debe encontrar otra función más elaborada en el cuchicheo.

De hecho, el público de hoy agradece la televisión que cuenta con un elenco fijo de 'colaboradores' que no están por las noticias al peso que lleven al plató, sino por su capacidad para aportar perspectiva, experiencia y argumentación a lo que acontece. Ya sea desde la ironía o la sensibilidad, profesionales con otro oficio más allá de ser 'colaborador' que permite esa libertad para proporcionar miradas propias que enganchan porque no se quedan en lugares comunes y ven lo que todos no son capaces de ver. No están atados a quien les da la primicia, no están sólo a la bulla. 

Nada que ver con 'Fiesta', que es un maratón de personas juzgando vidas ajenas con frases hechas de antaño. No parece un programa de hoy, por momentos parece una reposición de dialécticas ya superadas. O de la parodia de 'Cruz y Raya' del programa de corazón. Hace mucho que la televisión debió aprender que la mejor crónica rosa es la que no se queda en las guillotinas del qué dirán y explica los clichés  machistas, LGTBfóbicos y clasistas que sustentan estos formatos y, por eso mismo, se están quedando desfasados. Visto lo visto, el programa 'Fiesta' se debería haber llamado 'Aquelarre'. Más original, más identitario, más descriptivo. Más a tono con su contenido.

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