Borja Terán Periodista
OPINIÓN

La resistencia al cambio de la televisión, ¿TikTok está acabando con el reality show?

Todos nos hemos convertido en una cámara lista para disparar. 

Belén Esteban ayer en 'Sálvame' mira atentamente su móvil: el smartphone ha cambiado la manera en la que nos relacionamos con la TV.
Belén Esteban en 'Sálvame' mira atentamente su móvil: el smartphone ha cambiado la manera en la que nos relacionamos con la TV.
Mediaset
Belén Esteban ayer en 'Sálvame' mira atentamente su móvil: el smartphone ha cambiado la manera en la que nos relacionamos con la TV.

El tiempo no puede esperar, pero la televisión tradicional de hoy parece resistirse a los cambios. Y hemos vivido demasiados en los últimos años. Con pandemia incluida. La manera de consumir tele ha evolucionado, así que abrir el paraguas y esperar a que escampe no va a solucionar ningún calentamiento global.  

El gran triunfo histórico de la televisión (y de la radio) ha estado en su capacidad de adaptarse como un guante a la mano del momento en el que estaba la audiencia. No sólo para congeniar con sus intereses, también para potenciar su curiosidad. Lo hicieron multitud de programas, avanzando a tono con las explosiones creativas sociales en cada época. 

También en los grandes magacines diarios, que iban desmontando sus propios corsés para mantenerse vivos. En pleno boom de los seriales, Jesús Hermida introdujo los culebrones como una parte más de su revista de información y entretenimiento. Por qué no. Tiempo más tarde, María Teresa Campos abrió el comentario sobre la tele-realidad en Telecinco. Había llegado Gran Hermano y las vidas se empezaban a comentar en riguroso directo. Todas las vidas, pues la fórmula se iba a ir contagiando al resto de géneros. Política inclusive. Hasta propiciar que, en la actualidad, existan tramos de la programación en los que es complicado diferenciar cadenas: todas repiten lo mismo y de la misma forma.

A la política, el corazón y la entrevista, Teresa Campos fue hábil al incorporar el corrillo sobre Gran Hermano con la creatividad suficiente para distinguir espacios dentro de su propio magacín y que Día a día no sonara repetitivo. La tele era acompañar, no quemar. Los protagonistas de los debates eran distintos según franjas. También la escenografía del set iba cambiando. Estaban por un lado los expertos políticos en una mesa, los comentaristas del corazón en unos sillones y para el reality show un abanico de personas de la calle que, como los personajes de la tele-realidad, tenían perfiles que remitían a cualquier barrio. Estas personas se sentaban en unas sillas, casi al estilo de las plegables que puedes sacar para sentarse con los vecinos a las puertas de casa. Se podía empatizar con ellos. Para bien. O para mal.  El magacín integraba las circunstancias, pero sin perder esa autoría personal y visual que le distinguía de otros. 

Con la llegada de las plataformas, la mayor segmentación de audiencias y el frenético boom de las redes sociales que cuando empiezas a conocer su funcionamiento llega otra nueva que descoloca todo lo aprendido, la televisión clásica se ha quedado como paralizada. Y lo que es peor, a veces, da la sensación de que las generaciones veteranas no quieren ejercer un intercambio generacional de ideas. Viven instaladas en mecánicas del éxito de la decadencia creativa de la televisión de a partir del año 2005. Y quizá deberían aprender más de la teatralidad de épocas más anteriores para recuperar esa ensoñación de la televisión clásica que sugiere universos muy diferenciados al entretenimiento instantáneo que consumimos todo el rato con el móvil. 

Ya no funcionan los realities como antes, porque hay una vida en directo mucho más de verdad en los vídeos que sube la propia gente en redes como TikTok. Mientras la tele-realidad de siempre se queda en conflictos, zancadillas y amoríos repetitivos, que suenan a forzados, de repente el propio espectador graba con su propio teléfono su cotidianidad y lo regala al mundo. Es fácil de ver, comentar y hasta dar 'me gusta'. Cada uno de nosotros nos hemos convertido en una cámara lista para disparar. Seguramente María Teresa Campos o Jesús Hermida incorporarían raudos este tipo de contenidos costumbristas en sus magacines de antaño a través de juegos imaginativos y participativos. A su manera, Alfonso Arús ya lo hace. Y no vale con sólo reproducirlos: hay que envolverlos en premisas atrayentes que enriquezcan tal materia prima con ingenio y enjundia.

Sin embargo, hay mucha tele que sigue reproduciendo clichés de la tele de finales de los 2000. Esa de la pelea, forzar la situación, la lágrima fácil, la condescendencia que malversa la palabra superación. La sensibilidades sociales han avanzado. Ya no somos así. Y la tele es justamente romper moldes con toda la tecnología y creatividad en su mano para contar una historia audiovisual que el espectador no podrá encontrar en ninguna otra plataforma ni Tiktok. La buena tele no es replicar todos lo mismo todo el rato, es crear experiencias con carácter que ilusionan ser disfrutadas en colectividad.

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