Borja Terán  Periodista

¿Por qué ya no hay programas de entrevistas en la tele?

José María Íñigo, uno de los grandes entrevistadores de la historia de nuestra televisión, con Sara Montiel
José María Íñigo, uno de los grandes entrevistadores de la historia de nuestra televisión, con Sara Montiel
RTVE

Es curioso, repetimos una y otra vez que no hay programas de entrevistas en la televisión. Y los hay. Claro que los hay. Pero no los sentimos así. Quizá porque el magacín con debate constante ha fagocitado la entrevista clásica, quizá porque se mal confunde conversación con sobreactuar lo metafísico.

Primer fallo: trascendentalidad

El postureo cultural provoca que se piense que una entrevista es aquella que se pone trascendente. Aunque no cuente nada. Así sólo se aleja al público de la conversación, pues se está hablando para impresionar más que para entenderse. No importa tanto el aporte de la charla como parecer buen conversador. Entonces, el diálogo se despega de la audiencia. Los programas que decían recuperar la entrevista han caído en ese mal cliché de la entrevista que confunde seriedad con plúmbeo y alejado de la naturalidad: no han sido trascendentes porque han forzado la trascendencia. ¿Y el resto? Los demás intentan esconder tanto la entrevista en piruetas televisivas que terminan por no parecer un programa de entrevistas. Hecho que no es de por sí negativo, en tele es vital definir bien una premisa de formato para que se sienta novedoso y único.

Segundo fallo: ritmo confundido con prisa

Un error habitual del género de la entrevista en la televisión actual está en que las conversaciones se intentan comprimir para que, supuestamente, no se hagan largas al espectador. Entonces, el invitado no tiene tiempo para relajarse y, por tanto, la emisión no alcanza ese punto de confianza tranquila en la que se cuenta lo que no se ha contado antes. Con el velocímetro puesto, a menudo sólo se llega a lo que ya se presupone del entrevistado. Nos quedamos en lo que ya sabemos, al grano, a lo que "vende", cuando la buena entrevista es descubrir lo que todavía desconocemos. Y cuando el invitado se empieza a soltar y dejar llevar, pues se le interrumpe con algún juego pensado para dinamizar el ritmo. Sin embargo, cualquier elemento externo mal introducido, termina generando frustración en el público porque rompe el clima de la conversación. Es más, al entrevistado le pone en alerta. 

Tercer fallo: enlatamientos

El género del docushow es el gran conservador de la entrevista en la televisión actual. Desde el formato documental se crean grandes conversaciones que servirán de documentación para las generaciones venideras. Porque suelen ser encuentros que se quedan en lo relevante sin perderse en lo accesorio. Pero la entrevista también puede ser un género de competitivas audiencias si se plantea desde la naturalidad del directo en el que todo puede pasar porque no hay cortes de edición y existe esa bidireccionalidad en la que el espectador se siente implicado en lo que ve. Incluso el público puede participar, como hacía José María Íñigo en Estudio Abierto o Julia Otero en La Luna. En este curso, ha habido espacios de entrevistas que eran en directo y, en cambio, parecían engoladamente enlatados. El espectador se quedaba desubicado. No sabía qué estaba viendo.

Cuatro fallo: titulitis

Los invitados ya no acuden a la tele con la misma ingenuidad que antaño. Aún estamos aprendiendo a que no nos influyan los delirios de las redes sociales, que pueden descontextualizar cada palabro que decimos. Mientras aprendernos a aislarnos de los ruidos virales y darles la importancia que tienen,  los gabinetes de comunicación controlan qué se puede decir y qué no. Hay entrevistados que van con la lección muy aprendida y están más pendientes en no meter la pata que en compartir sus experiencias. Existe un ambiente de desconfianza ya que se ha interiorizado que las entrevistan deben ser un interrogatorio a la caza del titular llamativo. Entonces, nos olvidamos de que la entrevista es un ejercicio de escuchar. La buena entrevista es la espontaneidad de la curiosidad que intenta entender. Aunque no lo entiendas.

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