Berlanguiano

Sánchez saluda a Biden en la cumbre de líderes.
Sánchez saluda a Biden en la cumbre de líderes.
EFE

Pedro Sánchez se ha querido sumar este lunes al centenario de Luis García Berlanga y se ha trasmutado en don Pablo, alcalde de Villar del Río en Bienvenido, Míster Marshall, pero sin la gracia ni cordura del gran Pepe Isbert. El paripé del presidente español con Joe Biden en esos 30 metros de pasillo duró lo que tardó en pasar sin detenerse aquella comitiva oficial de automóviles por la calle Mayor de ese pueblo imaginario que creía que iban a llover dólares.

Pero el bochorno de ahora, especialmente al explicar lo inexplicable, no es comparable con aquella brillante y dulce amargura con la que el genial director retrató la difícil España franquista de 1953. Ahora estamos en 2021 y esto no tiene ni puta gracia.

La culpa de este ninguneo ni tan siquiera es de Sánchez, aunque al presidente siempre le sobran expectativas e incienso a raudales. La triste realidad es que no somos casi nada en el concierto internacional. Somos un país irrelevante, diplomáticamente hablando, sin apenas influencia; un país de pasillo que no da para más de 29 segundos; un país de vaivenes sin una política exterior clara, buena o mala, desde González y que con Zapatero, Rajoy y Sánchez ha alcanzado la inanidad absoluta.

Un país con el que da igual llevarse bien o mal, y ahí está Marruecos para confirmarlo; un país que recuerda con estupor aquella foto de Aznar con los pies encima de la mesa y fumándose un puro con Bush en plena búsqueda de las armas de destrucción masiva y que con el mismo estupor observa cómo un expresidente se ha convertido en correveidile plenipotenciario de un dictador venezolano. Es lo que hay.

"Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación. Y esa explicación que os debo os la voy a pagar", dice Isbert desde el balcón del Ayuntamiento de aquel pueblo imaginario. Pero aquí y ahora, en este país tan real como berlanguiano, nadie explica y nadie paga. 

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