El escandaloso Trump y el ultraconservador Pence: el dúo que pone en duda que acepte una derrota electoral

El presidente electo de EE UU Donald Trump (i) saluda al vicepresidente electo Mike Pence (d), durante la Chairman's Global Dinner en el auditorio Andrew W. Mellon, en Washington.
Donald Trump y Mike Pence, en una imagen de archivo.
Kevin Dietsch / EFE

Si hay una palabra que pueda definir a Donald J. Trump, esa es "exceso". El presidente de EEUU, que tras llegar hace cuatro años al cargo por sorpresa se enfrenta este martes al veredicto de las urnas, es un hombre que ha hecho de la polarización su modo de vida y también el sello de identidad de su administración a base de escandalizar, insultar y señalar a sus adversarios. Trump ha llevado al país a una enorme división entre sus partidarios y sus detractores, y sus efectos tras solo cuatro años son claros: menos del 25% de los estadounidenses dicen tener algunos o muchos amigos que apoyan a un candidato diferente al suyo.

Trump nació el 14 de junio de 1946 en Nueva York, en una familia de antepasados alemanes. Es licenciado en Economía Financiera por la Universidad de Pensilvania desde 1968, y aunque intenta promover la imagen de millonario hecho a sí mismo, lo cierto es que comenzó a trabajar en el negocio inmobiliario de su padre, constructor de viviendas en barrios de clase media de Nueva York, y a los 28 años tomó el relevo de la empresa familiar. A partir de ahí, la construcción de viviendas dio paso a la edificación de grandes hoteles y, posteriormente, Trump también entró al mundo de los casinos y el transporte.

No obstante, la mayor parte de su popularidad antes de convertirse en 2016 en el 45º presidente de EEUU se la dio la televisión, un medio que domina a la perfección y que ha manejado -junto a su inseparable cuenta de Twitter- de manera maestra para conseguir sus objetivos desde que entró en política. Productor de los concursos de belleza Miss Universo y Miss América, Trump emitió durante años su propio programa de televisión, El aprendiz, en el que ejercía el papel de jefe implacable que elegía entre varios candidatos que competían entre sí por entrar a trabajar en su grupo empresarial. 

Trump también ha mediatizado su vida privada. Casado tres veces, conoció a su actual esposa, la primera dama Melania Trump, en una fiesta de la Semana de la Moda de Nueva York en 1998, y se casó con ella en 2005, en una multitudinaria boda a la que acudió incluso el matrimonio de Bill y Hillary Clinton, que en 2016 sería su rival en las elecciones. Precisamente durante esa campaña electoral se conocieron varias de sus infidelidades y comentarios misóginos y machistas presumiendo de que "cuando eres una estrella", las mujeres "te dejan hacerles cualquier cosa", incluso "agarrarlas por el coño”.

Discurso antiestablishment, política para millonarios

Pero si a cualquier otro candidato o presidente semejantes declaraciones le hubieran costado cualquier esperanza de ganar unas elecciones, a Trump no le supuso más que una mancha en su expediente que, a los pocos días, pasó a un segundo plano. Y durante los cuatro años de su presidencia, un escándalo ha sido sepultado por el siguiente mientras el mandatario mantenía el apoyo de buena parte de sus fieles a costa de polarizar la opinión pública. 

Sus recurrentes declaraciones racistas, sus oscuros vínculos con Rusia, sus repetidos enfrentamientos con periodistas, la revelación de que evadió impuestos durante las últimas dos décadas o incluso el hecho de dejar en el aire que vaya a aceptar el resultado si pierde las elecciones no han impedido que, aunque no es el favorito, tenga opciones de seguir en la Casa Blanca. No en vano, a principios de este año se enfrentó y superó un impeachment impulsado por los demócratas para expulsarlo del poder tras revelarse las presuntas presiones de Trump al primer ministro ucraniano para investigar a Joe Biden.

Y es que el presidente estadounidense logró entrar en 2016 en zonas tradicionalmente industriales y pobladas por blancos de clase obrera o media, y provocó que estados como Pensilvania, Michigan o Wisconsin, tradicionalmente demócratas, votaran republicano. Está por ver si su retórica nacionalista le servirá para revalidar estos apoyos tras una legislatura en la que ha hecho bandera de la desrregulación empresarial y en la que llevó a cabo la mayor bajada de impuestos a los más ricos en tres décadas.

Pence, la contraparte ultraconservadora

Si Trump ha conseguido presentar como algo positivo su falta de experiencia política -nunca había ejercido ningún cargo público hasta el de presidente- y su supuesta oposición a las élites -pese a ser multimillonario desde hace décadas-, su vicepresidente, Mike Pence (nacido en Columbus, Indiana, en 1959), representa todo lo contrario. Se trata de un hombre de partido, un republicano más clásico y convencional, que fue gobernador de Indiana entre 2013 y 2017, cuando fue elegido vicepresidente, y que ocupó un puesto en el Congreso desde 2001 hasta 2013. Una parte, por tanto, del establishment del que Trump abomina.

Pence mantiene un perfil mucho más bajo que Trump, evita sus salidas de tono y ofrece una imagen mucho más tradicional que la del presidente. Pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que sea menos conservador que él. De hecho, Pence se describe a sí mismo como "un cristiano, un conservador y un republicano, en ese orden", y además de ser un liberal acérrimo como su jefe -no en vano, llevó a cabo una gran rebaja fiscal mientras gobernaba Indiana- es también un hombre extremadamente conservador en lo moral.

Antes de la llegada de Trump al Partido Republicano, Pence era una de las grandes figuras del Tea Party, el sector más derechista de una formación que, para los cánones europeos, ya es notablemente conservadora. El vicepresidente se muestra frontalmente contrario a derechos como el aborto o el matrimonio homosexual, y buena muestra de ello es su gestión como gobernador en el muy conservador estado de Indiana. Allí, firmó en 2016 una ley que prohibía abortar por razones de anomalía genética, e introdujo requisitos más estrictos para enterrar o cremar los restos de fetos.

Un año antes, en 2015, Pence promovió una norma que permitía a los comercios negar sus servicios a los homosexuales, aunque se vio obligado a dar marcha atrás posteriormente. Y en 2000, se mostró partidario de que el Estado financie  terapias de conversión que supuestamente sirven para que los homosexuales dejen de serlo, unas prácticas que definió como "asistencia a aquellos que buscan cambiar su comportamiento sexual". El mismo Trump, en privado, bromea con las ideas ultraconservadoras de su vicepresidente: "No le preguntes a ese tipo. ¡Los quiere ahorcar a todos!", afirmó el mandatario en referencia a Pence en una conversación privada que se conoció en 2017.

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