La Conca d'Òdena cumple dos meses de su confinamiento aliviada por la mejora

Igualada durante el confinamiento
Igualada durante el confinamiento.
@AJIGUALADA

Los cuatro municipios de la Conca d'Òdena cumplen este miércoles dos meses del inicio del confinamiento que mantuvo aislados durante 24 días a sus 70.000 habitantes, unas infinitas semanas trágicas que ahora se ven lejos y con el alivio de haber mejorado, pero sin bajar la guardia.

"No lo olvidaremos en la vida, vivimos mucha tensión. Nos preparamos para lo peor, lo hicimos así para anticiparnos a los acontecimientos", rememora el alcalde de Igualada (Barcelona), Marc Castells, que recuerda vivir aquél día y los posteriores "con la responsabilidad de tener que hacer una cosa absolutamente extraordinaria y saber que era un momento histórico".

En declaraciones a Efe, el alcalde recuerda en perspectiva el encierro de Igualada y los otros tres municipios confinados, Vilanova del Camí, Òdena y Santa Margarida de Montbui, y señala: "Déu n'hi dó (hay que ver), qué situación vivimos, pero, por suerte, ya la vemos lejos". Tras ser el foco del principal brote de coronavirus de Cataluña y de registrar una de las tasas de contagio más altas de Europa, Castells señaló hace unos días que la Conca d'Òdena, que se encuentra en una situación mejor que otras regiones catalanas, había ganado la primera batalla contra el virus, pero no la guerra.

Ante la incertidumbre y las dudas que provocaban aquellos hechos tan repentinos, Castells explica que uno de sus principales objetivos fue "ser muy transparentes" -durante el cierre perimetral el alcalde ofreció una rueda de prensa diaria- porque "la gente estaba asustada y queríamos dar serenidad y confianza".

Unos sentimientos que también recuerda Teresa, una vecina de Igualada que subraya la angustia de las calles vacías y su ambiente más propio de una ficción postapocalíptica: "Daba miedo de verlo. No había ni un alma en la calle. Igualada parecía una película, tipo 'Mecanoscrito del segundo origen'".

Teresa asegura que durante las semanas del cierre los vecinos se sintieron "bichos raros" porque en las noticias "enfocaban todo el rato a Igualada" y todos sus amigos y conocidos de fuera le preguntaban qué estaba pasando.

La percepción de vivir en una película también es compartida por el coordinador de Cruz Roja Cataluña, Enric Morist, que recuerda escenas de la pandemia en la Conca d'Òdena como los controles policiales en los accesos a la zona o la saturación de los servicios funerarios: "Te decías 'esto no puede ser, no nos puede estar pasando', y sí que estaba pasando. No te lo podías ni creer".

Morist, que vive en Vilanova del Camí y se confinó allí, apunta: "No nos daremos cuenta de lo que ha pasado en la Conca d'Òdena hasta dentro de un tiempo. Cuando tienes perspectiva es cuando la dimensionas y dices: '¡Ostras, esto fue muy fuerte!'". El coordinador de Cruz Roja recuerda el desasosiego que les invadió el cuerpo hacia la tercera semana: "No veíamos el final, parecía que no se iba a acabar. No entendíamos qué pasaba en esta zona que el virus se había transmitido tan rápido".

Sin embargo, finalmente, los datos de contagiados empezaron a estabilizarse y a igualarse con el resto de Cataluña, la tendencia de defunciones semanales empezó a bajar y los sanitarios del Hospital de Igualada, que llegó a tener un 40% del personal infectado o confinado, empezaron a recuperarse y, poco a poco, la Conca d'Òdena empezó a ver la luz al final del túnel.

Uno de estos destellos de esperanza llegó el 6 de abril con el levantamiento del cierre perimetral y el fin del bautizado por Castells como "confinamiento dentro del confinamiento".

A pesar de la mejora en cuanto al nivel de contagios, los sanitarios, como Antonia, enfermera del hospital, siguen en primera línea atendiendo tanto a pacientes con COVID-19 como del resto de patologías, que en algunos casos hasta ahora no se habían acercado al centro por miedo.

La enfermera da testimonio del agotamiento mental y de todos los impactos emocionales y psicológicos que ha provocado la pandemia entre el personal -reclamando, medio en broma, medio en serio, una semana de vacaciones ya para todo ellos "para poder airearse"-, y avisa de que hasta que no haya una vacuna tanto ellos como toda la población deberán seguir manteniendo protocolos muy estrictos y la guardia alta.

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