Un hombre con chaleco amarillo porta bandera francesa en una manifestación
Un hombre con chaleco amarillo porta una bandera francesa durante una manifestación en los Campos Elíseos de París. EFE/IAN LANGSDON

El amarillo se ha instalado en Francia desde que el pasado 17 de noviembre 282.000 personas con chalecos de este color en un tono fluorescente, la prenda obligatoria en carretera, paralizaran el ritmo habitual de una rutina polarizada por la desigualdad: rotondas, peajes y todo tipo de caminos se convertían en escenario para la protesta.

Desde entonces y de esta forma, los fines de semana hay una nueva rutina en el país galo: exigir el cambio político con gritos, pintadas, carreras e incluso haciendo uso del fuego y la fuerza. Los Gilets jaunes (o  'Chalecos amarillos' en español) son ahora un símbolo y una corriente, pero su ascenso eleva también las incógnitas que le rodean: ¿quién hay detrás? ¿cómo se coordina? ¿cuales son sus objetivos?

La chispa del diésel

Este movimiento ciudadano de protestas, que nació contra el alza de impuestos al carburante y el encarecimiento de la vida, se ha ido ampliando y fortaleciendo a lo largo de los días. Un mes después, más objetivos y menos acuerdos le sumergen junto a la actualidad francesa en una situación de incertidumbre.

Los primeros cánticos en las protestas, que comenzaron en pueblos y provincias extendiéndose rápido a la capital (donde se han captado los enfrentamientos más impactantes entre ciudadanía y agentes de la policía) tenían como protagonista el diésel.

Este combustible es el más utilizado en Francia, y en el último año su precio ha subido un 23%. El país europeo se ha situado así a la cabeza de la lista de países con el combustible más caro compartiendo puesto con Italia y Reino Unido.

Medidas como esta, que Macron recalca como necesarias para combatir el calentamiento global, han generado un impacto económico que en las áreas rurales y periféricas, donde el desplazamiento con vehículo es una obligación, sus habitantes califican de "insostenible". 

Por ello, la primera propuesta abogaba por dos cuestiones fundamentales: la reducción de este impuesto y la creación de una asamblea de ciudadanos para debatir la política ecologista.

Objetivo: la dimisión del Presidente

Las demandas del colectivo, sin embargo, no han dejado de crecer ante la falta de entendimiento con el Gobierno: la abolición del Senado, el aumento del salario mínimo y pensiones o la reducción de contribuciones de empleados y empleadas son algunas de ellas. 

Las protestas de París se han concentrado hasta el momento en la zona de Campos Elíseos, el núcleo urbano más asociado al poder político. En las calles que lindan con el monumento viven embajadores y diplomáticos y se alzan muchos de los edificios que albergan instituciones públicas. Entre ellas la propia residencia presidencial, el Palacio del Elíseo, el objetivo de estas marchas que exigen, además, la dimisión del Presidente, un pilar en el discurso del movimiento.

"Les grilets jaunes triompheront", remarcaron en la pared del Arco del Triunfo algunas de las personas que integraban la protesta que el 1 de diciembre incendió el centro parisino. En la tercera jornada de chalecos amarillos, los actos se radicalizaron en la capital dejando hasta 100 personas heridas y más de 400 arrestadas, 190 incendios y numerosos edificios dañados en su totalidad, según el Ministerio del Interior. Participaron entonces más de 136.000 personas.

Una composición social incierta

El equipo de Macron mantiene desde ese momento que el movimiento (que en sus inicios se identificaba con la izquierda y la izquierda radical) ha sido "secuestrado" por simpatizantes de la ultraderecha que han incentivado el uso de la violencia.

En cualquier caso, se trata de una de las muchas hipótesis que rodean a los chalecos. Lo único que se conoce hasta el momento es que esta nueva ola de indignación es transversal en su estructura, no hay voz cantante, ni líderes ni acuerdos concretos en su base pues ya se observan tendencias dentro de la misma hacia lo radical y lo moderado. Características que tampoco facilitan un acercamiento con el Estado.

El pasado miércoles, el Ejecutivo decidió dar un paso atrás y anular la tasa al carburante como medida para suavizar las acciones de los chalecos, que a pesar de su amplitud de principios, mantenía esta y la reducción de otros impuestos como meta común.

Entre los ocho portavoces se encuentran Eric Drouet y Priscillia Ludosky, dos de las personas que iniciaron el movimiento en Seine-et-Marne. Sin embargo, y a pesar de su condición de impulsores, "no son más que portadores de mensajes y (...) no líderes ni responsables de la toma de decisiones", según indica un texto que el movimiento lanzó a las redes el pasado 27 de noviembre a modo de comunicado.

Desigualdades territoriales

La socióloga Danielle Tartakowsky, especializada en estudios de movimientos sociales, destaca la complejidad sociológica y territorial de los 'Gilets jaunes', que se alejan de todos los principios que han marcado movimientos sociales anteriores. 

Hermé Le Vras, geógrafo y demógrafo, ha trazado por su parte una línea que da respuesta gráfica a la complejidad del movimiento: a pesar de que los disturbios en París han acaparado el relato, la potencia de las protestas son mayores en los departamentos franceses que el Estado ha sumido durante los últimos años en una ruralidad paralizada. 

Se trata de zonas donde los servicios básicos cotidianos han ido siendo cerrados, obligando a sus ciudadanos y ciudadanas a depender de los kilómetros hasta las grandes urbes y entenderse de esta forma como habitantes lejos de la globalización.

En declaraciones para El País, Le Vras ha señalado que "sin duda hay personas politizadas en el movimiento, pero ni la geografía ni la frecuencia de chalecos amarillos ni sus eslóganes corresponden a un color político".

Una "apolitización" que, en cualquier caso, viene marcando el voto y el devenir de la República Francesa. Símbolo o corriente, los chalecos son espejo de una polaridad en el desencanto social fruto de la tendencia a un Estado cada vez más centralizado.