Uno de los riesgos de las sociedades modernas es la tendencia al pensamiento mágico, a caer en el error adolescente de creer que los problemas complejos tienen soluciones simples. Por ejemplo: el referéndum.

Si no se sabe qué hacer con un asunto complicado, los amantes del populismo facilón piden que se vote entre un sí y un no. Los matices se orillan porque son un estorbo (y porque no se sabe qué hacer con ellos). Y si hay miles de matices, el estorbo es mayor. Hay que pensar demasiado. Vótese a favor o en contra y enfréntese a la sociedad hasta partirla en dos.

Los británicos nos pueden dar lecciones de democracia. Tienen siglos de ventaja, y ni siquiera necesitan una Constitución escrita para gestionar la cosa pública. Pero hasta el mejor escribano echa un borrón. Desde hace tiempo había un debate nacional sobre la conveniencia de seguir en la Unión Europea o abandonarla.

Pasaban los años y el debate no se resolvía, lo que provocó el surgimiento de posturas radicales. De ahí, pasaron a ser extremistas. De entre los extremistas surgieron los fanáticos. Y cuando el fanatismo se enseñoreó, consiguió que el primer ministro David Cameron, en una de sus varias decisiones absurdas, convocara un referéndum.

Si no sabes qué hacer con un problema que divide a la sociedad, en vez de buscar un acuerdo entre las dos posturas, convoca un referéndum para que unos ganen y otros pierdan. Pero los que ganaron llevan casi tres años buscando la manera de ejecutar su victoria. Y no lo consiguen, porque no saben cómo irse sin caer en el desastre. Después del referéndum se han dado cuenta de que todo lo que se hace tiene consecuencias.

La primera ministra Theresa May pactó un plan con Bruselas, que ha sido rechazado varias veces por el Parlamento. Pero, paradójicamente, ese mismo Parlamento ha votado que no saldrá de la UE sin un plan pactado. Y que no quiere un segundo referéndum. Y que, por Dios, Bruselas se apiade de ellos y les conceda un plazo más largo para curar el agujero que se hicieron al pegarse un tiro en el pie.

La reveladora historia del caos provocado por el referéndum del brexit discurre en paralelo a la también reveladora historia del otro caos provocado por el referéndum ilegal en Cataluña.

A día de hoy, sus resultados son estos: hay prófugos de la Justicia, doce procesados, el parlamento catalán está semicerrado, la Generalitat no tiene presupuestos, la política española está desnortada (y tampoco tiene presupuestos), la sociedad catalana está partida en dos, afloran los radicalismos fanatizados y Cataluña sigue siendo España.

Ya dijo Barack Obama que si un político se empeña en ganar dividiendo al pueblo, después no podrá gobernarlo… ni tampoco podrá unirlo.